viernes, 14 de noviembre de 2025

NARCISISTA

Soy narcisista. Orgullosamente narcisista. Hoy día es común llamar así a quienes antes se les decía psicópatas, personas incapaces de sentir amor, compasión y ternura sincera por los demás, siempre centrados en ellos mismos, persiguiendo el propio placer a costa de los otros. Imagino que para evitar confundirlos con los psicóticos alguien dijo "mejor definamos a estos tipos como narcisistas". Y para mí es un problema. 

Para mí los narcisistas somos tipos divertidos de ver desde afuera y casi inofensivos. Nos creemos bellos, buenas personas, excelentes actores y escritores o dotados artistas en general.

Pero los vecinos, amigos y ocasionales lectores navegan entre la risa, la pena y la vergüenza ajena.

"Qué saben", pienso yo mientras veo mi reflejo en el agua como el primer Narciso, aquel cuya belleza autopercibida se convirtió en una hermosa flor. Veo mi reflejo y me hipnotiza. No puedo creerlo. El agua algo turbia de la palangana en la que me lavo las patas, deja entrever la perfección de mi rostro y, más allá, la de mi alma. Me acerco un poco más, mientras intento secarme velozmente un pie y hago equilibrio con el otro para no mojar el piso y así evitar que truene el enojo de Angélica. Corro hacia los bordes algunas formaciones sólidas que flotan en el agua para ver mejor. Ahí estoy, luminoso, divino, recio, peligrosamente masculino. Pero la posición no es estable y caigo de cara al recipiente. 

Así, tirado en medio de un charco y con la palangana de sombrero, Angélica me encuentra.

- Querida mía: ¿Creció una flor en donde estaba mi reflejo?

- Sí, de acá puedo ver la flor de pelotudo. La bautizaremos con tu nombre.

jueves, 22 de agosto de 2024

Érase una vez en Sicilia

 


Escritores sicilianos


En los últimos meses descubrí a dos escritores sicilianos. Bueno, no es que los haya revelado al mundo. En rigor, lo único que descubrí fue que ignoraba sus obras. Ellos son Andrea Camilleri y Santo Piazzese. El primero es un creador de personajes entrañables, de sicilianos de carácter volátil y gritos a flor de labios, moviéndose en sus pequeñas localías, atravesados por la Iglesia, la mafia, la cucina regional y las vendettas. Él es el autor de la saga del comisario Montalbano del cual se hicieron varios telefilms. El segundo, Piazzese, es menos costumbrista y también más profundo y complejo. Por eso mismo, tal vez, menos prolífico. Pero la lectura de su “Asesinato en el jardín botánico” es uno de los senderos más placenteros que he transitado últimamente, aún cuando de tanto en tanto los modismos ibéricos del traduttore traditore me hayan hecho maldecir más de la cuenta.

Estoy encantado de haber conectado literariamente con la tierra de la mitad de mis antepasados. Pero la verdad es que la primera persona que me refirió las historias maravillosas surgidas en esa isla del sur de Italia no fue ni Camilleri ni Piazzese. Fue mi abuela Rosa.


Mi abuela Rosa


Poco después de la muerte de mi abuelo en 1981, mi abuela Rosa vendió su departamento de Bernardo de Irigoyen y Entre Ríos, en Quilmes. Allí íbamos todas las semanas sus doce nietos y sus cuatro hijas y nos reuníamos en torno a sus pizzas, ravioles y demás exquisiteces.

Al vender su casa, se repartió entre Quilmes centro, Quilmes Oeste, Berazategui y Varela, aunque en Quilmes tenía su principal espacio. Cuando venía a casa, luego de la cena, charlábamos con ella, junto a mi mamá y mi papá y siempre aparecían historias que yo adoraba escuchar. Recuerdo de esas sobremesas, por ejemplo, la de un viejo vecino italiano cuya última voluntad fue ser enterrado con su radio. Una vez fallecido sus hijos intentaron cumplirle el deseo pero la estrechez del cajón y el tamaño del aparato resultaron un obstáculo. Entonces tuvieron la idea de desarmar la radio y así enterrarla por partes junto al cuerpo. Al abrirla descubrieron pequeños fajos de dinero enrollados entre los transistores. El tano planeaba cruzar el río de la muerte con sus mezquinas posesiones como si fuera un faraón. La historia tenía un final edificante: el dinero era entregado a la viuda, a quien uno imagina, con los datos que deja entrever la anécdota, como una sufrida esposa.

Pero ésa no sería la mejor historia que escuché en esas noches.


Gnuri tenían que ser”


Al transcribir una historia recibida oralmente casi cuarenta años atrás, voy a cometer errores y omisiones. Algunos de esos errores, la minoría, serán adrede. De lo contrario, mis inexactitudes e inseguridades acerca de los recuerdos harían tropezar al texto una y otra vez. Debo confesar que no tengo los nombres de pila de los protagonistas, no me los dijeron o los olvidé. Dejemos entonces que esta historia sea contada así, casi como si aquel niño se las contara hoy, maravillado por la trama más que por las precisiones.

El abuelo de mi abuela frecuentaba la plaza principal de Villarosa, hacia el centro geográfico de la isla de Sicilia, ya pasada la primera mitad del siglo XIX. No solo como lugar de encuentros sino de búsqueda de trabajo. Él y sus hermanos eran muratori, es decir albañiles y allí se reunían para que cualquier empleador supiera dónde encontrarlos. Como en todo lugar céntrico, salían y llegaban los taxistas de entonces, conductores de carruajes tirados por caballos. Mi tatarabuelo y sus dos hermanos varones tenían una cuenta pendiente con una familia de cocheros. Creo recordar que hubo una deuda impaga por parte de éstos y alguna noche, acaso motivados por el alcohol, los Amoribello, que era el apellido de mi tatara, se encendieron en una discusión con sus rivales. 

El entredicho casi se había calmado. Los tipos se retiraban a continuar con su tarea. Pero hay veces en las que uno no puede refrenar la propia lengua, hay una necesidad estéril, poco fructífera, de no dejar pasar las cosas, no dejar asentarse a las aguas en el lecho del lago. Ya de espaldas y en retirada, escucharon la frase hiriente: “Cocheros tenían que ser. Cocheros…”, dijo uno con desprecio. Pero no dijo cocheros. Esa palabra en italiano se dice cocchiere, cocchieri en el caso del plural. Tiene una sonoridad que yo calificaría como alegre, casi como el lenguaje de las gallinas. Para mí es muy difícil estar muy enojado y decir coco o cacofonía. Pero el siciliano tiene otra palabra para cochero que es muy bella sobre todo si uno está recaliente y a punto de pegarle a alguien: gnuri. Gnuri es como un gruñido. Puede decirse entre dientes, con desprecio, sin necesidad siquiera de mover los labios. Puede decirse como un perro que exhibe sus letales colmillos. Puede exhalarse el aire con violencia, desde los pulmones y arrastrarse en la garganta como un manojo de navajas filosas en busca de un blanco. Eso fue lo que dijo uno de los hermanos. Mientras los cocheros se alejaban, mientras les daban la espalda a los Amoribello, sintieron el tajo fugaz del gruñido burlón. Gnuri.


