I
Sintió
el café caliente bajar desde su boca, abrigándolo por dentro.
Recorriéndole el pecho y la panza como una caricia materna. Segundos
atrás, ante la taza humeante, había tenido una sensación de
urgencia por beberlo. El contexto de ese sentimiento gélido era el
de los primeros días de julio, quizás porque los tempranos
pincelazos del invierno les llegan de improviso a quienes prescinden
del calendario y, para evitar robos, choques y asesinatos, no toman
la precaución de escuchar las noticias y así enterarse de que un
frente polar se aproxima desde el sur con mayor puntualidad que el
tren Roca.
Entonces
llegó a Constitución muerto de frío y con el deseo de un café que
siempre trataba de evitar por razones económicas. Decidió tomar
primero el subte y posponer la promesa de placer hasta llegar al
centro. Mientras, chupaba frío por los poros, como si existiera una
invisible aguja hipodérmica que se lo inyectara directamente a los
huesos. Llegó al Saint Moritz amasando en su mente el deseo de una
bebida caliente sencilla. Nada de café gourmet. Con leche y dos
medialunas. Mejor si son tres. Dejó bamboleando la puerta a la
manera de los vaqueros que entraban al saloon y disculpándose por su
impaciencia, se apuró a ordenar incluso antes de sentarse en uno de
esas mesas en las que dicen que Borges también apoyó sus codos.
Tomar ese café era cuestión de vida o congelamiento. Por eso,
cuando llegó su pedido, humeante y cremoso, perfumado por el grano
recién molido, tuvo la necesidad de hacer un alto antes de beberlo.
Quiso disfrutar de ese instante anterior al placer, de esa distancia
mínima entre expectativa y satisfacción. De esa inexplicable pausa
que los supermalvados se toman antes de eliminar al héroe. Pudo
percibir que todo su ser se dirigía hacia el mismo deseo, sus
endorfinas viajaban en V, eran bandadas en busca del calor tropical.
Entonces fue cuando sintió esa necesidad urgente de cerrar los ojos
y llevarse la taza a los labios, experimentando en cada una de sus
células el intenso deleite de un encuentro intenso y fugaz.
Salió
del Saint Moritz satisfecho. Estuvo sentado dos horas y pudo escribir
un par de páginas de un cuento con el que generalmente no avanzaba,
que también corría peligro de morir por congelamiento hasta esa
mañana.
En
la vereda persistía el frío. El sol del invierno es una estufa de
tiro lento y balanceado que tarda en calentar el ambiente. Cuando lo
hace, ya es la hora de retirarse a dormir. Pasó por un poste y vio
un aviso firmemente sostenido con dos vueltas de cinta de embalar.
Uno de esos avisos que tiene al pie una serie de flecos, cada cual
conteniendo la información básica para comunicarse, muy común a
principios de los dos mil. Era sobre un club de lectura. Le causó
gracia porque pensó que ahora todo se publicitaba por redes sociales
y estaban olvidados los métodos que requerían una mínima inversión
en papel y el acto de salir a pegar personalmente los afichitos. No
había muchos datos, tampoco instagram o algún tipo de comunicación
altenativa. Sólo un correo. Electrónico, por suerte. Ya se estaba
imaginando una casilla en el correo central, código postal mil. La
imagen era como una mariposa en blanco y negro flotando sobre el
texto. Medio básico, pensó él que tampoco tenía ideas
estéticovisuales demasiado exigentes. Club de Lectura. Todos los
meses leemos un libro y lo comentamos. Presencial. Caba.
tallermoebius@gmail.com. Y en el fleco que cortó y se llevó, el
mismo correo y un sucinto Club de Lectura. Faltaban la mitad de los
flecos y tuvo la impresión de que el que él retiró inclinaba la
balanza apenas hacia el éxito de la operación de publicidad.
Estuvo
todo el día deambulando, buscando una idea, una historia. Desde que
trabajaba manejando un auto para una aplicación, se permitía un par
de días para escribir, cosa que no hacía demasiado, y deambular,
cosa que sí. No se le ocurrieron más que observaciones vanas sobre
la vida en la gran ciudad, observaciones que otros ya habían notado
y reseñado hasta el hartazgo y con mejor criterio. Por la tarde
decidió volver a su casa, un ratito antes de la hora pico, para ir,
no digamos sentado sino apretujado lo menos posible.
