domingo, 22 de noviembre de 2015

Terror en el Parque Japoné


-¿Adònde van?¿Al Parque Japonés? - preguntaba mi viejo. Y yo decía para mis adentros “parque japoné parque japoné parque japoné”, esperando que la repetición funcionara como una suerte de transmutador semántico, otorgándole un sentido nuevo a la palabra, como en el caso del lápiz, originario también de Japón, cuya repetición abolía los sonidos cercanos a la S, produciendo humor de la más exquisita factura. Al menos a mis tiernos 12 o 13 años
Pero no se trataba de nada de eso. Él hablaba de un antiguo parque de atracciones ubicado en Retiro muchas décadas atrás. Nosotros íbamos al moderno Italpark, cuyo nombre hacía referencia a Italia, mucho más cercano a nuestra herencia.
Lamentablemente, el tiempo transcurrido (y la tragedia ocasionada por un juego mecánico con poco mantenimiento) hacen que observe, al hablar de este parque, idéntica perplejidad en mis interlocutores que la que mi viejo observaba en mí.
De todos modos no voy a explayarme sobre él. Quería contarles que en el año 1988, el parque instaló un juego novedoso para la época: Los laberintos del Terror. Una carpa que funcionaba como una especie de casa embrujada. Ávidos de experiencias nuevas, mis amigos y yo nos aventurábamos hasta la lejana Buenos Aires. Hago una breve pausa para declarar que tiempos y distancias parecen entrar en comparación con nuestra edad. El tiempo, medido en porcentaje de nuestra existencia es amplio en nuestra juventud y escaso en nuestra vejez. Recorrer la distancia hasta Buenos Aires se llevaba buena parte de nuestra vida, situación que repiten diariamente miles de trabajadores, convirtiéndola en una ciudad lejana aunque el cuenta kilómetros diga lo contrario.
Pero en nuestra memoria, tales excursiones siguen guardando un lugar especial. Entrábamos al laberinto del terror una y otra vez, lo conocíamos de memoria. Ya saludábamos afectuosamente a los terribles monstruos y cadáveres, dráculas y parcas. Estoy tentado a esbozar dos teorías sobre nuestra conducta repetitiva.
La primera es que, en aquellos años, aún acostumbrados a las rutinas de los niños, queriendo crecer pero demorándolo, amábamos la posibilidad de predecir lo que viene, sabiendo de esta manera que el mundo no era tan caótico como se nos presentaba tempranamente. Diría que es por la misma razón por la que los niños repiten su juego o película favorita incansablemente.
Otra teoría es refrescar en cada nueva pasada, nuestra capacidad para dominar nuestros propios miedos, para sofrenar el pavor ocasionado por las demoníacas creaciones inconscientes, objetivadas sabiamente por la dirección creativa del fabricante del juego.
Hay una tercera, que sé más real. Las chicas, poseídas por el terror, nos abrazaban como garrapatas. Se prendían a nuestro cuerpo con un ansia que nunca más registraríamos en otro ser. Quizás por aquello de haberse convertido en una primera e insustituible huella mnémica. 
Tal vez el lector desconfiado me juzgue exagerado. Pero no puedo olvidar cómo aquella rubia de pelo largo (¿estará reencontrándose conmigo a través de estas palabras?) hizo a un lado a su temeroso novio y recorrió el laberinto colgada de esos 190 centímetros de hombre que insisto, aún hoy, en reconocer como “yo”.
Cuando cerró el Italpark se llevó ese recuerdo. Sus juegos pudriéndose bajo la indómita lluvia de Buenos Aires, se oxidaron como se oxidan en la memoria, por más que uno haga fuerza en contrario, el recuerdo de los brazos adolescentes que parecieran no querer soltarte nunca.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Bueno para la matemática


