sábado, 31 de octubre de 2015
Londres
- ¿Cuál es la capital de Grecia?
Marcos levanta la mano por sobre las demás cabezas por octava o novena vez. Tantas, como preguntas se hicieron en aquella mañana en el único salón de chapa de la escuela 19. La escuela fue construyéndose como a retazos. En el centro, este salón, una especie de contenedor ultramarino pintado de verde manzana, caluroso y helado según corresponda, siempre exageradamente, siempre de manera inapropiada. Hacia el sur, están los viejos salones de adobe. Una antigüedad, incluso a mitad de siglo XX. Frente a ellos, los salones de madera, un verdadero observatorio astronómico. Y astrológico, si contamos las predicciones oscuras sobre el futuro del alumnado que comunica la señorita Elenita de manera indiscriminada. Hacia el frente de la escuela están los modernos salones de material. Los chicos se sienten seguros allá adentro, incluso durante la caída de piedras y las lluvias como baldazos interminables.
- ¿Capital de Portugal?
A muchas las resuelve la propia maestra, harta de la ausencia de respuestas. Marcos las sabe todas. No es por estudiar. Él no se acredita mérito alguno si leer una enciclopedia le resulta divertido y exótico en el patio de baldosas desparejas, con el coro de los jugadores de bolita, cantando las normas transitorias de la partida. La bibliotecaria le prepara semanalmente los pedidos que le va haciendo. Marcos tiene la sensación de que ella no ha leído tanto como él. Pero no está convencido, tampoco, de que ésto sea un mérito.
- ¿Gran Bretaña?
Que levante la mano no quiere decir que necesite la aprobación. Ni la verificación. Pero sí completar el círculo, el acuerdo primigenio de cerrar la musicalidad propuesta por la pregunta. Ese tono ascendente del interrogante, por virtud de la gravedad, tiene que descansar en el llano de la respuesta, aunque fuera equivocada. La pregunta genera una tensión. Una distancia irreductible, de no ser por el acto mágico de conocer. La tensión es sonora y es también un agujero en el espíritu. La liberación de la respuesta al espacio común, libera a todos los compañeros. Es un piedra libre anhelado.
Gran Bretaña no ha sido distendida. Gran Bretaña sigue danzando fantasmalmente entre todos. Marcos alcanza a levantar la mano un segundo antes de que la señorita pronunciara el nombre de Raquel, el nombre soñado entre vuelta y vuelta de página. El de su coprotagonista imaginaria en “¿Por quién doblan las campanas?” o su chica linda en las novelas policiales. Raquel, fatalmente, desconoce la respuesta. Raquel comparte el desinterés de casi todos y no le molestan las tensiones sobrevolando sus cabezas. Marcos, por una vez, no quiere salvar, no quiere ser más que ella, no quiere enrostrarle sus enciclopedias. Preferiría viajar en un crucero por el Nilo, de su mano, mientras resuelven misterios indecibles, aprovechando los breves descansos entre besos infantiles. Pero la maestra, harta ya de estar harta, lo saca de su ensoñación:
- Marcos: ¿capital de Gran Bretaña?
La tensión lo agarra del cuello, le atraganta las palabras que su boca niega. No quiere saberlo, a pesar de su obviedad. Imagina que su renuncia sería una declaración de amor eterno. Apenas tiene un segundo para imaginar su desprecio, su decepción o su indiferencia; antes de responder, casi sin querer, casi inaudible:
- Londres, señorita.
viernes, 30 de octubre de 2015
La mayéutica de las pasas de uva
Mi viejo era muy voluntarioso en la cocina. No muy hábil pero voluntarioso. Creo que yo heredé esta cualidad. Y también su defecto.
Le gustaba hacer empanadas. Hacía hasta la masa, que le salía como una especie de torta frita. Para el relleno, bastante azúcar y una buena cantidad de pasas de uva, que a mí no me gustaban.
Igual, tenía en cuenta mi disgusto. Entonces armaba la mitad de relleno con pasas de uva y la otra mitad con el doble de pasas de uva.