Pero
fue sentado y hasta pudo cabecear una pequeña siesta. Tenía hambre
cuando entró a su departamento de soltero. De separado. Es un poco
más desordenado que uno de soltero y muchísimo más patético, le
decía su madre cuando pasaba a saludarlo. En la heladera había dos
sanguchitos de miga de la última visita materna y un sobre de
mayonesa abierto y en posición horizontal sobre el estante
alambrado. Se dijo que debería desenchufar la heladera durante el
invierno. Mientras masticaba el primer sanguchito y ponía la pava
para el mate, se acordó del club de lectura y buscó el fleco en su
billetera. Decidió que iba a escribir desde el teléfono. Total, era
un texto corto y tan económico como el anuncio. Hola, me llamo
Marcelo y estoy interesado en el club de lectura. Solicito info,
lugar y precio, por favor. Enviar. ¿Quiere anular el envío? La
verdad que podría. No. Mejor no. Que vaya.
Se
despertó a la mañana siguiente y vio que le habían respondido a
las tres de la madrugada. Marcelo, gracias por anotarte. Este mes
vamos a leer “Un crimen circular” de Amalia Uribe. La actividad
es gratuita. El encuentro será en el café “Del Tiempo”, un
lugar chiquito y tranquilo frente a plaza Armenia. Será el 20 el
junio a las 17. Nos vemos. Melisa. PD: Te envío el libro en formato
epub por si tenés ebook. Lo podés leer en el celu o en la compu con
una app. Yo recomiendo Read Era. Sonrió ante la súbita aparición
de la tecnología, notoriamente ausente en el cartel con tiritas del
poste.
Había
leído a Amalia Uribe. Una novelita medio gótica bastante buena. Y
unos cuentos sueltos. Le gustaba su estilo pero no mucho los temas
algo sórdidos y lejos de sus lecturas habituales. Abrió el archivo
y vio la portada. Letras rojas sobre fondo negro para el título y la
autora. Una copia truchísima. No había ningún tipo de dato. Solo
el texto casi sin formato. Le molestaba la idea de que cualquiera
pudo haber editado el ebook y, Dios no lo permita, meter mano en la
historia misma. Así que esa mañana se acercó a una librería y
preguntó por el libro. Fue a las tres que tenía en su ciudad y
nada, no lo tenían. Ni siquiera para traérselo en los próximos
días porque no figuraba en las distribuidoras. Hizo una búsqueda en
línea y tampoco arrojaba resultados. Es decir, sí, había
resultados, pero nada tenían que ver con la Uribe ni con el libro.
Alguna nota en un diario hablaba sobre un crimen y un círculo pero
resultó ser el círculo social de la propia víctima. Otra sobre la
colección de novelas policiales del Séptimo Círculo. La única
explicación que encontró para esta ausencia le encantó: tenía en
sus manos un manuscrito aún no publicado. Cuando estuviera más
tranquilo le iba a escribir a Melisa para preguntarle, mientras se
propuso leer un poco y salir a trabajar con el auto. Pero el libro lo
atrapó y no lo soltó en todo el día.
II
Marcelo
estuvo saboreando una doble satisfacción respecto del libro. Por un
lado la historia misma que le había gustado mucho por la pericia de
la autora en mayor medida que por su trama. Los climas conseguidos en
diferentes momentos, la angustia, el dolor que emanaba de su relato
así como la conexión magistral de los elementos del misterio no
podían sintetizarse sólo contando el argumento. Otra satisfacción
era respecto al texto inédito. Quería confirmarlo y para eso iba a
volver a escribirle a Melisa. Releyó el mail que ella le había
enviado antes de hacerlo y observó algo que insólitamente había
pasado de largo en su primera lectura. El club tenía lugar el 20 de
junio. Pero ya era julio. Miró el calendario para estar seguro. 7 de
julio. Un error muy común y de apenas una letra pero que se volvía
grosero circunstancialmente como el chiste que le contaba su papá de
chico: A mi primo lo metieron preso por equivocarse en una letra. No
seas tonto, a nadie meten en cana por tan poco. A mi tío, sí. ¿Pero
cómo es que lo metieron preso por equivocarse en una letra? Quiso
hacer una estufa y terminó haciendo una estafa.
Obviamente
ahora tenía dos motivos para escribir ese mail. No sabía bien cuál
poner como tema principal. Tenía que decidir entre señalar el error
en la fecha y de yapa expresar su inquietud sobre el estado de
edición del texto o hacer de esto último su pregunta central y
advertir lateralmente la confusión entre los meses. Eligió, aunque
azarosamente, esta modalidad.