- Qué calor que hace. Me quiero morir.
- ¿Por qué no se compra una pileta?
- No me gustan las piletas de lona. Hay que armarla, desarmarla, emparcharla, limpiarla, clorarla, guardarla con fécula de maíz. Puff. Mucho trabajo.
- ¿Y una de fibra de vidrio? Están unos 25 mil pesos. Su vecino se compró una.
- Yo, de chico, le di mucha bola a la matemática. Usted dice muy suelto de cuerpo que sale 25 mil, pero yo le digo que hacer el pozo y acondicionarlo, con contrapiso y los bordes, no baja de 20 mil. Así que ahí ya tiene 45 mil.
- Bueno, pero con eso va a evitar el calor.
- Ojalá. Se nota que usted es un adicto a las compras pero no piensa en los números, como yo. Necesitaría una bomba de unos 3 mil pesos. También un equipo de jardín, ¿adónde vamos a ir cuando salgamos? ¿A la pieza? Uno baratito, de plástico, 2 mil más. Y tendríamos que hacer un baño acá afuera, si no vamos a entrar y dejar la casa un desastre. ¿Y a mi señora quién la aguanta después? Eso no bajaría de 50 mil pesos, con accesorios. Soy bueno para la matemática, así que puedo decirle rápidamente que la jodita me saldría 100 mil pesos. Ni loco me gasto esa plata por una pileta de mierda.
- Pero, escuche… Ahí se oye cómo se zambulle su vecino. ¿No le da un poquito de envidia?
- Qué me va a dar envidia si mi vecino es un bruto. No entiende un carajo de matemática.

domingo, 15 de noviembre de 2015

El otro


Mucho trabajo nocturno me tiene, en este momento, a contramano del mundo. Mi familia son risas y platos y conversaciones oídas entre sueños. Algo así, supongo, soy yo para ellos: un monólogo moviéndose entre las sombras de la casa.
Pero hay otro Octavio que, ése sí, sueña por las noches. Algún día, que no recuerdo, nos encontramos frente a frente en el espejo y, a fuerza de movimientos contrarios, de izquierdas que son derechas y lógica de letras de ambulancias, nos fuimos alejando indefinidamente. A cada movimiento que yo hacía, correspondía un movimiento de él en la dirección contraria.
Hoy encontré su perfil de facebook, al que entré entusiasmado y fui desilusionándome de a poco. Le encantan cosas como el reggaetón, el libremercado y los programas de chimentos. Ha mejorado su aspecto, al punto de que parece un tipo canchero y viste con buen criterio, lejos de "mi torpe aliño indumentario". Conserva su pelo intacto y negro y no me extrañaría que tuviera la vista de un felino.
Escribe muy bien el desgraciado, es creativo y muy gracioso, lo que me produce una profunda envidia.
Le envié una solicitud de amistad y se hizo el boludo. Íntimamente, deseo que también lo sea.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Luctera veolz


Causan furor en las redes esos carteles que, a pesar de estar sus letras muy desordenadas, permiten una lectura fluida de las palabras, sólo manteniendo intactas la primera y la última letra. Está escrito "pctearbnuoira" y uno lee, sin problemas, "protuberancia".
A mí no me extraña porque yo hace muchísimos años que practico esta lectura veloz, también llamada intuitiva. Para qué me sirve, dirán, con sonrisa condescendiente. Me sirve para leer como el más leído de ustedes, sobrándome las horas para dedicarme a mi otra pasión, el antiguo arte del papel plegado.
Además me aporta un nivel cultural inconmensurable. He terminado de leer, en apenas media tarde, la historia de Odioso, un héroe de la guerra de Tramoya. Los tramoyistas le habían robado la mujer al Melena, lo que causó el enfrentamiento. Terminados esos infaustos días, Odioso debe regresar a su casa a buscar una itaka, pero es retenido para trabajar en un circo, del cual logra escapar con ayuda de una pala. Finalmente, llega a su patria, discute con su padre por las artes, echa a los pretendientes de su esposa, de apellido Perez Lopez y abraza a su hijo Telecataplum.
Me conmovió esta historia. Y ahora debo dejarlos. Me retiro a mi dormitorio, a los efectos de realizar un orgasmo, el antiguo arte del papel plegado.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El hombre que esperaba demasiado



