martes, 20 de octubre de 2015

Un segundo de su amable atención


No es un objeto cualquiera el que les traigo, damas y caballeros. Todos sabemos sobre la increíble practicidad del invento del señor Biro: mayor duración, menos manchas, menor espacio. Pero cuando parecía que todo estaba dicho en el mundo de la escritura, cuando los hombres creían haber llegado al non plus ultra de la técnica caligráfica y las madres sonreían ante la ausencia de máculas en los guardapolvos de sus hijos. Cuando la perfección parecía haberse enseñoreado de la cotidianidad gracias al adminículo dado a luz por nuestro hermano húngaro-argentino o argentinhúngaro, los alemanes dejaron de lado la guerra para llevar toda la tecnología elucubrada al servicio de la muerte a los hogares de las personas sanas y pacíficas de occidente. Bolígrafos alemanes Westerhaulsen, únicos con sistema de retropropulsión automática, de los laboratorios instalados en los márgenes del Rin a su bolsillo, señor; a su cartera, señora. Llegados al país en las bodegas del Wolfsburgo Kauben, o surcando los cielos en los zepelines de la Heidenserberger, los bolígrafos retropropulsables Westerhaulsen harán las delicias de hombres, mujeres y escolares. Escriben para abajo, para arriba, de costado o como fuera. Ideal para poetas que disfrutan de un día de campo y trazan glosas a la sombra del sauce. Su sistema de tanque interno posee un cierre tan hermético que la eligen para su uso profesional los buceadores de todas partes del mundo, incluida Nueva Zelanda. En esta ocasión, y por proceder de un decomiso de aduana o, más seguro, de un robo perpetrado por agentes de la ley, en clara connivencia con el poder judicial, legislativo y, ustedes no deberían saberlo, pero el ejecutivo podría tener también alguna incidencia, llega a ustedes al módico precio de 20 centavos. ¿Para qué alcanzan hoy día 20 centavos? Quizás para tomar un café en el Tortoni, comprar la Crítica o asistir a un match de football. Debo admitir que en mis tiempos era diferente, damas y caballeros, uno podía vestirse por centavos y viajar por toda la Argentina en tren por unos pocos pesos. Mis hijos suelen objetarme que éstos también son mis tiempos, por si no me di cuenta,y que me deje de hinchar las pelotas. ¿A ustedes les parece, damas y caballeros, que ésa es manera de hablarle a un padre, que le dio la vida y enfrenta día a día a cientos de miserables insolventes en trenes y tranvías? No, señores, más vale hubiera criado cerdos que al menos me hubieran dado un jamón a corto plazo y grasa para las tortas fritas o para el curado de pelotas o para alimentar la fogata a mediano y largo. Ahora debo bajarme. Ustedes no me han comprado. Pero no sé si me creerán o no, que yo no he querido venderles. Admito sí, que mi plan siempre fue ahorrarme el pasaje y como buen charlatán, no podía colarme bajo un manto de anónimo silencio. Deben entenderme, esto no lo hacía antes cuando el pasaje era económico, muy económico. No como ahora, que cuesta 15 centavos, casi tanto como una Westerhaulsen. Y que lo diga yo, que compré como cincuenta sólo para un abono ida y vuelta hasta el centro desde los arrabales, desde las pensiones de San Telmo, desde los suburbios de mi Buenos Aires querido.

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