Querida
Melisa: te agradezco que me enviaras el libro. A pesar de mi gusto
por el papel y por acariciar las hojas con las manos además de los
ojos, no hubiera podido hacerlo jamás en este caso. En ningún lado
pude conseguir el libro. Ni siquiera lo tenían en la lista de
distribución. ¿Es que se trata de algún inédito? Me gustaría
saberlo y vuelvo a agradecerte por la elección del libro y el envío.
Ah, una cosa más: en la fecha pusiste junio en vez de julio. Sé que
es algo menor pero te lo digo para evitar confusiones, quizás
alguien creerá que ya pasó y nos perderíamos de su presencia. La
mía, por otro lado, la confirmo. Saludos, Marcelo. Listo. No,
todavía no. Lo releyó y no le gustó eso de acariciar las hojas.
Sonaba demasiado íntimo. Escribió recorrer en vez de acariciar y
ahora sí, un leve brote de ansiedad fue apaciguado. Antes de
enviarlo, cada segundo iba creciendo como una plantita en su pecho
que le quitaba espacio al aire, a la expansión de los pulmones y a
la apertura de la laringe. Ahora respiraba profunda y largamente y
estaba listo para algo que no hacía hace unos días: trabajar.
Manejar un poco.
Entre
pasajero y pasajero pensaba en la trama, como ensayando sus
apreciaciones para el club. Había algo muy raro en el uso del
tiempo. Raro y confuso. El sentido narrativo no parecía ir siempre
en el mismo que el de nuestra habitual percepción, que es la línea
recta y fatal. Hubo un crimen y un misterio. Así empezaba en la
primera página. Matan a una mujer noble en los rincones de un
palacete europeo, en medio de una fiesta. La primera escena es la
narración del brazo fuerte de un hombre, armado con una daga
tunecina, cayendo violentamente sobre el pecho de Madame Pourpodour.
Un asesinato terrible en circunstancias atroces y un detective que
surgió súbitamente entre los personajes. Como en las viejas novelas
europeas, era un tipo muy inteligente, de clase media pero que se
permitía estar rodeado de millonarios debido a su encanto y
sagacidad. En ese ámbito surgía el crimen. Rica era la víctima y
todo parecía indicar, excepto que la autora se sacara un cartonero
de la galera, cosa inadmisible, que rico también era el asesino. El
detective era medio franchute, el señor Dubois y aunque todo parecía
ser demasiado predecible y transitar los territorios conocidos de la
novela de misterio, el tal Dubois, repetía filosóficamente que
resolver el misterio, la identidad del asesino, podía brindar
consuelo a las víctimas. Pero que eso también podría lograrlo la
religión, la confección de las memorias y hasta las regalías de un
juicio civil. La justicia era otra cosa, la reparación era la total
anulación de la experiencia de la muerte. El señor Dubois
desaparece y aparece en circunstancias insólitas y hasta ridículas,
como cuando salió del placard de los Berkley, un matrimonio inglés
también invitado al palacio, ante la total sorpresa de mister y las
infinitas y desesperadas excusas que mistress le daba a mister.
La
narradora supuestamente omnisciente se hace la boluda ante estas
desapariciones, finge el mismo desconcierto que nosotros. Nos deja,
eso sí, el perfume de su presencia en cada ausencia. Dubois está
resolviendo un misterio que no es el de la identidad del criminal. Al
menos, no es el único misterio que resuelve. Lo sabemos en el
capítulo final, cuando su brazo algo esmirriado se hace fuerte para
detener a la mano del marido, quien no logra cometer el asesinato que
inició todo, y le permite a la señora huir a toda prisa del cuarto
y de ese funesto matrimonio. Amalia Uribe resolvía brillantemente
este entuerto temporal, nos deja en la boca el sabor de la verdadera
justicia y asimismo la descorazonadora sensación de que es imposible
hallarla en el mundo real. Que estamos condenados a soportar una
existencia de crueles e inevitables anomalías hasta que no podamos
liberarnos, como su detective, de las cadenas del tiempo.
Sonreía
todavía con Dubois cuando le llegó la notificación del correo de
Melisa: Querido Marcelo: la fecha está bien, es el 20 de junio.