En tiempos tan vertiginosos, la puntualidad es una cualidad que escasea. Los pocos que lo son, sorprenden.
Antonio (a) el Tano Schyewicz llevó su obsesión por la puntualidad al extremo. Su historia nos llega a través de los libros del Licenciado Juan Laperra, quien creyó conveniente, en virtud de la salud de la población en general, violar todo tipo de secreto profesional.
Antonio llegaba una hora antes a cualquier encuentro con un amigo y con dos horas de anticipación al consultorio médico, lo que significaba entre tres y cuatro horas antes que el propio doctor. Cuando su ansiedad iba en aumento, por ejemplo al acudir a una cita con una señorita, realizaba auténticos acampes en confiterías, cines y hoteles alojamiento.
Rechazaba cualquier tipo de plan instantáneo, del tipo "¿Tomamos un café ahora?" o "Puse carne a asar, Antonio. ¿Te das una vuelta?", generalmente por estar ya enfrascado en cumplir con compromisos posteriores.
Según Laperra, estas obsesiones se habrían generado en su propio parto. Su madre siempre le recriminó su embarazo de 42 semanas y su padre le facturó, ya mayor, los antojos caros de su madre, ocurridos después de la semana 38, entre los que Antonio advirtió varios objetos adquiridos por su propio padre, tales como habanos, relojes importados y un tratamiento contra la calvicie que abandonó por la mitad.
Antonio, en su juventud, usaba 3 despertadores por temor a quedarse dormido. A medida que maduraba, estimó que el mejor método para no quedarse dormido era no dormir en absoluto.
Una vez se enamoró perdidamente de la secretaria del gastroentérologo que lo atendía. Cuando finalmente consiguió una cita con esa mujer, se presentó dos días antes. Debido a que el encuentro sería en una plaza, fue percibido por los vecinos, primero como un joven observador de la naturaleza, a las 12 horas como un loco, a las 24 como un vagabundo y como un drogadicto a las 48 horas, cuando fue retirado por la policía. Nunca se supo si la mujer acudió a la cita o no. Debido a esta larga ausencia, perdió su trabajo en la aseguradora en donde estaba empleado desde hacía varios años. Laperra cuenta que, entre llantos, su paciente protestaba contra la decisión de sus jefes. "Si a Seguro se lo llevaron preso y no pasó nada. ¿POr qué me echan a mí que soy un simple empleado?".
Luego de la fallida cita amorosa, Schyewicz se instaló en la sala de espera de su terapeuta, a los efectos de no llegar tarde a su sesión semanal. El licenciado, una vez terminada su jornada, le hacía un lugarcito en el diván, en donde el paciente despuntaba el sueño que ya creía desterrado.
Una mañana en la que salía, en sus pocas excursiones fuera del consultorio, a comprar caramelos media hora, conoció a su alma gemela en la fila de la iglesia de San Cayetano. La mujer esperaba hacía 2 semanas, el momento de agradecer un trabajo que perdía ahora a causa de dos semanas de ausencia.
Laperra aprovechó para darle de alta y así desinfectar el diván y recuperar su baño, que el paciente ocupaba desde mucho tiempo antes de que le entraran ganas. 
La última noticia que recibió es que El Tano y su pareja sobreviven comercializando su capacidad de espera en las ventas de entradas de músicos extranjeros, la salida de libros muy populares y en los cajeros automáticos del Gran Buenos Aires, en fechas de cobro de salarios.

jueves, 5 de noviembre de 2015

La cláusula de la sal


- Hice un pacto con el diablo - me dijo Tomás. 
Mi gesto de extrañeza debe haber sido memorable. Casi inmediatamente agregó:
- No te preocupés. El tipo ya no es el de antes, como cuando cagó al doctor Fausto. Dice que aprendió de sus errores - mientras, giraba la cucharita en la taza, haciendo un sonoro tintineo.
- Hay solo una cosa de la que cuidarse. Él la llama "la cláusula de la estatua de sal" - me dijo con una sonrisa. No recuerdo en que consistía eso porque lo que contaba, los beneficios, eran tan impactantes que me abrumaban.
- Todas las mujeres, boludo, todas. Muertas a mis pies. Bueno, todas las que yo quiero, eh. Lo mandé con la garantía extendida "Midas", a la reputísima madre que lo parió. Nada de que se me pegotee cualquiera. Las elijo yo - y se señalaba el centro del pecho -. "No te me olvidés de la cláusula", me decía. Qué boludo. Si me lo repite a cada rato no me lo voy a olvidar nunca.
En ese momento Tomás me dijo en qué consistía y resultó ser una boludez de diablo envejecido. Y más, comparado con los otros beneficios: guita y salud para disfrutarla.
- El tipo me dijo que tenía 3 beneficios. Y yo fui por los 3 más lindos. También me comentó que si entraba en vigor la clausula de la sal ésa, se iba todo a la mierda en el acto. Las minas se daban media vuelta y chau. Me afanaban todo y me agarraba una peste. Y andá a cantarle a Azrael. Para siempre en la vía y en soledad. "Tranqui, maestro. Guárdese los males para oriente medio, que no soy ningún paspado".
La verdad es que envidio a Tomás. Es un tipo inteligente. Otro en su lugar, por ahí pide "la paz mundial", algo muy en el aire. Y Satanás lo caga porque le abre una panadería con ese nombre o cosas así.
- Dejá que pago yo el café. La próxima te invito algo más interesante - y me guiñaba un ojo.
- ¿Un asado?
- No, salame. Una fiestita.
Genio y generoso Tomás. Y sólo tuvo que firmar una cláusula absurda para ser el dueño del mundo. Una boludez. Ah, ya me acordé. El diablo le dijo: "Que nadie lea tu historia". "Qué diablo más boludo. Si yo no soy escritor". Por eso me invitó a un café y me la contó personalmente. No quiso por mail ni mensaje. No se le escapa nada al guacho.
Uh, me está llamando. Debe ser por lo de la fiestita.