A él le encantaban , las disfrutaba tanto...
Una noche le digo: "Papá ¿por qué no me hacés algún día 6 o 7 empanadas sin pasas?". Él me miró como no comprendiendo, como si estuviera ante un planteo absurdo. "¿Para qué? Así no tendrían sabor a nada".
Hoy día, en mi casa me encargo de las "Lokupizzas". Cada integrante de la familia pide una variedad de pizza y yo se las preparo. Así nacieron "Lágrimas de Angélica" (fugazzetta), "Especial Jimena" (jamón y papas pay), "Santiago Tropical" (ananá) o "Dr Octopus" (8 huevos). Además ambientamos el lugar con cartelería como "Living la pizza loca", "50% pizzas, 50% lokura", "Pida flan con crema" y "Los empleados deben lavarse las manos". Todos carteles realizados por Jimena, la más prolija (por lejos) de los cuatro.
En este contexto de pizzas democráticas le conté una vez a Santiago la anécdota de las pasas de uva. Con esa intención edificante que tiene uno como padre, de hacer saber que en el pasado se elegía menos y se acataba sin tantas vueltas.
Anoche Angélica hizo unas riquísimas empanadas. La empanada es algo que no puedo cocinar. Mis manos torpes nunca lograron realizar un repulgo más o menos decente. Yo comía entusiasmado. Pero Santiago tenía algo que objetar:
- Me gustarían sin aceitunas.
- Si les sacás las aceitunas pierden sabor. Van a terminar no teniendo gusto a nada.
No sé si por herencia genética, no sé si por mis propias deudas psicológicas, no sé si por el karma, pero fue tan familiar esa sonrisa con la que me miró. Con la confianza sobradora de quien sabe que te tiene en sus redes, entregado, perdido, pataleando. Con la paciencia de quien esperó quizás 30 años para dar esa respuesta, sabiendo que el tiempo es más o menos circular. Su voz sonaba a viejo sabio, a maestro zen, a mayéutica.
- ¿Como las pasas de uva, no es cierto?
jueves, 29 de octubre de 2015
Pieza en forma de T
Algunos comerciantes tienen por norma negar la carencia o la ignorancia, al igual que los intelectuales.
La semana pasada fui a comprar una zapatillas que eligió mi hijo por fotografías, desde su reposo en el hogar. Fui a un negocio de la peatonal.
- ¿Tiene éstas en 40?
- Solamente en color azul.
Fui a otro, a escasos 50 metros.
- ¿Tiene éstas en 40, en negro?
- Sólo vienen en negro, señor.
Una vez, en la feria de mi barrio, en un puesto de transacciones ilegales, pregunté por algo de música extranjera, sin advertir que sólo ofrecían música tropical. Sin inmutarse, el vendedor mintió (o se burló):
- Acabo de vender el último.
Haciendo un arreglo de plomería en casa (si se lo ve desde el punto de vista de la voluntad, era un arreglo; desde el punto de vista de los resultados, un desarreglo), acudí a una casa de sanitarios en busca de una pieza en forma de T con una reducción no muy común.
- Esa pieza no existe - con gesto sobrador, el comerciante. Debo agregar que es un personaje algo extraño al que una noche le ayudé a empujar el auto y a los pocos días me negó el saludo.
- ¿Y qué puedo hacer? - Yo, desamparado. Y cambiando la pedantería por el gesto sabio, me vendió una serie de piezas que iban enroscándose entre sí, un rollo de teflón gigante para prevenir pérdidas en tantos empalmes y algunos consejos paternales.
Debido a maniobras imperfectas, uno de los acoples no resistió mis embates hercúleos y se partió miserablemente. Me daba algo de vergüenza volver al comercio, como el quijote en mi jaula de torpeza, a soportar la mirada altiva del experto, así que me dirigí a otro negocio, una ferretería. Mi sorpresa fue grande cuando el otro tipo me ofrece la primera pieza, la inexistente. Para colmo, funcionó muy bien al primer intento y el arreglo en el sentido voluntario, lo fue también en sentido resultadista.