Entiendo la razón por la que no podrías concurrir. Ah, el libro
existe y yo lo tengo. Espero verte, Melisa. Laputaquelaparió. Eso es
lo que pensó. No enojado sino profundamente desconcertado. Para
empezar, Melisa le había dado vuelta el orden de prioridades. La
cuestión de la fecha era central y, para colmo, estaba bien. ¿Armó
programas de una fecha imposible? ¿O el evento ya se había
realizado y en vez de aclararlo cuando él le escribió, continuó
chistosamente con la confusión? Cierto aire de soberbia que lo
visitaba a veces, le impedía digerir esa falta de cuidado con
alguien que estaba interesado en su propuesta. Y encima el libro
existía, decía que existía, después de decir ah, como dijo él,
como fingiendo un recuerdo menor, algo que podría no haber dicho de
haber apretado enviar con demasiada prisa. A la mierda con el club de
lectura del 20 de junio próximo pasado y con el texto inédito de la
Uribe que, ahora lo veía claro, seguro lo escribió la propia
Melisa. Aunque había estado bueno, eso sí.
III
Unas
tardes después, el viaje de un pasajero lo llevó al barrio de su
infancia. El que había dejado hacía casi 30 años. Nunca quiso
volver desde que sus padres se mudaron de ahí. No tenía recuerdos
dolorosos pero una extraña sensación lo invadía cada vez que se
aproximaba a sus calles. Como si su cabeza se viera envuelta en una
neblina, una ligera confusión cognitiva. Había cruzado a algunos
vecinos, antes niños, ahora tipos de su edad pero veía en sus
cabezas una desproporción exagerada, como si aquellas caras
infantiles hubieran sido agrandadas por una tribu ritualista y
colocadas sobre maniquíes torpes y ridículos. Él mismo se vería
así, eso pensaba siempre. Por eso no frecuentaba viejas relaciones,
de las anteriores a los veinte años. Los cuerpos cambiaron como
reflejo de sus almas y ninguno quería fingir una complicidad que
habían perdido hacía mucho.
Pero
no tuvo rapidez para rechazar el viaje cuando le tocó y ahí estaba.
Ya había descendido el pasajero y él pensó en escapar, pero luego
la visión de una vieja casona lo hipnotizó y hasta bajó del auto
para recorrer su vereda, tantas veces transitada en las siestas de
verano al amparo de la añeja sombra de sus grandes árboles. Ahora
estaban pelados, efectos de julio. No se preocupen arbolitos que yo
también los recorrí frondoso y ahora estoy casi pelado. Lo de
ustedes se cura con la inevitable circularidad de los meses y las
estaciones. La estación que rige mis cabellos es un otoño
interminable que llega a su fin en un último invierno. Se río de lo
torpemente trágico que sonó su autodiscurso. Respiró profundamente
y percibió con claridad que cada inhalación lo energizaba y cada
exhalación lo liberaba de pesadez y oscuridad. Había notado esta
sensación otras veces, como si las geografías de su pasado pudieran
nutrirle del vigor juvenil por un breve instante. Siguió inhalando y
exhalando y pensó en Dubois y la necesidad de su justicia
verdaderamente restauradora y después en Melisa y su 20 de junio y
cuánto le hubiera gustado participar de ese club de lectura. Y se
sonrió por dentro. Continuó respirando hasta que se sintió mareado
y se apoyó en un tronco. Hiperventilé como un boludo, se dijo. De a
poco buscó recuperar su ritmo respiratorio normal, se sentó, la
espalda contra el árbol y recobró la compostura. Le pareció que
hacía un poco más de calor. Me debe haber bajado la presión.
También le pareció que la tarde era algo más clara y que los
árboles todavía tenían algunas hojas, pocas y amarillas pendiendo
de las ramas. Sacó el teléfono para ver la hora pero estaba como
tildado. Lo apagó y lo encendió. Encendió bien, por suerte, era
una herramienta de laburo. La pantallita se iluminó feliz,
predecible. El mundo se ordenaba de nuevo. No tanto: Jue 20 de jun
2024. 15:10 decía arriba de todo, a la derecha.
IV
Qué
coincidencia. Qué enorme coincidencia, pensó. Quiso buscar el auto,
comprobar la fecha y hora en el tablero. Lo había dejado en la
vereda de enfrente de la vieja casona pero no estaba. Me lo robaron,
qué barrio de mierda. Hijos de puta no tendría que haber vuelto
nunca. En el medio de la desesperación, en el fondo, mejor dicho,
había una intuición. Miró alrededor, dio la vuelta a la manzana de
la casona y el auto no estaba. Una intuición que era una certeza
pero pequeña. Una esperanza con temor al desengaño. Sacó la sube
de la billetera y volvió a su casa. Iba a buscar los papeles para
hacer la denuncia. ¿Iba a buscar los papeles para hacer la denuncia?
