lunes, 12 de noviembre de 2018

La memoria de los mozos


1 - Hay más de mil kilómetros entre Suiza y Nápoles

Entré junto a mi familia a un restaurante en Concepción del Uruguay. Era medio tarde, cerca de las 3 de la tarde. Pregunté si podían atendernos y la camarera que nos recibió nos dijo que sí. Nos sentamos a la mesa y se acercó otra camarera que nos informó antes que nada, sobre algunos platos que se habían agotado. Creo que era porque “allí servían todo fresco”. Nos preguntó, después de dejarnos hojear el menú, qué pediríamos. Sin anotar nada, tomó el pedido de los 4. Cuando la comida llegó, comprobamos que había alterado casi todo. Las milanesas de ternera se convirtieron en milanesas de pollo, las suizas en napolitanas, las aguas saborizadas en gaseosas, las ensaladas en otra cosa que no recuerdo. Devolvimos algún plato no negociable, redistribuimos otro y nos acomodamos. Demasiado tarde para lágrimas. Nos miramos con Angélica y, mientras se alejaba, nos preguntamos casi al unísono “¿Por qué no anota?”.

Con mi familia también y otra familia y otra más, fuimos a 1888 en Varela, varios meses después. 12 personas y la mesera que tomaba el pedido también confiaba en su memoria. Esta vez, me propuse observarla. Minutos después volvió con todo sin errores, salvo el preguntar en algunos casos para quién era. La felicité fervorosamente. En secreto la había desafiado. La propina en ese momento se dibujó generosa y carrioristica en mi mente. A la hora de dejarla efectivamente y ya pasada la emoción del desafío, fue fruto de la calculadora más que del corazón.


2 - Todo es por el córtex dorso... ¿cómo era?


El secreto parece estar en el funcionamiento de la memoria de trabajo, una compleja actividad neuronal, localizada en el córtex frontal dorsolateral del cerebro, que permite retener información a corto plazo y hacerla operativa. Es decir, no es un almacenamiento, algo que se guarda en el depósito, sino que se deja sobre el mostrador o el escritorio, listo para ser usado. Tiene una capacidad limitada, por lo que nuevos datos u ocupaciones o, incluso, descanso de las tareas, pueden desplazar esos primeros datos al olvido.

Esa misma memoria de trabajo nos permite ser multitareas. Sin que se vean afectadas otras áreas cognitivas podemos mantener una conversación mientras cocinamos o manejamos, por ejemplo. También nos sirve para ir asociando los datos nuevos que van apareciendo en una clase o charla, con otros ya enraizados en nuestra memoria. Estas asociaciones son imprescindibles para el desarrollo del aprendizaje.

Los mozos tienen un mapa mental, configurado por los hábitos, de las mesas y ubicaciones en las mesas. Los pedidos nuevos tienen que ser automáticamente ubicados como marcas en ese mapa, mediante la asociación.




3 - Ésto funciona para los mozos pero qué hay de nosotros

En mi adolescencia descubrí una manera de utilizar un mapa con asociaciones nuevas. Un truco mnemotécnico que, en lo lúdico, me sirvió para memorizar 20 o 30 palabras con cierta facilidad, maravillando a las chicas en las reuniones sociales; y, en lo académico, para memorizar ítems claves de algún suceso histórico o características de la célula o lo que fuere. Hoy día, sólo lo utilizo para recordar las listas de supermercado.

Consistía en un mapa mental de un camino conocido. A ese camino, por ejemplo, mi recorrido desde mi casa a la escuela, lo dividía en 20 o 30 paradas a las que caracterizaba con una imagen: la puerta de mi casa, la casa de mi vecino, el local de la esquina, la estación de servicio, etc. Cada nueva palabra ocupaba una imagen en ese camino. En una lista de supermercado sería así.

- lavandina: la puerta de mi casa, azul, está toda blanca porque una botella de lavandina enorme se derrama sobre ella.
- pasta de dientes: mi vecino está en su vereda lavándose los dientes
- arroz: el local de la esquina se convierte en un registro civil y sale una pareja de recién casados y le tiran arroz.
- comida para mascotas: el empleado de la estación de servicio es un perro y me cobra la nafta en dogui.

Si al lector le parecen demasiado exageradas las imágenes, sepa que es porque noté que mientras más ridículas las escenas, mejor las recuerdo. El tiempo para memorizar la lista es de 3 a 5 segundos cada ítem.

Hay mozos que, dicen, asocian el pedido a la cara de los clientes. Si el cliente es conocido, el mecanismo sería parecido. Si es nuevo, sería un trabajo extra para esa memoria: el mapa de las mesas, las caras y los pedidos. Me inclino más a pensar que, en estos casos, toman una característica física o de vestimenta para sumarla como marca. En mi caso dirían: "Sale un cortado americano para el lungo de antiojos".


4 - "Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras"

Ireneo Funes, el memorioso personaje de Borges, tenía la capacidad de recolectar información muy detalladamente y sumarla a su memoria a largo plazo. Es decir, era incapaz de olvidar cualquier detalle, por mínimo que fuera. Actuaba, junto a su memoria prodigiosa, una percepción consciente total del momento. Esta característica, lo condenaba al pobre tipo a la inacción, ya que cualquier evento nuevo generaría una memoria nueva detallada que, como sabe cualquiera que haya querido contar una buena anécdota, ocupa mucho más tiempo y espacio que el suceso relatado en sí.