La mosca y la duda.


Chuang Tzu soñó que era una bella mariposa, revoloteando de flor en flor. Al despertar se preguntó si era Chuang Tzu, que había soñado ser mariposa, o era en ese momento una mariposa soñando ser Chuang Tzu. Creo que sus dudas existenciales trascendieron gracias a la fortuna que tuvo en el reparto de sueños.
Yo soñé anoche que era una mosca verde, revoloteando acá y allá entre la inmundicia y nadie parece dispuesto a quedarse pensando, con el dedo en la barbilla, si soy Octavio, la mosca, Chuang Tzu o la inmundicia.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Par tido


La verdad, estoy harto de las divisiones, de las posturas antagónicas. De no intentar tirar para el mismo lado, luchando por la misma causa. ¿Balotaje? ¡Noooo! Hablo de mi trastorno de doble personalidad.
Conviven en mí un asesino serial y un cultor de la no violencia. Diariamente, una parte de mí amenaza de muerte a tipos a los que les perdono la vida segundos después, murmurando bendiciones en sánscrito.
Toco timbres y me doy a la fuga, no por diversión infantil, sino para evitar a gente insoportable que medio yo adora.
Llamo a Radio Disney insultando por su artificial programación musical pero antes de cortar pido "A veces gano" de Mambrú.
Cultivo la buena charla de sobremesa así como el aislamiento tecnológico.
A veces voy a la cancha y grito los goles de los dos equipos, siendo fajado por ambas parcialidades, de manera alternativa.
Siempre acierto la solución al problema del gato de Schrodinger y tomo partido tanto por Aquiles como por la tortuga, con el mismo fervor.
Gané una fortuna en el casino de Mar del Plata jugándole al rojo, al tiempo que perdía mucho más doblándole la apuesta al negro en cada ronda.
Publico entusiasmado ahora estas palabras con el íntimo deseo de que nadie pose la mirada sobre ellas.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Miyagi


- Che, llamó Juan. Que comamos porque perdió el tren, se le hizo tarde.
- Lo esperamos un rato más.
- ¿A qué hora es el partido?
- Tres y media.
- Que comamos a la una o a las dos está bien.
- ¿Tiene otro tren ahora?
- Tiene uno más, creo. Y también está el de los cartoneros.
- Tu hermano es medio cartonero, lo puede tomar.
- ¿De dónde viene?
- De la facultad. Sale como a las once.
- ¿Y no se podía pegar un faltazo hoy? Ahora hay que esperarlo hasta que se decida a venir.
- ¿Para qué querés comer temprano? ¿Después qué hacemos?
- ¿Sigue estudiando el guacho ése?
- Lo que pasa es que tengo que laburar mañana. Porque yo laburo. La-bu-ro.
- Tomátela.


Juan avanza esquivando a la gente, a los carritos de supermercado, a la gente con carritos de supermercado. Cada tanto golpea o es golpeado. Todos suben apurados, como si creyeran que el tren los quiere dejar sin cobijo a la orilla de la vía, en una Constitución helada, a pasar la noche sobre sus casitas rodantes. Juan pide disculpas a cada rato, porque es grandote, porque tiene, desde que recuerda, una torpeza gulliveriana.Y pide disculpas porque ve los rostros bajos, la mirada perdida o la risa cómplice de los menos agradables, que aunque le duela, los siente así; y sabe que está en el lugar equivocado. Que entró con zapatos a un templo oriental, y no quiere verse en la mirada de los otros, extraña, inquisidora, reprobatoria.
Juan no termina de acomodarse en el vagón, pero tampoco quiere llamar más la atención. Entonces queda a medio paso entre la ridiculez y la incomodidad.Con los pies desalineados del tronco, en medio de una familia completa,agarrado al pasamanos en una pirueta cómica. “Pensar que siento pena por esta gente. Y ahora mismo, debo verme de lo más pelotudo”.
En el vagón no hay asientos. Algunos improvisan localidades móviles con un bulto de cartón o de tela, lo ubican junto a una pared y se echan a dormitar al vaivén de los rieles. Los más chiquitos pueden viajar en los carritos, los instrumentos de trabajo que cargaron y descargaron una, dos, diez veces  a cambio de unos pocos pesos durante la tarde y la noche. Como tampoco hay vidrios, conviene ir bien abrigado, más de lo usual. Algún adulto putea por la desatención de un pibe, que al calor del trabajo se sacó la campera y tarda demasiado en ponérsela. Salvo el pibe y Juan todo está en su orden. Como si hubiera un designio que ellos dos no conocen. Y que los demás cumplen callada y resignadamente.