Barrio de mierda, hijos de puta. Van a morirse donde nacieron,
patéticos. A él le hubiera gustado morir en donde nació. Moverse
poco con el cuerpo, mucho con los libros, la escritura y la mente.
Bajó en la esquina de la casa y encaró los últimos cincuenta
metros. ¿En dónde tenía los papeles del auto? Ah, sí. En el
cajón. Hijos de puta. Entró por el garage, ahí estaba el auto,
hasta más limpio, hasta con más nafta, con menor kilometraje. Miró
la información en el tablero. Jue 20 de jun 2024. 15:40. Melisa, la
putaqueteparió.
Minutos
después estaba buscando la subida de la autopista. Su cabeza era un
caos. En el breve tiempo que estuvo en su casa entró a los portales
de los diarios, encendió la radio, la televisión. En todos lados
era 20 de junio. El precio del dólar lo hizo pensar en ir a comprar,
aunque sea diez. La temperatura era muy agradable. El otoño, decían,
se está despidiendo casi primaveralmente. Veranito de San Juan, le
decía otro. Dubois decía que la justicia debía reparar y se
interpuso en el camino de la mano asesina, el café de la Plaza
Armenia era “Del Tiempo”, irónica la Melisa, ¿cuánto más
durará este gobierno? ¿Tiene nafta para continuar? El tanque del
auto, casi vacío en julio, volvió a llenarse. Aquí está la
bandera idolatrada, ¿vos también decías que Belgrano nos negó,
Damián? No, Ester, yo decía y no la trago. Julio va a ser frío muy
frío asi que aprovechemos estos días lindos. Casi ni se dio cuenta
cuando bajó de la autopista y en medio de un tránsito bastante
fluido llegó a la plaza, buscó estacionamiento, se bajó, atravesó
rápido, y las dejó bamboleando, las puertas del café “Del
Tiempo”.
V
-
Hola, soy Melisa. ¿Vos venís al club de lectura?
-
…
-
¿Y cómo es tu nombre?
-
Me llamo Marcelo. Y no entiendo nada de lo que está pasando.
-
No te enojes, Marcelo. Pero te puedo asegurar que yo tampoco entiendo
demasiado.
-
¿Entonces no tenés idea de lo que me pasó hoy?
-
No, no tengo idea. Te lo juro. Pero si sos el Marcelo que me escribió
un mail en julio y está acá, en la reunión del 20 de junio,
supongo que estarás asustado.
-
Claro que estoy asustado. Y vos sos la culpable de todo ésto.
-
Pará, pará. No te confundas. Yo no tengo nada que ver con lo que te
pasó hoy. Yo solo hago un club de lectura, lo hago todos los meses y
nunca se presenta nadie. Así que yo no tengo el poder de hacer nada.
Viniste vos solito, por tu cuenta. Y sos el primer asistente de la
historia. No sé si felicitarte.
-
Yo estaba paseando por mi barrio de la infancia. De pronto me sentí
mareado y cuando estuve mejor, miré y resulta que retrocedí al 20
de junio.
-
Sí, entiendo que te resulte muy raro . Mirá, te voy a contar una
cosa. Quizás nos ayude a comprender. Cuando iba a primer grado y la
maestra nos hacía escribir “hoy es martes 15 de marzo”, yo tenía
una idea extraña. Se me había ocurrido que al día había que
reafirmarlo. Que todos los chicos, los oficinistas, los presentadores
de televisión decían “hoy es 15 de marzo” entonces se hacía el
15 de marzo. Básicamente, creía que lo creábamos. Que si algún
día se nos ocurría que era, no sé, 23 de abril, se hacía el 23 de
abril. Pero que eso requería una acuerdo grandioso entre la gente,
los gobiernos y los diarios de todo el mundo y que no iba a pasar
nunca.
-
Al menos me hacés reír, Melisa.
-
Bueno a mí no me causaba nada de gracia. Porque llegaron las
vacaciones y me preocupé. Y le dije a mi papá que cómo iban a
hacer si tantos chicos no podían crear el día. Mi viejo no entendía
un carajo y cuando se lo expliqué se cagó de risa mal.
-
No es para menos. Hace un rato te quería matar y ahora me río. Qué
ocurrencia.