“A mi abuelo le faltaba un diente”


Mi abuela solía hacer una pequeña digresión: “A mi abuelo le faltaba un diente, acá adelante” y casi instintivamente se tocaba uno de sus propios incisivos. No recuerdo en qué momento ella detenía su relato para contarnos este detalle. No recuerdo tampoco si esta circunstancia era revelada de manera súbita o si se encontraba adornada de alguna manera. Si yo fuera un escritor respetable, haría de esa pérdida del diente otra pequeña historia. Pero respetable es un adjetivo que quizás merecí en un tiempo ya lejano y olvidado.

Luego del temerario efecto de utilizar como insulto la profesión de los rivales, mi tatarabuelo y sus hermanos se vieron obligados a entregarse a una verdadera batalla. En determinado momento uno de los cocheros tumbó a mi tatarabuelo e intentaba ahorcarlo. El ahorcamiento es una forma de morir y matar muy lenta. Es medio jodido para asesinos impacientes que siempre preferirán la utilización de un objeto punzante o un arma de fuego. Salvo en las películas, en donde el tiempo apremia, asfixiar a alguien requiere de al menos dos o tres minutos de presión constante. Mientras el rostro de Amoribello iba azulándose de a poco, y la lucha por liberarse y respirar daba paso a una serena aceptación del destino, de pronto la presión cesó, el cochero se incorporó brevemente, mi tatara vio cómo sus ojos se llenaron de niebla y cayó de costado, dejando ver al causante de esa caída. Uno de sus hermanos lo había salvado. Ambos huyeron rápidamente, mientras el agujero de un puñal desangraba rápidamente la espalda del fallido estrangulador.

El cochero no tardó mucho en morir. Apenas estuvo unos segundos con vida mientras llegaba la policía. Los suficientes para que le preguntaran quién lo había apuñalado. Los suficientes para que contestara con la única imagen que la oscuridad de la muerte cercana no había aún cubierto de sombras: “Fue ése al que le falta el diente”.


“Me acusan de la muerte del picciotto”


Mi tatarabuelo terminó en la cárcel. Se despidió de su familia, de sus hermanos y hermanas. El de la puñalada huyó hacia América, hacia Argentina más exactamente. El menor, el más querido, quedaba bajo la protección de su madre y sus hermanas.

Una noche de carnaval, el padrino del hermano menor lo pasó a buscar para salir a recorrer la fiesta del pueblo. Las hermanas dudaban, no querían. “Yo lo cuido”, dijo el padrino con su mejor sonrisa como argumento. A regañadientes lo dejaron salir. No hicieron muchos pasos cuando el chico fue secuestrado por desconocidos. Se lo llevaron y pronto apareció su cuerpo desmembrado y diseminado como un macabro juego de búsqueda del tesoro.

“Mi abuelo no pudo soportarlo. Lloró y lloró desconsolado. Sabía que era la vendetta de los cocheros”, nos contaba Rosa, mientras pelaba y deshuesaba meticulosamente unas uvas.

Días después, la policía llegó a una conclusión: el padrino tuvo un papel importante en esa muerte, fue el entregador. Pronto fue llevado a la misma cárcel, en otra celda, por supuesto. Cuando mi tatara lo vio, preguntó incrédulo: “Padrino… ¿qué hacés acá?”. “Me acusan de la muerte del picciotto. Yo no tengo nada que ver”. El picciotto puede tener resonancias eróticas o burlonas a nuestro oído rioplatense, pero no es otra cosa que un chico, un muchacho. No tengo seguridad sobre el término utilizado. Pudo haber dicho ragazzo o bambino. Elijo el más simple y cotidiano, el más cercano. El más íntimo que pudiera utilizar el padrino para dejar en claro la familiaridad, el cariño compasivo que lo unía a la familia.

Así y todo no llegó a conocer las formas caprichosas en las que la luz del amanecer se colaba en los rincones de la cárcel. No desayunó el pan duro difícil de tragar si no se lo remojaba un poco para ablandarlo. La historia de mi familia y los cocheros se llevó al segundo muerto esa noche, en una húmeda celda siciliana.


La sangre caliente


Luego de las historias y de la charla (y también algunos chistes) mi abuela se iba a dormir. Casi seguramente se iría al día siguiente a visitar a otros nietos, a malcriar a alguno con comida, a otro con cariños. A mí, ya me había tocado mi parte, oír una buena historia.

Mis hijos saben que odio a los cocheros con toda la fuerza de mi segundo apellido y espero lo mismo de parte de ellos. Es una cuestión de linaje, de preservar la sangre siciliana caliente. Por eso entienden que algunas noches vuelva tarde y no tenga tiempo de preparar la cena por detenerme frente a los taxistas de la estación y escucharlos reírse de boludeces indescifrables o que los observe orinar detrás de un árbol o mirar culos impunemente mientras yo aprieto los dientes y dejo salir el aire con furia, en un ronquido áspero, como si fuera el grito inútil de un pájaro que repite: gnuri, gnuri.


viernes, 16 de agosto de 2024

Londres

 - ¿Cuál es la capital de Grecia?

Marcos levanta la mano por sobre las demás cabezas por octava o novena vez. Tantas, como preguntas se hicieron en aquella mañana en el único salón de chapa de la escuela 19. La escuela fue construyéndose como a retazos. En el centro, este salón, una especie de contenedor ultramarino pintado de verde manzana, caluroso y helado según corresponda, siempre exageradamente, siempre de manera inapropiada. Hacia el sur, están los viejos salones de adobe. Una antigüedad, incluso a mitad de siglo XX. Frente a ellos, los salones de madera, un verdadero observatorio astronómico. Y astrológico, si contamos las predicciones oscuras sobre el futuro del alumnado que comunica la señorita Elenita de manera indiscriminada. Hacia el frente de la escuela están los modernos salones de material. Los chicos se sienten seguros allá adentro, incluso durante la caída de piedras y las lluvias como baldazos interminables.

- ¿Capital de Portugal?