- Si quedamos afuera es un quilombo.
- El técnico se tiene que ir a la mierda.
- Va a estar bravo. Suecia es un equipo duro, laburante.
- Que querés… los argentinos somos vagos. Nos gusta la joda, el chupi, el faso. Capaz que salen de cabarute los jugadores.
- El equipo de Bielsa es disciplinado, es una máquina, un reloj. Un reloj que hay que mandar a arreglar, pero es un tipo laburador.
- Le falta magia. Los argentinos no tenemos que entrar en la de los equipos europeos. Tenemos potrero, talento. Esto es la tierra del Diego, viejo.Hay que respetar la historia.
- Pero vos sos pelotudo, loco. Acabás de decir que eran todos vagos y ahora que tenemos que ser vagos y dejar la disciplina a los otros.
- No, señor. Digo que tenemos que jugar a la nuestra porque si jugamos al estilo europeo contra los europeos, nos cagan. Es como pelear contra un zurdo usando la izquierda. Tenemos que ser más vivos. ¿Tanto cuesta?
- Ponéte de acuerdo con vos mismo, viejo. Che, Tomás ¿a qué hora llegaba tu hermano?
- Debe estar en viaje. En un rato ponemos los patis.
- Se hacen rápido. Cuando llegue él, ponelos.



A su izquierda había un nene acurrucado dentro del carrito. Por ahí tenía seis o siete años. Era tan flaquito, que Juan estaba seguro de que le parecía más chico de lo que era. En un momento empezó a toser y se despertó. Tosía con esa raspadura que viene desde adentro y al abrir la boca, muchos hilos de saliva densa se entramaban a partir de sus labios. La mamá lo limpió con un trapito que guardaba en la manga y otro chiquito muy parecido le acariciaba la cabeza y le preguntaba cómo estaba. “Bien”,le contestaba el pibe con los ojos enrojecidos del moco o de la fiebre. Juan pensó que “bien” era una palabra demasiado equívoca. Él mismo no se hubiera atrevido a utilizarla en ese momento. Se sentía mal, incómodo, culpable. ¿De qué? No tenía idea. Pero el chico estaba “bien”, todo lo bien que podía estar alguien acostumbrado a estar horriblemente mal. A pasar frío en un vagón-cárcel después de una jornada revolviendo la inmundicia ajena.
El pibito ahora se quejaba. Lloriqueaba pidiendo algo que Juan no entendía. No sabía si porque le costaba decodificar las palabras afiebradas o porque no entendería nunca, por ignorar la existencia de la causa que alimentaba el dolor. Se removía inquieto en el carrito y la mamá lo levantó con palabras agridulces, entre reproches y pacificaciones que se alternaban cada vez con una intermitencia más veloz. Un tipo que a Juan le parecía el padre,dormitaba sobre un bulto informe, abrazado a un tapado gordo y oscuro. El chico parecido no alcanzaba la cabeza ahora, y le acariciaba la pantorrilla, sin palabras, con la mirada en un punto lejano del vagón. Tal vez en el mismo desde el que llegaban algunas risas, frases dichas a los gritos y el dulzor persistente de un porro compartido en la penumbra.


