- Escuchame, abren a las dos. No podemos estar haciendo cola desde las dos menos cuarto
- Bueno, caigamos a las dos justo o dos y cinco. No me quiero perder nada
Estábamos a la vuelta del cine. Marcelo, Pedro, Jorge y yo. En el kiosquito de Boccuzzi casi San Martín tomando una coca. La función en continuado se anunciaba desde las dos y cuarto. Dos películas por poca plata. Siempre era así. Desde chicos nos daban las promociones en el colegio y una especie de boleto de colectivo amarillo, que sorteábamos en cada aula y que valía una entrada gratis.
Así, las semanas santas, cuando las semanas santas no eran una ruta dos congestionada, uno se encerraba incomprensiblemente a disfrutar del hombre del rifle, quien corría cuadreras en la Palestina romana y algunos cortos de Tom y Jerry que nos sacudieran la modorra. Afuera llovía, granizaba o caían sapos de punta y uno se desayunaba a las horas, cuando con piernas y ojos inseguros, volvía a pisar la vereda de España, frente a la casa de la señorita Elenita.
Pero había veces que no teníamos promociones ni sorteos ni filas de chicos con globos ni espantosos caramelos en latas. Uno pasaba por el cine y la cartelera era truculenta. Déjala morir adentro, ¿Me la saca, doctor?, Reformatorio de chicas. Y mujeres en sus afiches. En poses que resultaban ridículas para nuestros nueve años.
Pero a los doce, tomando una coca a pocos metros del cine, la espera tiene signos de plan guerrillero. Llegar después de que abran, ninguno de los chicos puede darse el lujo de que un amigo de los padres los viera o de que la señorita Elenita, limpiando las ventanas o dirigiendo la limpieza de la empleada, observara los movimientos dubitativos, propios de criminales inexpertos, y los denunciara, no sin antes echar mano a un discurso vergonzante.
El movimiento tiene que ser rápido. Terminar la coca a las dos y cinco, caminar los ciento cincuenta metros aproximados a paso lento dos y diez, comprar las entradas dos y doce y entrar dos y trece. Luego a disfrutar. Las colegialas se divierten, con Susana Traverso y Emmanuelle II. Pedro se preguntaba si podríamos entenderla sin haber visto la primera.
- Dos y cinco, vamos - yo
- ¿Y si no nos dejan entrar? – cagón, Marcelo
- Mi hermano me dijo que siempre lo dejaron entrar. Vio Los amores de Melody y Correccional de mujeres hace dos semanas – siempre es bueno alguien con experiencia como Jorge. Aunque sea prestada
- ¿Estaban buenas? – quise saber
- Y sí… había minas desnudas. Qué sé yo. A mí con eso me alcanza
- Denle, pelotudos – Pedro – Ya son y ocho
Los cuatro apuramos el paso al punto de jadear. Llegamos y diez igual pero había gente sacando entradas. Dos pajeros grandes. Marcelo y yo mirábamos alrededor. Un ojo en la casa de la señorita, el otro sobre cada transeúnte que doblaba desde Vasquez. Cuando Jorge alcanzó la ventanilla ya eran y trece. Los pajeros grandes entretuvieron al de las entradas más de la cuenta.
Jorge puso su voz más ronca. No engañaba a nadie.
- Cuatro, por favor
Hubo un instante de duda. Nosotros transpirábamos como testigos falsos. Y lo éramos de alguna manera. Debajo del vidrio, reptando como la serpiente del génesis, aparecieron las entradas. Jorge pagó y fuimos para la sala. El acomodador les seccionó un pedazo y nos dijo:
- Vengan por acá
Se me hizo un nudo en el estómago. Estaban proyectando las publicidades y la sala ya estaba oscura. El tipo nos guiaba con la luz de su linterna. Parecía que esperaba que lo detuviéramos, pero nunca lo explicitó. Habría veinte personas dispersas por el cine. No sabíamos entonces por qué seguíamos caminando. ¿Nos llevaría derechito a otra salida? Si era así, yo estaba dispuesto a salir sin chistar. Con tal de que no me llevaran a mi casa.
Llegado a un punto a su capricho, señaló cuatro butacas libres a su derecha. Podrían haber sido otras en la inmensidad del vacío. Quizá las eligió por algo, para tenernos controlados o bien fácilmente ubicables ante la irrupción de la policía.
Mientras nos sentábamos, de derecha a izquierda: Marcelo, Pedro, yo y después Jorge, el acomodador rumoreó casi para su interior: “papampina”
- ¿Eh? – Jorge en voz alta y con el puño preparado a responder a una propuesta extraña
- Platapalapila – repitió, ahora reconocible, cuando logramos combinar las variables de oscuridad, linterna y nuestra situación de vulnerabilidad, que nos hacía pasible de coimas. Juntamos como pudimos algunos australes, billetitos mínimos y débiles que le pagarían una cerveza fresca del otro lado del proyector. Una cerveza rubia como la amante de Emmanuelle, que desde la primera escena nos permite soñar con un mundo mejor, más sencillo, con más placeres que el que nos sobrevendría años después.

No hay comentarios:
Publicar un comentario