-
No sé si es una gran ocurrencia. Los chicos suelen elaborar
hipótesis súper complejas. Pero la realidad y la gente responsable
se las hacen olvidar rápidamente. Cada vez esas hipótesis van
siendo más realistas. Ven a una persona de traje y anteojos y
piensan “Este señor debe ser Superman”. Les dicen que Superman
no existe. “Entonces debe ser Clark Kent, periodista del Daily
Planet”, entonces les dicen que es una historieta, una especie de
mentira para entretener. Así que finalmente asumen que es
simplemente otro señor con anteojos. Casi seguro, un vendedor.
-
Jaja. ¿Y vos? Algo me dice que nunca dejaste de creer que creabas el
día.
-
Sí, un poco. Para disimular ante la gente grande. Pero cuando
quería, cuando estaba triste o enojada con los grandes, me metía en
mi cuarto y escribía en mi cuaderno “hoy es...”. Y me iba al
tiempo que quisiera.
-
Es muy loco lo que me estás diciendo. Siento que te creo porque me
parecés divertida, encantadora. Linda. Pero por todas estas mismas
cosas creo que justamente no tendría que creerte una palabra.
-
No me importa tanto que me creas. Me maravilla que estés acá.
Quizás esa sensación de estar en el barrio de tu infancia es como
tu puerta de acceso al tiempo infinito. Sé que la mía es
escribirlo, con intención, en mi cuaderno de tapas rojas.
-
¿Y el libro de Amalia Uribe? ¿Existe?
-
Acá lo tenés. Mirá la fecha. Septiembre de 2026. Su obra póstuma.
-
La puta madre, Melisa. ¿Se muere Amalia?
-
Sí, Marcelo. No dramaticemos. Todos nos morimos.
-
¿Pero cómo voy a hacer para volver al 11 de julio?
-
Ahí me mataste. Solo sé cómo moverme yo misma en el tiempo. No
tengo idea de cómo lo pueden hacer otros.
-
Quizás si te abrazo mientras escribís en el cuaderno...
-
Jaja. No sé. No voy a evitar que lo probemos pero no hay garantías
de que funcione así. Por suerte no quedaste tan lejos. De última
vivís otra vez los últimos días. Solo tenés que fingir un poco de
sorpresa ante los parientes y vecinos.
-
Un poco de sorpresa. Ajá. No sabés cómo te puteé. Ahora me
arrepiento pero me recontracalenté con vos
-
No te preocupes que te entiendo. Y te disculpo por los insultos
pasados. Eso sí, ahora tenés que hacerte cargo de los nuevos. No
los perdono con tanta facilidad.
-
Enterado.
-
Bueno, no creo que vaya a venir nadie más ¿no?. Podemos empezar.
Haceme un favor, si viene alguien, explicale vos todo ésto. Yo ya
estoy cansada y hasta un poco mareada.
-
Está bien. No te preocupes. Yo me encargo de la explicación y de
recibir los golpes. Empecemos.
-
¿Qué te pareció el libro? ¿Pudiste leerlo?
-
Sí, me encantó. Y ahora hasta lo entiendo más. Amalia, que en paz
descanse, siempre me pareció un poco más truculenta, la sentía
lejana porque esas lecturas no son las que más me gustan. En este
libro, y ahora más, la siento terriblemente realista.
-
Jaja, sí. Qué loco es leerla desde esta perspectiva. ¿Qué fue lo
que más te gustó?
-
Me gustó que, en esta idea de la circularidad, el cuento no
garantiza ese inevitable eterno retorno volviendo al punto de
partida, sino a un instante previo a ese punto de partida. De esta
manera, el círculo no es esa serie inevitable que nos encarcela,
sino que es una contingencia más.
-
A mí también me gustó mucho eso...
La
mirada de Melisa era profunda y misteriosa, eran el alma infinita de
unos ojos que ahora se abrían despreocupadamente asombrados. Él vio
en ellos la vastedad del cielo y en su boca, el alba inminente, una
centelleante luz que repiqueteaba en sus labios entreabiertos así
como los rayos precoces se asoman sobre la superficie de un río que
se despereza. Ante ese amanecer tuvo otra vez la sensación de una
repentina urgencia. La de cerrar los ojos y llevárselo a los labios,
sin después, sin ayeres, sin algoritmos. Experimentando en cada una
de sus células el intenso deleite de ese encuentro fugaz, un
fragmento temporal arrancado a la sucesión infinita del círculo. Un
beso desprendido con simpleza, como si fuera un fruto maduro o el
delgado fleco de papel que cuelga frágilmente de un poste.