No me consideraba un hombre vengativo. Quizás la demasiada generosidad con la que la vida me trata forjaron en mí esta falsa e inocente autoimagen. Pero espero un acuerdo del destino, un guiño de los dioses, vagando obsesivamente por las noches, con la esperanza de que el auto no le arranque y pasar a su lado sin compasión, riendo, en dirección a la ferretería y murmurando inexactitudes filosóficas, acerca de la no existencia de lo existente.
martes, 27 de octubre de 2015
Imputabilidad
Quiero denunciar un hecho de inseguridad. Yo tenía 3 pelotas. Una de cuero rotísima y con la cámara bailoteando adentro, otra de goma, tipo pulpo toda tajeada y otra de plástico amarillo, nueva, que me regaló mi papá después de un madrugado partido de la selección juvenil del 79.
Estaba jugando, ignorante de las acciones innobles a las que pudiera arrastrar a las personas la codicia; cuando mamá llamó a tomar la leche. Para evitar el incómodo traslado de esféricos (uso un diccionario de sinónimos para no repetir "pelota". Uy, se me escapó), las dejé detrás de un pilarcito bajo que daba a la calle. Al fin y al cabo, en un ratito volvería.
Cuando salí, mordisqueando un pan con margarina y azúcar, sólo había dos balones Emoticón wink faltando, justamente, el maradoniano. Muy decepcionado, tanto que todavía puedo sentir la desdicha, seguí jugando con los útiles de juego dañados por el tiempo y las patadas, maldiciendo mi estupidez al momento de tomar la decisión de dejarlas afuera.
Guardé silencio ante mis padres, nunca revelé el robo que desnudaría, más que la codicia de los transeúntes, la inaudita torpeza de quien escribe.
Recién hoy, a 35 años de distancia, puedo contar y cortar este nudo atado por la inseguridad. La inseguridad del ego, por supuesto, que parece, por fin, abandonar la idea de bajarse a sí mismo la edad de imputabilidad.
lunes, 26 de octubre de 2015
Suban, empujen, estrujen, balotajen.
En estas horas en que los medios se nutren de las especulaciones sobre el movimiento de los votos de los cuatro candidatos restantes, me da por recordar las circunstancias del anterior balotaje, aquél que no fue, en el año 2003.
Militaba en aquella elección para el PH, que no era un análisis de la acidez de un líquido, sino las siglas del Partido Humanista, por el cual competiría meses después como candidato a diputado. Suena bien, pero así como el 100% de nada es nada, ser candidato a un alto cargo por una fuerza tan endeble, no es mérito alguno.
Ese año hicimos un gran cierre de campaña, en la sede central, cortando la Avenida Callao. Éramos, diría Mundstock, verdaderos nómades de la política. No porque deambuláramos sin residencia fija, sino porque éramos no má de 50.
Luego fui fiscal en 2 escuelas de Bosques y llegó el balotaje.
Pocos días después, en una reunión de militantes absolutamente colmada, se nos informa que Luis Ammán, presidente del partido, dijo que volveríamos a poner la boleta revolucionaria del humanismo en las urnas.
En mi única alocución de mi (extremadamente) corta carrera política, tomé la palabra para informar que desobedecía el mandato por el placer que quería permitirme: impedirle una nueva reelección a Menem.
No hubo vítores ni abucheos, sólo un incómodo silencio y se continuó con el orden del día: escuchar otro aburrido discurso de Silo, el profeta de Los Andes.
Quizás, entusiasmado por la épica con la que cuento esta historia, el lector, inocente, me imagine arengando a las multitudes de una numerosa asamblea, pero la realidad es que sólo había 7 personas. Sumamente comprometidas, eso sí.
