jueves, 29 de octubre de 2015
Pieza en forma de T
Algunos comerciantes tienen por norma negar la carencia o la ignorancia, al igual que los intelectuales.
La semana pasada fui a comprar una zapatillas que eligió mi hijo por fotografías, desde su reposo en el hogar. Fui a un negocio de la peatonal.
- ¿Tiene éstas en 40?
- Solamente en color azul.
Fui a otro, a escasos 50 metros.
- ¿Tiene éstas en 40, en negro?
- Sólo vienen en negro, señor.
Una vez, en la feria de mi barrio, en un puesto de transacciones ilegales, pregunté por algo de música extranjera, sin advertir que sólo ofrecían música tropical. Sin inmutarse, el vendedor mintió (o se burló):
- Acabo de vender el último.
Haciendo un arreglo de plomería en casa (si se lo ve desde el punto de vista de la voluntad, era un arreglo; desde el punto de vista de los resultados, un desarreglo), acudí a una casa de sanitarios en busca de una pieza en forma de T con una reducción no muy común.
- Esa pieza no existe - con gesto sobrador, el comerciante. Debo agregar que es un personaje algo extraño al que una noche le ayudé a empujar el auto y a los pocos días me negó el saludo.
- ¿Y qué puedo hacer? - Yo, desamparado. Y cambiando la pedantería por el gesto sabio, me vendió una serie de piezas que iban enroscándose entre sí, un rollo de teflón gigante para prevenir pérdidas en tantos empalmes y algunos consejos paternales.
Debido a maniobras imperfectas, uno de los acoples no resistió mis embates hercúleos y se partió miserablemente. Me daba algo de vergüenza volver al comercio, como el quijote en mi jaula de torpeza, a soportar la mirada altiva del experto, así que me dirigí a otro negocio, una ferretería. Mi sorpresa fue grande cuando el otro tipo me ofrece la primera pieza, la inexistente. Para colmo, funcionó muy bien al primer intento y el arreglo en el sentido voluntario, lo fue también en sentido resultadista.
No me consideraba un hombre vengativo. Quizás la demasiada generosidad con la que la vida me trata forjaron en mí esta falsa e inocente autoimagen. Pero espero un acuerdo del destino, un guiño de los dioses, vagando obsesivamente por las noches, con la esperanza de que el auto no le arranque y pasar a su lado sin compasión, riendo, en dirección a la ferretería y murmurando inexactitudes filosóficas, acerca de la no existencia de lo existente.
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