A muchas las resuelve la propia maestra, harta de la ausencia de respuestas. Marcos las sabe todas. No es por estudiar. Él no se acredita mérito alguno si leer una enciclopedia le resulta divertido y exótico en el patio de baldosas desparejas, con el coro de los jugadores de bolita, cantando a viva voz las normas transitorias de la partida. La bibliotecaria le prepara semanalmente los pedidos que le va haciendo. Marcos tiene la sensación de que ella no ha leído tanto como él. Pero no está convencido de que ésto sea un mérito.

- ¿Gran Bretaña?

Que levante la mano no quiere decir que necesite la aprobación. Ni la verificación. Pero sí completar el círculo, el acuerdo primigenio de cerrar la musicalidad propuesta por la pregunta. Ese tono ascendente del interrogante, por virtud de la gravedad, tiene que descansar en el llano de la respuesta, aunque fuera equivocada. La pregunta genera una tensión. Una distancia irreductible mágicamente recorrida por el acto de conocer. La tensión es sonora y es también un agujero en el espíritu. La liberación de la respuesta al espacio común, libera a todos los compañeros. Es un piedra libre anhelado.
Gran Bretaña no ha sido distendida. Gran Bretaña sigue danzando fantasmalmente entre todos. Marcos alcanza a levantar la mano un segundo antes de que la señorita pronunciara el nombre de Raquel, el nombre soñado entre vuelta y vuelta de página. El de su coprotagonista imaginaria en cada novela, su dama en apuros de cada aventura. Raquel, fatalmente, desconoce la respuesta. Raquel comparte el desinterés de casi todos y no le molestan las tensiones ingrávidas sobrevolando sus cabezas. Marcos, por una vez, no quiere salvar, no quiere ser más que ella, no quiere enrostrarle sus enciclopedias. Preferiría viajar en un crucero por el Nilo, de su mano, mientras resuelven misterios indecibles, aprovechando los breves descansos entre besos infantiles. Pero la maestra, harta ya de estar harta, lo saca de su ensoñación:

- Marcos: ¿capital de Gran Bretaña?

La tensión lo agarra del cuello, le atraganta las palabras que su boca niega. No quiere saberlo, a pesar de su obviedad. Imagina que renunciar a dar la respuesta tendría el honor de los caballeros, los héroes sobre corceles, armados de lanzas. Sería una declaración de amor eterno, una ignorancia noble y secreta que llegaría alada y silenciosamente a conmover su alma. Apenas tiene un segundo para imaginar su desprecio, su decepción o su indiferencia; antes de responder, casi sin querer, casi inaudible:

- Londres, señorita.

viernes, 2 de agosto de 2024

Fuster

 

Tiene que existir un lugar en el Paraíso para revivir nuestra infancia. Para los que vivimos infancias felices, por supuesto. Uno se moriría y al principio, antes de las escenas eternas que describió el Dante, iríamos a un rincón en el que estaría reconstruido nuestro barrio, nuestra primera casa, nuestra escuela. Así como eran. O como nos parecía que eran. Sitios enormes que nuestros juegos podían convertir en el oeste norteamericano, el espacio exterior o canchas de fútbol de la época en la que no tenían nombres de empresas.

Por supuesto que ahí estarían las casas de los vecinos. Estaría la vieja de ruleros que amenazaba con tajearnos la pelota, el tipo que fumaba en la vereda con los antebrazos apoyados en el respaldo, los pibes malos con los que no nos dejaban juntarnos y una lista larga pero no tanto, de personajes curiosísimos que adquirían aspecto terrible ante nuestros ojos inexpertos. Es obvio que estadísticamente y debido al carácter limitado de estos personajes, es posible que la señora que tajeaba las pelotas fuera nuestra propia madre o bien el viejo acodado en la vereda fuera nuestro padre o bien las dos cosas, dejando para nosotros el rol de los pibes malos.

Si la vida después de la muerte tuviera estas características, se podría asegurar filosóficamente que morir sería como volver a vivir. Quizás no sea otra cosa, solo que de maneras hasta ahora desconocidas. Lo que da temor no es la muerte en sí, sino el sumergirse en ese mundo inexplorado.

Uno de los personajes de mi barrio era el viejo Fuster. Vivía solo. Su vivienda era un cuarto que alquilaba, contiguo a un local enfrente de mi casa. Solía pasar las tardes apacibles fumando en la vereda por lo que, por cuestiones estadísticas, mi viejo zafaba de tener que asumir ese triste papel. Fuster no parecía muy amigable. Tenía un rostro duro, curtido, esculpido para siempre por los años en una seriedad constante. Pero cuando uno superaba el escollo que suponía su gesto, resultaba ser un tipo amigable que se esforzaba por mantener una buena conversación. Digo que se esforzaba porque no le resultaba para nada posible. Su mente funcionaba de manera caótica y le impedía discernir entre la información pertinente y relevante en cada ocasión y la información superflua e incluso completamente desacertada. Es decir, cada dato que conocía era pasible de ser utilizado en una charla cualquiera.

Como si no tuviera filtro o fuera incapaz de reconocer los elementos propios de una conversación, es decir, el código común, el enunciado de nuestro interlocutor, su gesto de desconcierto; Fuster seguía una línea de conversación completamente diferente a la exigida para el entendimiento mutuo. Parecía que lanzaba sus expresiones sin ton ni son y no fuera capaz de corregir, ni siquiera de indentificar que estaba meando a kilómetros del tarro.

El doctor Bayerri, el vecino médico del cual no se tenían noticias de que haya curado nunca a nadie, decía que Fuster “detentaba un lenguaje despersonalizado originado en una desorientación basal en el tronco encefálico con consecuencias letales para el área de broca juniors”. Algo así recuerdo que le dijo a mi madre antes de que ella entrara y sentenciara que el doctor Bayerri y Fuster estaban uno más loco que el otro.

Otra cosa que sostenía mi madre era que Fuster había perdido a su mujer y un hijo chiquito en un accidente. Que antes era un tipo común que decía las mismas tonterías que todos. Respondía buen día a los buenos días, tiempo loco, cómo llueve y es un día peronista a los vecinos que pasaran. Todo muy normal. Pero dicen, yo era muy chico cuando todo empezó, que un día que doña Nelly lo saludó a la pasada, le respondió recitando el número Pi con diez dígitos después de la coma. Eso dedujo el doctor Bayerri, el resto del barrio entendió que estaba tirando datos para nacional y provincia de la noche. O quizás para la tómbola.

Muy pronto, estos diálogos inconexos se hicieron frecuentes y cercenaron cualquier tipo de comunicación.

- ¿Cómo amaneció hoy, don Fuster?

- Naide salió a despedirme cuando me juí de la estancia...


- Buenos días, don Fuster

- Mi nombre es Bon. Yeim Bon.