No falté a la verdad, sin embargo, al decir que estaba colmada. Hacía frío y las siete almas nos apretujábamos en una pequeña cocina, lo más cerca posible de la hornalla de un anafe alimentado a garrafa. "Si soy electo diputado, prometí, hacemos la instalación de gas natural". Creo que no ganamos ni siquiera en esa cocina.
domingo, 25 de octubre de 2015
El voto salame
En estos días circulaba la información de aprovechar las elecciones para exigirle a las autoridades que trataran una ley contra la trata de animales o algo así.
Últimamente, algunas personas advirtieron a los ciudadanos que agregar folletos o consignas ajenos a las boletas oficiales dentro del sobre, anulaba el voto.
Me acordé de fines de la década del 90 y principios del 2000. En esos tiempos se motivaba a la gente a anular el voto de manera ingeniosa, poniendo una imagen de Patoruzú o, como dijo Eduardo Feinmann en aquellos días, una feta de salame.
El caso es que los electores competían en ingenio y galanura para salir, supongo, en las noticias.
En esos años, siempre me llamaban para presidir alguna mesa. Al momento del recuento, creo que en 1999, me encontré con un sobre de contenido gelatinoso. Algunas imágenes indeseables surcaron mi mente. El vice me miraba con ojos espantados.
- ¿Qué hacemo'?
Ahí nomás, y con el beneplácito de vice y fiscales de todos los colores, cuyos gestos de repugnancia eran mayores que su curiosidad, lo metimos en un sobre grande y se lo mandamos para que lo abra la Justicia Electoral.
De manera indirecta, ensobramos aquella noche nuestro voto ingenioso, claro que con el ingenio (y quién sabe que otro elemento) ajeno.
Espero, por el bien de los miembros del Tribunal, que sólo haya habido una feta de salame.
sábado, 24 de octubre de 2015
Platapalapila
- Escuchame, abren a las dos. No podemos estar haciendo cola desde las dos menos cuarto
- Bueno, caigamos a las dos justo o dos y cinco. No me quiero perder nada
Estábamos a la vuelta del cine. Marcelo, Pedro, Jorge y yo. En el kiosquito de Boccuzzi casi San Martín tomando una coca. La función en continuado se anunciaba desde las dos y cuarto. Dos películas por poca plata. Siempre era así. Desde chicos nos daban las promociones en el colegio y una especie de boleto de colectivo amarillo, que sorteábamos en cada aula y que valía una entrada gratis.
Así, las semanas santas, cuando las semanas santas no eran una ruta dos congestionada, uno se encerraba incomprensiblemente a disfrutar del hombre del rifle, quien corría cuadreras en la Palestina romana y algunos cortos de Tom y Jerry que nos sacudieran la modorra. Afuera llovía, granizaba o caían sapos de punta y uno se desayunaba a las horas, cuando con piernas y ojos inseguros, volvía a pisar la vereda de España, frente a la casa de la señorita Elenita.
Pero había veces que no teníamos promociones ni sorteos ni filas de chicos con globos ni espantosos caramelos en latas. Uno pasaba por el cine y la cartelera era truculenta. Déjala morir adentro, ¿Me la saca, doctor?, Reformatorio de chicas. Y mujeres en sus afiches. En poses que resultaban ridículas para nuestros nueve años.
Pero a los doce, tomando una coca a pocos metros del cine, la espera tiene signos de plan guerrillero. Llegar después de que abran, ninguno de los chicos puede darse el lujo de que un amigo de los padres los viera o de que la señorita Elenita, limpiando las ventanas o dirigiendo la limpieza de la empleada, observara los movimientos dubitativos, propios de criminales inexpertos, y los denunciara, no sin antes echar mano a un discurso vergonzante.
El movimiento tiene que ser rápido. Terminar la coca a las dos y cinco, caminar los ciento cincuenta metros aproximados a paso lento dos y diez, comprar las entradas dos y doce y entrar dos y trece. Luego a disfrutar. Las colegialas se divierten, con Susana Traverso y Emmanuelle II. Pedro se preguntaba si podríamos entenderla sin haber visto la primera.