- ¿Y por qué no pueden jugar juntos Crespo y Batistuta?
- Porque juegan de lo mismo. Es como si tu jefe trajera un moncho que hace tu trabajo. O lo pone a él o te pone a vos. No va a poner a los dos.
- Pero son dos goleadores. A los goleadores no hay que dejarlos afuera, en la primera de cambio te la mandan a guardar.
- Vamos a empezar a picar algo, si no me voy a quedar dormido. No llego a las tres ni en pedo.
- Mirá si quedamos afuera.
- No vamos a quedar afuera. A la FIFA no le conviene. ¿Sabés lo que es Argentina afuera en la primera ronda? Se cae un candidatazo. El país de Maradona. Los japoneses van a querer ver a Argentina en las finales.
- Sí, pero Maradona no juega. Ahora juega el Burrito, que por ahí ni lo conocen.
- Que no lo van a conocer si les encanta todo lo argentino. Escuchan tango y todo. Fue el gordo Casero y lo adoran.
- ¿Te parece? Mirá que son muchos los japoneses. Capaz que hay mil tipos que les gusta el tango, pero entre tanta gente son pocos.
- Qué van a ser mil tipos si hasta hay una orquesta en Tokio.
- Poné los patis.
- Sí, ya los pongo. Después, cualquier cosa, se los calentamos a Juan. Aunque ya es la una y media. Debe estar por llegar.
- ¿Qué están dando ahora? Poné alguna serie de Sony.
- No va a poder ser. Al cable lo tuve que dar de baja.
- ¿Y? Colgate, macho.
- Me colgué pero esta semana nos desconectaron a todos.
- Poné cualquier cosa entonces.
- Poné los patis, boludo.


A medida que llegan a las últimas estaciones, el tren se va quedando vacío. Casi mudo, con las últimas risas apagándose en Calzada, en Claypole o en el Kilómetro. El pibe se durmió en los brazos de la madre, allá cuando no paraban y aceleraban infinitamente y todos se hamacaban al mismo tiempo. “El movimiento pendular de la noche”,había pensado Juan. Luego pensó “de la tristeza” y “de la pena”, término que le resultaba apropiadamente melancólico, quizás por ese sentido de vergüenza, que lo hacía más íntimo. “Estoy al borde de la hijoputez, buscando la palabra justa para describir el dolor”. Paradójicamente, esta última idea lo satisfizo. Perderse en la búsqueda de las palabras precisas, solía resultarle un buen paliativo ante lo inexplicable.
Cuando el tren llega a Zeballos, la madre lo pone al nene en el carrito. Juan pudo observar la delgadez extrema de sus brazos y la desproporción de su cabeza. Se despierta sin quejarse. El hermano le juega rascándole la cabeza y él sonríe con dientes enormes. La sonrisa casi lo hace lagrimear a Juan, al que le pesan más las alegrías demasiado modestas que los dolores. Toda la familia se prepara para bajar, al igual que Juan. El pibe lo hace en el carrito. El hermano lo recibe abajo como si lo estuviera ayudando a parir. Lo acomoda en el andén, le pide el tapado oscuro al padre y lo cubre colocándoselo como una manta. Empuja el carro a paso rápido. El resto de la familia y Juan no pueden seguirle el tranco. Empieza un trotecito por la calle que sale de la estación.Juan ve que el chiquito abre los brazos, aletea un poco y se escucha su risa y se adivina el frío jugueteándole en la cara. El hermano corre, empujando todavía con más fuerzas y los brazos extendidos de su pasajero atraviesan la noche de junio. Pareciera que en cualquier momento cobrarán altura, dejando detrás la estación, elevándose a buena distancia de los papás, la tierra, los desconocidos ridículos, el país que fue comiéndoles los pies, desgastándoles el deseo.“Vuelen, pendejos, vuelen. Olvídense de que somos animales malditos, que se arrastran sobre el vientre y mastican polvo”.
Juan también quisiera elevarse, pero en ese cielo negro, de pocas nubes y chicos con carros voladores, se vería todavía más desubicado.


- Por fin llegaste, la concha de tu madre.
- Te caliento un par de patis.
- Les pido disculpas pero no voy a comer.
- Comiste por ahí.
- No es eso, me voy a acostar.
- ¿No vas a ver a la selección?
- No, no vale la pena.
Juan entra al baño entre un coro de quejas, de puteadas risueñas. Se enjuaga la cara, ahoga un llanto espasmódico que se le anuda en la garganta. “A vos te parece. El señor se va a descansar”. Se mira al espejo. Los ojos surcados de telarañas rojas y el agua fría recorriendo sus mejillas, cayendo en catarata sobre el lavatorio. Le llega desde el living la voz de Tomás: “Hoy ganamos tres a cero”. Responde en voz baja, sosteniéndole la mirada a su propio reflejo, húmedo y sombrío.
-No. Seguro que perdemos.