Fue inexacto decir que no reconocía la perplejidad de sus interlocutores. Más justo es decir que no podía preverla. Conforme fue dándose cuenta del evidente desconcierto de los vecinos, comenzó a utilizar diferentes giros que le permitían disimular su falta de ubicación.

- ¿Qué tal, don Fuster? ¿Cómo amaneció hoy?

- ¿Sabe en lo que estaba pensando? - contestaba - en la pobre mula, condenada a morir sin descendencia.

"Sabe lo que estaba pensando", "Me pregunto si tal cosa" o "algo me hizo acordar..." eran comodines que le permitían enunciar cualquier pensamiento descolocado. Le anticipaba un poco al vecino que iba a decir algo que no tenía mucho que ver con el curso del diálogo.
De todas maneras, la gente comenzó a esquivarlo. Los almaceneros lo veían llegar y cerraban la persiana, por miedo a escuchar la formación del Quilmes campeón del 78 ante cada "¿qué va a llevar?". Por eso, solía proveerse en el hogar obrero en donde las cajeras mantenían al mínimo las relaciones interpersonales. Ojalá hubiera conocido los mercados chinos. Allí son recibidos con similar estoicismo el reclamo por un yogur vencido y la recitación de la tabla periódica.

Con el tiempo, el hombre aprendió a evitar el diálogo y todo tipo de intercambio social. Respondía con una sonrisa o un movimiento afirmativo de cabeza a cualquier proposición. La gente decía que lo veía mejor. En realidad decían que lo veían menos loco aunque más triste y taciturno. El doctor Bayerri sostenía que eso era peor, que “el uso de la palabra le permitía una catarsis de rémoras psíquicas y que su silencio autoimpuesto podía devenir en una explosión de verdades intrapsíquicas que iban a enchastrar toda la cuadra”. Algo así le dijo a mi madre que entró diciendo que Fuster se iba a mudar al barrio de La Colorada y ojalá se llevara al doctor Bayerri con él. Me puso triste que se mudara pero mi viejo que ya empezaba a ensayar su postura de viejo con silla en la vereda, me aclaró que en La Colorada está el cementerio de Varela.

En sus últimos meses, Fuster permanecía callado mientras le aseguraban que veranos eran los de antes, también que frío frío ya no hacía, que la de la esquina era una mosquita muerta y nadie advertía, detrás de su sonrisa condescendiente, que los seres humanos quizás llegaron a América por el Puente de Bering o que el destino es demasiado complicado como para dividirse apenas en doce caminos astrológicos.

viernes, 26 de julio de 2024

El club de lectura

              I

Sintió el café caliente bajar desde su boca, abrigándolo por dentro. Recorriéndole el pecho y la panza como una caricia materna. Segundos atrás, ante la taza humeante, había tenido una sensación de urgencia por beberlo. El contexto de ese sentimiento gélido era el de los primeros días de julio, quizás porque los tempranos pincelazos del invierno les llegan de improviso a quienes prescinden del calendario y, para evitar robos, choques y asesinatos, no toman la precaución de escuchar las noticias y así enterarse de que un frente polar se aproxima desde el sur con mayor puntualidad que el tren Roca.

Entonces llegó a Constitución muerto de frío y con el deseo de un café que siempre trataba de evitar por razones económicas. Decidió tomar primero el subte y posponer la promesa de placer hasta llegar al centro. Mientras, chupaba frío por los poros, como si existiera una invisible aguja hipodérmica que se lo inyectara directamente a los huesos. Llegó al Saint Moritz amasando en su mente el deseo de una bebida caliente sencilla. Nada de café gourmet. Con leche y dos medialunas. Mejor si son tres. Dejó bamboleando la puerta a la manera de los vaqueros que entraban al saloon y disculpándose por su impaciencia, se apuró a ordenar incluso antes de sentarse en uno de esas mesas en las que dicen que Borges también apoyó sus codos. Tomar ese café era cuestión de vida o congelamiento. Por eso, cuando llegó su pedido, humeante y cremoso, perfumado por el grano recién molido, tuvo la necesidad de hacer un alto antes de beberlo. Quiso disfrutar de ese instante anterior al placer, de esa distancia mínima entre expectativa y satisfacción. De esa inexplicable pausa que los supermalvados se toman antes de eliminar al héroe. Pudo percibir que todo su ser se dirigía hacia el mismo deseo, sus endorfinas viajaban en V, eran bandadas en busca del calor tropical. Entonces fue cuando sintió esa necesidad urgente de cerrar los ojos y llevarse la taza a los labios, experimentando en cada una de sus células el intenso deleite de un encuentro intenso y fugaz.

Salió del Saint Moritz satisfecho. Estuvo sentado dos horas y pudo escribir un par de páginas de un cuento con el que generalmente no avanzaba, que también corría peligro de morir por congelamiento hasta esa mañana.

En la vereda persistía el frío. El sol del invierno es una estufa de tiro lento y balanceado que tarda en calentar el ambiente. Cuando lo hace, ya es la hora de retirarse a dormir. Pasó por un poste y vio un aviso firmemente sostenido con dos vueltas de cinta de embalar. Uno de esos avisos que tiene al pie una serie de flecos, cada cual conteniendo la información básica para comunicarse, muy común a principios de los dos mil. Era sobre un club de lectura. Le causó gracia porque pensó que ahora todo se publicitaba por redes sociales y estaban olvidados los métodos que requerían una mínima inversión en papel y el acto de salir a pegar personalmente los afichitos. No había muchos datos, tampoco instagram o algún tipo de comunicación altenativa. Sólo un correo. Electrónico, por suerte. Ya se estaba imaginando una casilla en el correo central, código postal mil. La imagen era como una mariposa en blanco y negro flotando sobre el texto. Medio básico, pensó él que tampoco tenía ideas estéticovisuales demasiado exigentes. Club de Lectura. Todos los meses leemos un libro y lo comentamos. Presencial. Caba. tallermoebius@gmail.com. Y en el fleco que cortó y se llevó, el mismo correo y un sucinto Club de Lectura. Faltaban la mitad de los flecos y tuvo la impresión de que el que él retiró inclinaba la balanza apenas hacia el éxito de la operación de publicidad.

Estuvo todo el día deambulando, buscando una idea, una historia. Desde que trabajaba manejando un auto para una aplicación, se permitía un par de días para escribir, cosa que no hacía demasiado, y deambular, cosa que sí. No se le ocurrieron más que observaciones vanas sobre la vida en la gran ciudad, observaciones que otros ya habían notado y reseñado hasta el hartazgo y con mejor criterio. Por la tarde decidió volver a su casa, un ratito antes de la hora pico, para ir, no digamos sentado sino apretujado lo menos posible.