- Dos y cinco, vamos - yo
- ¿Y si no nos dejan entrar? – cagón, Marcelo
- Mi hermano me dijo que siempre lo dejaron entrar. Vio Los amores de Melody y Correccional de mujeres hace dos semanas – siempre es bueno alguien con experiencia como Jorge. Aunque sea prestada
- ¿Estaban buenas? – quise saber
- Y sí… había minas desnudas. Qué sé yo. A mí con eso me alcanza
- Denle, pelotudos – Pedro – Ya son y ocho
Los cuatro apuramos el paso al punto de jadear. Llegamos y diez igual pero había gente sacando entradas. Dos pajeros grandes. Marcelo y yo mirábamos alrededor. Un ojo en la casa de la señorita, el otro sobre cada transeúnte que doblaba desde Vasquez. Cuando Jorge alcanzó la ventanilla ya eran y trece. Los pajeros grandes entretuvieron al de las entradas más de la cuenta.
Jorge puso su voz más ronca. No engañaba a nadie.
- Cuatro, por favor
Hubo un instante de duda. Nosotros transpirábamos como testigos falsos. Y lo éramos de alguna manera. Debajo del vidrio, reptando como la serpiente del génesis, aparecieron las entradas. Jorge pagó y fuimos para la sala. El acomodador les seccionó un pedazo y nos dijo:
- Vengan por acá
Se me hizo un nudo en el estómago. Estaban proyectando las publicidades y la sala ya estaba oscura. El tipo nos guiaba con la luz de su linterna. Parecía que esperaba que lo detuviéramos, pero nunca lo explicitó. Habría veinte personas dispersas por el cine. No sabíamos entonces por qué seguíamos caminando. ¿Nos llevaría derechito a otra salida? Si era así, yo estaba dispuesto a salir sin chistar. Con tal de que no me llevaran a mi casa.
Llegado a un punto a su capricho, señaló cuatro butacas libres a su derecha. Podrían haber sido otras en la inmensidad del vacío. Quizá las eligió por algo, para tenernos controlados o bien fácilmente ubicables ante la irrupción de la policía.
Mientras nos sentábamos, de derecha a izquierda: Marcelo, Pedro, yo y después Jorge, el acomodador rumoreó casi para su interior: “papampina”
- ¿Eh? – Jorge en voz alta y con el puño preparado a responder a una propuesta extraña
- Platapalapila – repitió, ahora reconocible, cuando logramos combinar las variables de oscuridad, linterna y nuestra situación de vulnerabilidad, que nos hacía pasible de coimas. Juntamos como pudimos algunos australes, billetitos mínimos y débiles que le pagarían una cerveza fresca del otro lado del proyector. Una cerveza rubia como la amante de Emmanuelle, que desde la primera escena nos permite soñar con un mundo mejor, más sencillo, con más placeres que el que nos sobrevendría años después.
jueves, 22 de octubre de 2015
El beneficio de la duda
Siempre fui medio fulero. Pero en mi barrio había una señora, ya mayor, que decía que yo era el chico más lindo que había visto en su vida. Sí, no se rían.
Y no solamente me lo decía a mí. En cualquier lado que me encontrara, almacén o parada de colectivos, lo reiteraba incansablemente a quien quisiera escucharla.
Vivía sola, tenía una casa grande con un inmenso parque adonde me invitaba a correr y patear una pelota, tan torpemente como lo hago ahora. Quizás la mujer quería solamente elevar mi autoestima. Pero era imperturbable en su afirmación, repetida a diario hasta que la creyera. La creyéramos.
La mujer murió y su casa quedó semiabandonada. El propietario, su hermano, vivía en la capital. Se sabe que para un varelense, Buenos Aires queda cerca, pero para un porteño la misma distancia significa una aventura. Un día, se vieron los movimientos de una familia, pareja y 4 hijos, dentro de la casa. El azar quiso que yo los conociera. Si bien vivían en un barrio alejado, eran colaboradores de un político de la zona.
- ¿Qué hacen acá?
- El dueño nos contrató para cortar el pasto.
