miércoles, 14 de octubre de 2015

Oigo la queja de un bandoneón

Disfrutar de la música requiere de una sensibilidad especial, es conectarnos con nuestra esencia humana más profunda. Hacer música, interpretarla no es para cualquiera. A mí, por ejemplo, quienes conocen mis habilidades musicales, me llaman Beethoven. Porque canto como un perro.
Me sorprende mucho reconocer las canciones que subyacen agazapadas detrás de la poesía futbolera. Como si la referencia a la yuta, la cerveza, la marihuana o las declamaciones viriles me impidieran desentrañar el misterio y desandar el laberinto que lleva de los efectos a las causas.
Cuando me fue revelado que "Mi Buenos Aires querido" había perdido la queja de un bandoneón en virtud de la escasa demostración de coraje de la parcialidad visitante, sinceramente no lo podía creer. Pero no puedo dejar de celebrar que el porteño haya dejado, por una vez, su apego a la protesta constante por una arenga mucho menos depresiva.

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