Pero fue sentado y hasta pudo cabecear una pequeña siesta. Tenía hambre cuando entró a su departamento de soltero. De separado. Es un poco más desordenado que uno de soltero y muchísimo más patético, le decía su madre cuando pasaba a saludarlo. En la heladera había dos sanguchitos de miga de la última visita materna y un sobre de mayonesa abierto y en posición horizontal sobre el estante alambrado. Se dijo que debería desenchufar la heladera durante el invierno. Mientras masticaba el primer sanguchito y ponía la pava para el mate, se acordó del club de lectura y buscó el fleco en su billetera. Decidió que iba a escribir desde el teléfono. Total, era un texto corto y tan económico como el anuncio. Hola, me llamo Marcelo y estoy interesado en el club de lectura. Solicito info, lugar y precio, por favor. Enviar. ¿Quiere anular el envío? La verdad que podría. No. Mejor no. Que vaya.

Se despertó a la mañana siguiente y vio que le habían respondido a las tres de la madrugada. Marcelo, gracias por anotarte. Este mes vamos a leer “Un crimen circular” de Amalia Uribe. La actividad es gratuita. El encuentro será en el café “Del Tiempo”, un lugar chiquito y tranquilo frente a plaza Armenia. Será el 20 el junio a las 17. Nos vemos. Melisa. PD: Te envío el libro en formato epub por si tenés ebook. Lo podés leer en el celu o en la compu con una app. Yo recomiendo Read Era. Sonrió ante la súbita aparición de la tecnología, notoriamente ausente en el cartel con tiritas del poste.

Había leído a Amalia Uribe. Una novelita medio gótica bastante buena. Y unos cuentos sueltos. Le gustaba su estilo pero no mucho los temas algo sórdidos y lejos de sus lecturas habituales. Abrió el archivo y vio la portada. Letras rojas sobre fondo negro para el título y la autora. Una copia truchísima. No había ningún tipo de dato. Solo el texto casi sin formato. Le molestaba la idea de que cualquiera pudo haber editado el ebook y, Dios no lo permita, meter mano en la historia misma. Así que esa mañana se acercó a una librería y preguntó por el libro. Fue a las tres que tenía en su ciudad y nada, no lo tenían. Ni siquiera para traérselo en los próximos días porque no figuraba en las distribuidoras. Hizo una búsqueda en línea y tampoco arrojaba resultados. Es decir, sí, había resultados, pero nada tenían que ver con la Uribe ni con el libro. Alguna nota en un diario hablaba sobre un crimen y un círculo pero resultó ser el círculo social de la propia víctima. Otra sobre la colección de novelas policiales del Séptimo Círculo. La única explicación que encontró para esta ausencia le encantó: tenía en sus manos un manuscrito aún no publicado. Cuando estuviera más tranquilo le iba a escribir a Melisa para preguntarle, mientras se propuso leer un poco y salir a trabajar con el auto. Pero el libro lo atrapó y no lo soltó en todo el día.


             

 II

Marcelo estuvo saboreando una doble satisfacción respecto del libro. Por un lado la historia misma que le había gustado mucho por la pericia de la autora en mayor medida que por su trama. Los climas conseguidos en diferentes momentos, la angustia, el dolor que emanaba de su relato así como la conexión magistral de los elementos del misterio no podían sintetizarse sólo contando el argumento. Otra satisfacción era respecto al texto inédito. Quería confirmarlo y para eso iba a volver a escribirle a Melisa. Releyó el mail que ella le había enviado antes de hacerlo y observó algo que insólitamente había pasado de largo en su primera lectura. El club tenía lugar el 20 de junio. Pero ya era julio. Miró el calendario para estar seguro. 7 de julio. Un error muy común y de apenas una letra pero que se volvía grosero circunstancialmente como el chiste que le contaba su papá de chico: A mi primo lo metieron preso por equivocarse en una letra. No seas tonto, a nadie meten en cana por tan poco. A mi tío, sí. ¿Pero cómo es que lo metieron preso por equivocarse en una letra? Quiso hacer una estufa y terminó haciendo una estafa.

Obviamente ahora tenía dos motivos para escribir ese mail. No sabía bien cuál poner como tema principal. Tenía que decidir entre señalar el error en la fecha y de yapa expresar su inquietud sobre el estado de edición del texto o hacer de esto último su pregunta central y advertir lateralmente la confusión entre los meses. Eligió, aunque azarosamente, esta modalidad.

Querida Melisa: te agradezco que me enviaras el libro. A pesar de mi gusto por el papel y por acariciar las hojas con las manos además de los ojos, no hubiera podido hacerlo jamás en este caso. En ningún lado pude conseguir el libro. Ni siquiera lo tenían en la lista de distribución. ¿Es que se trata de algún inédito? Me gustaría saberlo y vuelvo a agradecerte por la elección del libro y el envío. Ah, una cosa más: en la fecha pusiste junio en vez de julio. Sé que es algo menor pero te lo digo para evitar confusiones, quizás alguien creerá que ya pasó y nos perderíamos de su presencia. La mía, por otro lado, la confirmo. Saludos, Marcelo. Listo. No, todavía no. Lo releyó y no le gustó eso de acariciar las hojas. Sonaba demasiado íntimo. Escribió recorrer en vez de acariciar y ahora sí, un leve brote de ansiedad fue apaciguado. Antes de enviarlo, cada segundo iba creciendo como una plantita en su pecho que le quitaba espacio al aire, a la expansión de los pulmones y a la apertura de la laringe. Ahora respiraba profunda y largamente y estaba listo para algo que no hacía hace unos días: trabajar. Manejar un poco.

Entre pasajero y pasajero pensaba en la trama, como ensayando sus apreciaciones para el club. Había algo muy raro en el uso del tiempo. Raro y confuso. El sentido narrativo no parecía ir siempre en el mismo que el de nuestra habitual percepción, que es la línea recta y fatal. Hubo un crimen y un misterio. Así empezaba en la primera página. Matan a una mujer noble en los rincones de un palacete europeo, en medio de una fiesta. La primera escena es la narración del brazo fuerte de un hombre, armado con una daga tunecina, cayendo violentamente sobre el pecho de Madame Pourpodour. Un asesinato terrible en circunstancias atroces y un detective que surgió súbitamente entre los personajes. Como en las viejas novelas europeas, era un tipo muy inteligente, de clase media pero que se permitía estar rodeado de millonarios debido a su encanto y sagacidad. En ese ámbito surgía el crimen. Rica era la víctima y todo parecía indicar, excepto que la autora se sacara un cartonero de la galera, cosa inadmisible, que rico también era el asesino. El detective era medio franchute, el señor Dubois y aunque todo parecía ser demasiado predecible y transitar los territorios conocidos de la novela de misterio, el tal Dubois, repetía filosóficamente que resolver el misterio, la identidad del asesino, podía brindar consuelo a las víctimas. Pero que eso también podría lograrlo la religión, la confección de las memorias y hasta las regalías de un juicio civil. La justicia era otra cosa, la reparación era la total anulación de la experiencia de la muerte. El señor Dubois desaparece y aparece en circunstancias insólitas y hasta ridículas, como cuando salió del placard de los Berkley, un matrimonio inglés también invitado al palacio, ante la total sorpresa de mister y las infinitas y desesperadas excusas que mistress le daba a mister.