- Avivate, Octavio - mi vieja - son usurpadores.
Yo le decía, inocente, que no, que por qué iban a mentirme.
Pero sí lo eran. Y me mintieron sin mover un solo músculo de la cara. El dueño intentó sacarlos y los tipos negociaron un precio vil por la casa. Apenas acordada la venta, la familia levantó vuelo. Allí mismo se instaló rápidamente una sociedad anónima cuyo nombre incluye, sospechosamente, algunas de las letras con las que comienza el apellido del político del barrio.
Le otorgo al tipo el beneficio de mis dudas, aún cuando parezca que limito con la estupidez. El político local hoy nos propone que cambiemos, porque el intendente actual, dice, es un terrible corrupto. Y el cambio sería él, amparado en el beneficio de la duda del electorado.
Es obvio para mí que no puedo votarlo. Sin ánimo de moralizar, no puedo elegir a alguien que usurpó esa propiedad, la breve parcela de tierra en donde fui el chico más lindo del mundo.
martes, 20 de octubre de 2015
Un segundo de su amable atención
No es un objeto cualquiera el que
les traigo, damas y caballeros. Todos sabemos sobre la increíble practicidad
del invento del señor Biro: mayor duración, menos manchas, menor espacio. Pero
cuando parecía que todo estaba dicho en el mundo de la escritura, cuando los
hombres creían haber llegado al non plus
ultra de la técnica caligráfica y las madres sonreían ante la ausencia de
máculas en los guardapolvos de sus hijos. Cuando la perfección parecía haberse
enseñoreado de la cotidianidad gracias al adminículo dado a luz por nuestro
hermano húngaro-argentino o argentinhúngaro, los alemanes dejaron de lado la
guerra para llevar toda la tecnología elucubrada al servicio de la muerte a los
hogares de las personas sanas y pacíficas de occidente. Bolígrafos alemanes Westerhaulsen, únicos con sistema de retropropulsión
automática, de los laboratorios instalados en los márgenes del Rin a su
bolsillo, señor; a su cartera, señora. Llegados al país en las bodegas del Wolfsburgo Kauben, o surcando los cielos
en los zepelines de la Heidenserberger,
los bolígrafos retropropulsables Westerhaulsen
harán las delicias de hombres, mujeres y escolares. Escriben para abajo, para
arriba, de costado o como fuera. Ideal para poetas que disfrutan de un día de
campo y trazan glosas a la sombra del sauce. Su sistema de tanque interno posee
un cierre tan hermético que la eligen para su uso profesional los buceadores de
todas partes del mundo, incluida Nueva Zelanda. En esta ocasión, y por proceder
de un decomiso de aduana o, más seguro, de un robo perpetrado por agentes de la
ley, en clara connivencia con el poder judicial, legislativo y, ustedes no
deberían saberlo, pero el ejecutivo podría tener también alguna incidencia,
llega a ustedes al módico precio de 20 centavos. ¿Para qué alcanzan hoy día 20
centavos? Quizás para tomar un café en el Tortoni,
comprar la Crítica o asistir a un
match de football. Debo admitir que
en mis tiempos era diferente, damas y caballeros, uno podía vestirse por
centavos y viajar por toda la Argentina en tren por unos pocos pesos. Mis hijos
suelen objetarme que éstos también son mis tiempos, por si no me di cuenta,y
que me deje de hinchar las pelotas. ¿A ustedes les parece, damas y
caballeros, que ésa es manera de hablarle a un padre, que le dio la vida y
enfrenta día a día a cientos de miserables insolventes en trenes y tranvías?
No, señores, más vale hubiera criado cerdos que al menos me hubieran dado un
jamón a corto plazo y grasa para las tortas fritas o para el curado de pelotas
o para alimentar la fogata a mediano y largo. Ahora debo bajarme. Ustedes no me
han comprado. Pero no sé si me creerán o no, que yo no he querido venderles.
