No es un objeto cualquiera el que
les traigo, damas y caballeros. Todos sabemos sobre la increíble practicidad
del invento del señor Biro: mayor duración, menos manchas, menor espacio. Pero
cuando parecía que todo estaba dicho en el mundo de la escritura, cuando los
hombres creían haber llegado al non plus
ultra de la técnica caligráfica y las madres sonreían ante la ausencia de
máculas en los guardapolvos de sus hijos. Cuando la perfección parecía haberse
enseñoreado de la cotidianidad gracias al adminículo dado a luz por nuestro
hermano húngaro-argentino o argentinhúngaro, los alemanes dejaron de lado la
guerra para llevar toda la tecnología elucubrada al servicio de la muerte a los
hogares de las personas sanas y pacíficas de occidente. Bolígrafos alemanes Westerhaulsen, únicos con sistema de retropropulsión
automática, de los laboratorios instalados en los márgenes del Rin a su
bolsillo, señor; a su cartera, señora. Llegados al país en las bodegas del Wolfsburgo Kauben, o surcando los cielos
en los zepelines de la Heidenserberger,
los bolígrafos retropropulsables Westerhaulsen
harán las delicias de hombres, mujeres y escolares. Escriben para abajo, para
arriba, de costado o como fuera. Ideal para poetas que disfrutan de un día de
campo y trazan glosas a la sombra del sauce. Su sistema de tanque interno posee
un cierre tan hermético que la eligen para su uso profesional los buceadores de
todas partes del mundo, incluida Nueva Zelanda. En esta ocasión, y por proceder
de un decomiso de aduana o, más seguro, de un robo perpetrado por agentes de la
ley, en clara connivencia con el poder judicial, legislativo y, ustedes no
deberían saberlo, pero el ejecutivo podría tener también alguna incidencia,
llega a ustedes al módico precio de 20 centavos. ¿Para qué alcanzan hoy día 20
centavos? Quizás para tomar un café en el Tortoni,
comprar la Crítica o asistir a un
match de football. Debo admitir que
en mis tiempos era diferente, damas y caballeros, uno podía vestirse por
centavos y viajar por toda la Argentina en tren por unos pocos pesos. Mis hijos
suelen objetarme que éstos también son mis tiempos, por si no me di cuenta,y
que me deje de hinchar las pelotas. ¿A ustedes les parece, damas y
caballeros, que ésa es manera de hablarle a un padre, que le dio la vida y
enfrenta día a día a cientos de miserables insolventes en trenes y tranvías?
No, señores, más vale hubiera criado cerdos que al menos me hubieran dado un
jamón a corto plazo y grasa para las tortas fritas o para el curado de pelotas
o para alimentar la fogata a mediano y largo. Ahora debo bajarme. Ustedes no me
han comprado. Pero no sé si me creerán o no, que yo no he querido venderles.
Admito sí, que mi plan siempre fue ahorrarme el pasaje y como buen charlatán,
no podía colarme bajo un manto de anónimo silencio. Deben entenderme, esto no
lo hacía antes cuando el pasaje era económico, muy económico. No como ahora,
que cuesta 15 centavos, casi tanto como una Westerhaulsen.
Y que lo diga yo, que compré como cincuenta sólo para un abono ida y vuelta
hasta el centro desde los arrabales, desde las pensiones de San Telmo, desde
los suburbios de mi Buenos Aires querido.

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