La narradora supuestamente omnisciente se hace la boluda ante estas desapariciones, finge el mismo desconcierto que nosotros. Nos deja, eso sí, el perfume de su presencia en cada ausencia. Dubois está resolviendo un misterio que no es el de la identidad del criminal. Al menos, no es el único misterio que resuelve. Lo sabemos en el capítulo final, cuando su brazo algo esmirriado se hace fuerte para detener a la mano del marido, quien no logra cometer el asesinato que inició todo, y le permite a la señora huir a toda prisa del cuarto y de ese funesto matrimonio. Amalia Uribe resolvía brillantemente este entuerto temporal, nos deja en la boca el sabor de la verdadera justicia y asimismo la descorazonadora sensación de que es imposible hallarla en el mundo real. Que estamos condenados a soportar una existencia de crueles e inevitables anomalías hasta que no podamos liberarnos, como su detective, de las cadenas del tiempo.

Sonreía todavía con Dubois cuando le llegó la notificación del correo de Melisa: Querido Marcelo: la fecha está bien, es el 20 de junio. Entiendo la razón por la que no podrías concurrir. Ah, el libro existe y yo lo tengo. Espero verte, Melisa. Laputaquelaparió. Eso es lo que pensó. No enojado sino profundamente desconcertado. Para empezar, Melisa le había dado vuelta el orden de prioridades. La cuestión de la fecha era central y, para colmo, estaba bien. ¿Armó programas de una fecha imposible? ¿O el evento ya se había realizado y en vez de aclararlo cuando él le escribió, continuó chistosamente con la confusión? Cierto aire de soberbia que lo visitaba a veces, le impedía digerir esa falta de cuidado con alguien que estaba interesado en su propuesta. Y encima el libro existía, decía que existía, después de decir ah, como dijo él, como fingiendo un recuerdo menor, algo que podría no haber dicho de haber apretado enviar con demasiada prisa. A la mierda con el club de lectura del 20 de junio próximo pasado y con el texto inédito de la Uribe que, ahora lo veía claro, seguro lo escribió la propia Melisa. Aunque había estado bueno, eso sí.



III

Unas tardes después, el viaje de un pasajero lo llevó al barrio de su infancia. El que había dejado hacía casi 30 años. Nunca quiso volver desde que sus padres se mudaron de ahí. No tenía recuerdos dolorosos pero una extraña sensación lo invadía cada vez que se aproximaba a sus calles. Como si su cabeza se viera envuelta en una neblina, una ligera confusión cognitiva. Había cruzado a algunos vecinos, antes niños, ahora tipos de su edad pero veía en sus cabezas una desproporción exagerada, como si aquellas caras infantiles hubieran sido agrandadas por una tribu ritualista y colocadas sobre maniquíes torpes y ridículos. Él mismo se vería así, eso pensaba siempre. Por eso no frecuentaba viejas relaciones, de las anteriores a los veinte años. Los cuerpos cambiaron como reflejo de sus almas y ninguno quería fingir una complicidad que habían perdido hacía mucho.

Pero no tuvo rapidez para rechazar el viaje cuando le tocó y ahí estaba. Ya había descendido el pasajero y él pensó en escapar, pero luego la visión de una vieja casona lo hipnotizó y hasta bajó del auto para recorrer su vereda, tantas veces transitada en las siestas de verano al amparo de la añeja sombra de sus grandes árboles. Ahora estaban pelados, efectos de julio. No se preocupen arbolitos que yo también los recorrí frondoso y ahora estoy casi pelado. Lo de ustedes se cura con la inevitable circularidad de los meses y las estaciones. La estación que rige mis cabellos es un otoño interminable que llega a su fin en un último invierno. Se río de lo torpemente trágico que sonó su autodiscurso. Respiró profundamente y percibió con claridad que cada inhalación lo energizaba y cada exhalación lo liberaba de pesadez y oscuridad. Había notado esta sensación otras veces, como si las geografías de su pasado pudieran nutrirle del vigor juvenil por un breve instante. Siguió inhalando y exhalando y pensó en Dubois y la necesidad de su justicia verdaderamente restauradora y después en Melisa y su 20 de junio y cuánto le hubiera gustado participar de ese club de lectura. Y se sonrió por dentro. Continuó respirando hasta que se sintió mareado y se apoyó en un tronco. Hiperventilé como un boludo, se dijo. De a poco buscó recuperar su ritmo respiratorio normal, se sentó, la espalda contra el árbol y recobró la compostura. Le pareció que hacía un poco más de calor. Me debe haber bajado la presión. También le pareció que la tarde era algo más clara y que los árboles todavía tenían algunas hojas, pocas y amarillas pendiendo de las ramas. Sacó el teléfono para ver la hora pero estaba como tildado. Lo apagó y lo encendió. Encendió bien, por suerte, era una herramienta de laburo. La pantallita se iluminó feliz, predecible. El mundo se ordenaba de nuevo. No tanto: Jue 20 de jun 2024. 15:10 decía arriba de todo, a la derecha.



IV

Qué coincidencia. Qué enorme coincidencia, pensó. Quiso buscar el auto, comprobar la fecha y hora en el tablero. Lo había dejado en la vereda de enfrente de la vieja casona pero no estaba. Me lo robaron, qué barrio de mierda. Hijos de puta no tendría que haber vuelto nunca. En el medio de la desesperación, en el fondo, mejor dicho, había una intuición. Miró alrededor, dio la vuelta a la manzana de la casona y el auto no estaba. Una intuición que era una certeza pero pequeña. Una esperanza con temor al desengaño. Sacó la sube de la billetera y volvió a su casa. Iba a buscar los papeles para hacer la denuncia. ¿Iba a buscar los papeles para hacer la denuncia? Barrio de mierda, hijos de puta. Van a morirse donde nacieron, patéticos. A él le hubiera gustado morir en donde nació. Moverse poco con el cuerpo, mucho con los libros, la escritura y la mente. Bajó en la esquina de la casa y encaró los últimos cincuenta metros. ¿En dónde tenía los papeles del auto? Ah, sí. En el cajón. Hijos de puta. Entró por el garage, ahí estaba el auto, hasta más limpio, hasta con más nafta, con menor kilometraje. Miró la información en el tablero. Jue 20 de jun 2024. 15:40. Melisa, la putaqueteparió.