Admito sí, que mi plan siempre fue ahorrarme el pasaje y como buen charlatán,
no podía colarme bajo un manto de anónimo silencio. Deben entenderme, esto no
lo hacía antes cuando el pasaje era económico, muy económico. No como ahora,
que cuesta 15 centavos, casi tanto como una Westerhaulsen.
Y que lo diga yo, que compré como cincuenta sólo para un abono ida y vuelta
hasta el centro desde los arrabales, desde las pensiones de San Telmo, desde
los suburbios de mi Buenos Aires querido.
miércoles, 14 de octubre de 2015
¿Qué cazzo e minchiette?
Yo conozco los mostacholes, los caracoles, los pennes y hasta los pennes rigates. Pero a estos minchiette que me crucé hoy en el mercado, jamás los vi ni los sentí nombrar.
Haciéndome el boludo (pero muy el boludo), diría que parecen la máscara de scream.
Haciéndome el boludo (pero muy el boludo), diría que parecen la máscara de scream.
Oigo la queja de un bandoneón
Disfrutar de la música requiere de una sensibilidad especial, es conectarnos con nuestra esencia humana más profunda. Hacer música, interpretarla no es para cualquiera. A mí, por ejemplo, quienes conocen mis habilidades musicales, me llaman Beethoven. Porque canto como un perro.
Me sorprende mucho reconocer las canciones que subyacen agazapadas detrás de la poesía futbolera. Como si la referencia a la yuta, la cerveza, la marihuana o las declamaciones viriles me impidieran desentrañar el misterio y desandar el laberinto que lleva de los efectos a las causas.
Cuando me fue revelado que "Mi Buenos Aires querido" había perdido la queja de un bandoneón en virtud de la escasa demostración de coraje de la parcialidad visitante, sinceramente no lo podía creer. Pero no puedo dejar de celebrar que el porteño haya dejado, por una vez, su apego a la protesta constante por una arenga mucho menos depresiva.
Me sorprende mucho reconocer las canciones que subyacen agazapadas detrás de la poesía futbolera. Como si la referencia a la yuta, la cerveza, la marihuana o las declamaciones viriles me impidieran desentrañar el misterio y desandar el laberinto que lleva de los efectos a las causas.
Cuando me fue revelado que "Mi Buenos Aires querido" había perdido la queja de un bandoneón en virtud de la escasa demostración de coraje de la parcialidad visitante, sinceramente no lo podía creer. Pero no puedo dejar de celebrar que el porteño haya dejado, por una vez, su apego a la protesta constante por una arenga mucho menos depresiva.
Un mundo perfecto
En un un mundo perfecto, los seres humanos deberíamos abstenernos de realizar cualquier tarea.
Así como un tipo parado en el punto exacto del polo norte, tomando el camino que tomase, estaría caminando hacia el sur; en el Paraíso, cualquier acción emprendida nos lleva indefectiblemente camino del destierro.
En un mundo perfecto conviene quedarse quietito, es como un eterno cigarrillo 43 o una mancha congelada, incluso un poco más aburrido.
Así como un tipo parado en el punto exacto del polo norte, tomando el camino que tomase, estaría caminando hacia el sur; en el Paraíso, cualquier acción emprendida nos lleva indefectiblemente camino del destierro.
En un mundo perfecto conviene quedarse quietito, es como un eterno cigarrillo 43 o una mancha congelada, incluso un poco más aburrido.
El poder de la intención
La intención tiene un poder increíble. Para muestra de esta verdad, basta con leer el envase de Liquid Paper (registrado): "Precaución: Inhalar o ingerir intencionalmente el contenido de este producto puede ser dañino o fatal"
Mis pequeñas líneas
A veces escribo tonterías, preferentemente en la red Facebook. La gente allí, mis amigos, me odian profundamente. Entonces decidí escribir esas mismas torpezas, pequeñas, limitadas en ingenio y cantidad de palabras. ¿Para qué? Para que también me odien en otras redes sociales.
Lo malo, si breve, al menos nos ahorra tiempo.
Lo malo, si breve, al menos nos ahorra tiempo.
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