Minutos después estaba buscando la subida de la autopista. Su cabeza era un caos. En el breve tiempo que estuvo en su casa entró a los portales de los diarios, encendió la radio, la televisión. En todos lados era 20 de junio. El precio del dólar lo hizo pensar en ir a comprar, aunque sea diez. La temperatura era muy agradable. El otoño, decían, se está despidiendo casi primaveralmente. Veranito de San Juan, le decía otro. Dubois decía que la justicia debía reparar y se interpuso en el camino de la mano asesina, el café de la Plaza Armenia era “Del Tiempo”, irónica la Melisa, ¿cuánto más durará este gobierno? ¿Tiene nafta para continuar? El tanque del auto, casi vacío en julio, volvió a llenarse. Aquí está la bandera idolatrada, ¿vos también decías que Belgrano nos negó, Damián? No, Ester, yo decía y no la trago. Julio va a ser frío muy frío asi que aprovechemos estos días lindos. Casi ni se dio cuenta cuando bajó de la autopista y en medio de un tránsito bastante fluido llegó a la plaza, buscó estacionamiento, se bajó, atravesó rápido, y las dejó bamboleando, las puertas del café “Del Tiempo”.



V

- Hola, soy Melisa. ¿Vos venís al club de lectura?

- …

- ¿Y cómo es tu nombre?

- Me llamo Marcelo. Y no entiendo nada de lo que está pasando.

- No te enojes, Marcelo. Pero te puedo asegurar que yo tampoco entiendo demasiado.

- ¿Entonces no tenés idea de lo que me pasó hoy?

- No, no tengo idea. Te lo juro. Pero si sos el Marcelo que me escribió un mail en julio y está acá, en la reunión del 20 de junio, supongo que estarás asustado.

- Claro que estoy asustado. Y vos sos la culpable de todo ésto.

- Pará, pará. No te confundas. Yo no tengo nada que ver con lo que te pasó hoy. Yo solo hago un club de lectura, lo hago todos los meses y nunca se presenta nadie. Así que yo no tengo el poder de hacer nada. Viniste vos solito, por tu cuenta. Y sos el primer asistente de la historia. No sé si felicitarte.

- Yo estaba paseando por mi barrio de la infancia. De pronto me sentí mareado y cuando estuve mejor, miré y resulta que retrocedí al 20 de junio.

- Sí, entiendo que te resulte muy raro . Mirá, te voy a contar una cosa. Quizás nos ayude a comprender. Cuando iba a primer grado y la maestra nos hacía escribir “hoy es martes 15 de marzo”, yo tenía una idea extraña. Se me había ocurrido que al día había que reafirmarlo. Que todos los chicos, los oficinistas, los presentadores de televisión decían “hoy es 15 de marzo” entonces se hacía el 15 de marzo. Básicamente, creía que lo creábamos. Que si algún día se nos ocurría que era, no sé, 23 de abril, se hacía el 23 de abril. Pero que eso requería una acuerdo grandioso entre la gente, los gobiernos y los diarios de todo el mundo y que no iba a pasar nunca.

- Al menos me hacés reír, Melisa.

- Bueno a mí no me causaba nada de gracia. Porque llegaron las vacaciones y me preocupé. Y le dije a mi papá que cómo iban a hacer si tantos chicos no podían crear el día. Mi viejo no entendía un carajo y cuando se lo expliqué se cagó de risa mal.

- No es para menos. Hace un rato te quería matar y ahora me río. Qué ocurrencia.

- No sé si es una gran ocurrencia. Los chicos suelen elaborar hipótesis súper complejas. Pero la realidad y la gente responsable se las hacen olvidar rápidamente. Cada vez esas hipótesis van siendo más realistas. Ven a una persona de traje y anteojos y piensan “Este señor debe ser Superman”. Les dicen que Superman no existe. “Entonces debe ser Clark Kent, periodista del Daily Planet”, entonces les dicen que es una historieta, una especie de mentira para entretener. Así que finalmente asumen que es simplemente otro señor con anteojos. Casi seguro, un vendedor.

- Jaja. ¿Y vos? Algo me dice que nunca dejaste de creer que creabas el día.

- Sí, un poco. Para disimular ante la gente grande. Pero cuando quería, cuando estaba triste o enojada con los grandes, me metía en mi cuarto y escribía en mi cuaderno “hoy es...”. Y me iba al tiempo que quisiera.

- Es muy loco lo que me estás diciendo. Siento que te creo porque me parecés divertida, encantadora. Linda. Pero por todas estas mismas cosas creo que justamente no tendría que creerte una palabra.

- No me importa tanto que me creas. Me maravilla que estés acá. Quizás esa sensación de estar en el barrio de tu infancia es como tu puerta de acceso al tiempo infinito. Sé que la mía es escribirlo, con intención, en mi cuaderno de tapas rojas.

- ¿Y el libro de Amalia Uribe? ¿Existe?

- Acá lo tenés. Mirá la fecha. Septiembre de 2026. Su obra póstuma.

- La puta madre, Melisa. ¿Se muere Amalia?

- Sí, Marcelo. No dramaticemos. Todos nos morimos.

- ¿Pero cómo voy a hacer para volver al 11 de julio?

- Ahí me mataste. Solo sé cómo moverme yo misma en el tiempo. No tengo idea de cómo lo pueden hacer otros.

- Quizás si te abrazo mientras escribís en el cuaderno...

- Jaja. No sé. No voy a evitar que lo probemos pero no hay garantías de que funcione así. Por suerte no quedaste tan lejos. De última vivís otra vez los últimos días. Solo tenés que fingir un poco de sorpresa ante los parientes y vecinos.

- Un poco de sorpresa. Ajá. No sabés cómo te puteé. Ahora me arrepiento pero me recontracalenté con vos

- No te preocupes que te entiendo. Y te disculpo por los insultos pasados. Eso sí, ahora tenés que hacerte cargo de los nuevos. No los perdono con tanta facilidad.

- Enterado.

- Bueno, no creo que vaya a venir nadie más ¿no?. Podemos empezar. Haceme un favor, si viene alguien, explicale vos todo ésto. Yo ya estoy cansada y hasta un poco mareada.

- Está bien. No te preocupes. Yo me encargo de la explicación y de recibir los golpes. Empecemos.

- ¿Qué te pareció el libro? ¿Pudiste leerlo?

- Sí, me encantó. Y ahora hasta lo entiendo más. Amalia, que en paz descanse, siempre me pareció un poco más truculenta, la sentía lejana porque esas lecturas no son las que más me gustan. En este libro, y ahora más, la siento terriblemente realista.

- Jaja, sí. Qué loco es leerla desde esta perspectiva. ¿Qué fue lo que más te gustó?

- Me gustó que, en esta idea de la circularidad, el cuento no garantiza ese inevitable eterno retorno volviendo al punto de partida, sino a un instante previo a ese punto de partida. De esta manera, el círculo no es esa serie inevitable que nos encarcela, sino que es una contingencia más.

- A mí también me gustó mucho eso...


La mirada de Melisa era profunda y misteriosa, eran el alma infinita de unos ojos que ahora se abrían despreocupadamente asombrados. Él vio en ellos la vastedad del cielo y en su boca, el alba inminente, una centelleante luz que repiqueteaba en sus labios entreabiertos así como los rayos precoces se asoman sobre la superficie de un río que se despereza. Ante ese amanecer tuvo otra vez la sensación de una repentina urgencia. La de cerrar los ojos y llevárselo a los labios, sin después, sin ayeres, sin algoritmos. Experimentando en cada una de sus células el intenso deleite de ese encuentro fugaz, un fragmento temporal arrancado a la sucesión infinita del círculo. Un beso desprendido con simpleza, como si fuera un fruto maduro o el delgado fleco de papel que cuelga frágilmente de un poste.


lunes, 19 de noviembre de 2018

Confesiones de un ambitorpe



1 - A la derecha de su pantalla

Viendo una serie traducida con subtítulos hechos a las apuradas, para subir rápido el capítulo y ser los más piratas de los siete mares virtuales; observo interrogatorios de este tipo:


- Entonces, ¿usted se dirigió a la casa del acusado la noche del crimen?
- Derecha.
- ¿Es verdad que tiene una relación con ella?
- Derecha

(Nota: que “el acusado” se convirtiera en “ella” de repente era también consecuencia del subtítulo sin corregir. Por cierto, al final el tipo agregó, orgullosamente, su crédito: Traducido, sincronizado y corregido por… con ánimos de que lo feliciten)
El tipo contestaba “derecha”, en vez de “correcto” o “estoy de acuerdo”. La razón era clara, la forma de acordar en inglés es igual a nuestra metafórica “dar la derecha”: Right. El subtitulador, que sube la serie por izquierda, se conformó con lo que le indicó el traditore google.

2 - Siniestro como el Diego

Los zurdos somos una minoría. Esa situación de indefensión social nos hace tomar una postura de víctimas. Sentimos que la inclusión todavía no ha llegado hasta nosotros. Hay un numeroso listado de cosas que están pensadas para hacerse preferentemente con la mano derecha:

- ejecutar un instrumento
- escribir
- leer un libro
- conducir un vehículo
- abrir una botella de vino
- dar cuerda al reloj pulsera
- medir con cinta métrica
- orejear las cartas del envido
- usar el bloque numérico del teclado
- largo etcétera

El mundo social, la cultura, es una invención de diestros para diestros. De hecho, siniestros somos los que usamos la izquierda y los tipos malévolos, sin distinción moral. Es decir, Messi y Maradona son tipos que hacen goles y festejan gritando: muejejejeje.



3 - Siniestro como Fidel

A la derecha del presidente de la Asamblea se sentaban los diputados franceses que después de la revolución de 1789 no querían cambios tan drásticos. Los jacobinos, tipos que querían incendiar todo, se sentaban a la izquierda. Esta distribución dio origen a los términos políticos: ser de derecha o de izquierda, siendo los primeros los más conservadores y los segundos los que apoyan los cambios radicales.

4 - Milonga del zurdo arrepentido

Yo soy un zurdo arrepentido. Un tipo que agarró un lápiz intuitivamente con la izquierda y trazó sus primeros palotes. Que pateó las pulpo con la izquierda, pero que de ahí en más, se hizo invisible entre la mayoría. Absolutamente todo lo que aprendí culturalmente, lo hago con la derecha. Por eso no puedo sumarme a las justas reclamaciones de los zurdos. Soy algo así como un desclasado, un traidor al zurdaje. Quise prepararme para ser un ambidiestro. Pero sólo conseguí convertirme en ambitorpe.

5 - Anochecer de un día agitado

En la madrugada del 3 de septiembre de 1967, Suecia enfrentó un cambio radical de verdad. No, la monarquía sigue ahí. Pero a partir de las 0 horas de ese día, los autos pasarían de circular por la izquierda, al estilo inglés, y comenzarían a hacerlo por la derecha. De más está decir que debe haber sido un verdadero caos, pero que tuvo que adecuarse a sus vecinos.
¿Por qué se circula por la izquierda en algunos países? Dicen que se debe a las preferencias de una de las más grandes civilizaciones: Roma. En esa civilización, se sabe, nunca se ponía el sol. Y para unir los diferentes puntos del imperio, hicieron falta caminos , por lo tanto, ciertos acuerdos mínimos sobre el tránsito. Se dice que era conveniente circular por la izquierda por varias razones: en caso de choque con alguien que venía de frente, la zona del corazón estaría protegida. Pero una muy importante: si había que desfacer entuertos o batirse a duelo con alguno, la circulación por la izquierda permitía blandir la lanza con la derecha.
Circular por la derecha, en cambio permite moverse con mayor comodidad para ejecutar las complicadas maniobras de la palanca de cambios de marcha, al estar a la derecha del volante. En épocas de diligencias, la palanca de cambios era el látigo y también se hacía más cómodo, sentarse a la izquierda del pescante y castigar con la derecha a los caballos de fuerza. La circulación urbana encontró más sencilla la circulación por la mano derecha de los caminos y así se adoptó casi mundialmente.


6 - Asamblea de zurdos en la quinta de Beethoven

Iba a cerrar con un listado de célebres zurdos para que los admiren y así lo hagan conmigo de alguna manera transitiva. Pero en el listado, que venía acompañado con imágenes, encontré a muchos personajes históricos sosteniendo una pluma en la mano derecha. Podría ser acomodamiento social, imagen en espejo, cuestiones de estética. El caso es que me hizo desconfiar de todo listado. El caso más llamativo era la pintura de Beethoven, de quien, dicen, era zurdo. Quizás es una confusión y sólo quisieron decir que era sordo.

Para finalizar

El día del zurdo es el 13 de agosto, dato muy poco importante. Todos tenemos un día al menos 2 veces al año. Por lo general lo malgastamos sintiéndonos más viejos, más enfermos, más discriminados, más amigos, más animales, más zurdos.