Nuestra percepción es limitada a pocos datos pero tenemos la capacidad de ampliarla de ser necesario. Incluso, cuando estamos viendo un partido de fútbol, ante el violento “No me estás escuchando” de nuestra pareja, somos capaces de retener algunas pocas palabras que ya habían sido dichas, como si fuera un pequeño salto al pasado, y a partir de allí reconstruir la idea general del mensaje.

Estos pocos datos a la vez requieren que nuestra atención sea discriminatoria. Atendemos aquello que creemos que es importante o lo que, por algún motivo psicológico, no podemos dejar de atender, como un pensamiento recurrente o el vuelo ornamental de moscas durante un discurso largo y aburrido.


5 - 4 moscas sobre el terciopelo gris

Cuando era niño y recienvenido a la adolescencia, amaba los argumentos de suspenso y misterio, tanto en libros como en películas. Llegó a mi conocimiento la existencia de una película medio italiana medio norteamericana, 4 moscas sobre el terciopelo gris, del escabroso director Darío Argento. En un momento, el filme postula que la última escena que ven los muertos queda grabada en sus retinas. Es decir, la vieja metáfora llevada a la realidad cinematográfica. Y reconstruyendo este recuerdo físico y sin intervención del cerebro, dan con el asesino. En aquellos años me parecía genial, aún haciéndome ruido, esta posibilidad. Además rompía con el uso de la pura razón de Sherlock Holmes y daba lugar a la creatividad.

Quizás algún día se pueda descubrir algo así, pero mientras tanto tendremos que conformarnos con lo que tenemos: sin el sujeto no existe la memoria. Y ésta no es algo objetivo, como sugería Argento, sino que surge de la interacción dialéctica de nuevos datos con nuestros viejos recuerdos, intereses, emociones, mandatos culturales, afectividad, rechazos y miedos. Todos instalados en nuestra historia. Ah, sí, porque además de dialéctica, la memoria es histórica. Y al no existir sin sujeto, también podría calificarla como material. Si logro meter el concepto de plusvalía, en una de ésas termino diciendo que es marxista.



6 - A veces me imagino a mí mismo como mozo

- ¿Qué se van a servir los señores?
- Una stella de litro.
- Una picada para 3.
- ¿Le compraste el regalo a tu hija?
- Que sea una stella y una quilmes, mejor.
- Sí, un libro de Luis Pescetti.
- Yo voy a tomar una coca zero.
- Ay, coca zero. ¿Qué te hacés?
- Estoy gordo como una albóndiga.
- ¿Cuánto medís?
- No se olvide de mi stella.
- ¿Hay partido?
- Un metro noventa y cuatro.
- De la champions. Juega el milán con el no sé qué.
- Y un tostado.
- ¿Algo más?
- No…

- …
- …
- …
- …
- Acá viene el lungo de antiojos.
- ¿Para quién son las albóndigas?
- ¿Eh?
- ¿Y la milanesa de peceto? ¿Y el vaso de mistela?
- ¿?
- Y el salame champions- Tomen. Metanselon por donde les quepa. Renuncio.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Concurso "Quilmes A Contar"

El Quilmes Atlético Club organizó (y muy bien) un concurso de cuentos cortos, con temática que girara alrededor de esta institución, decana de nuestro fútbol.
El siguiente es un bonito resumen de lo vivido entre el 1 y el 2 de diciembre, en la sede social y en el estadio "Centenario Ciudad de Quilmes".

viernes, 20 de mayo de 2016

Historia de dos tomases



Tomás, el mellizo, no le creía a los amigos. Ellos le contaban que el Maestro, muerto y sepultado un par de días atrás, había ido a visitarlos en su ausencia.
- Difícil que el chancho vuele - les contestaba Tomás y continuaba hilvanando redes.
Pero un día pintó el Maestro en persona y se le llenaron las redes de preguntas. Le mostró sus llagas y su costado y lo mandó a creer de ahí en más.
Más de mil años más tarde, el tocayo del mellizo (no Guillermo, hablo de Tomás, no se me dispersen), era un tipo muy ingenuo. Se decía que creía en cualquier verdura que se le contase. Estando de visita en un monasterio, un fraile se asomó a una ventana y gritó:
- Venid, hermanos, hacia la ventana. Hay un chancho volando alrededor del monasterio.
Los hermanos, advertidos, se quedaron en sus puestos. Sólo Tomás de Aquino corrió velozmente a ver el cochino espectáculo. Los monjes se partían de la risa y se preguntaban en voz alta cómo alguien podía ser tan boludo. Tomás, con esa genialidad espontánea que quienes pensamos la contestación perfecta unos cuantos días después, envidiamos furiosamente, respondió:
- Creí más probable ver a un chancho volar que a un monje mentir.
Uno tiende a hacer el recorrido histórico inverso a los tomases. Uno comienza siendo crédulo y las desilusiones lo van endureciendo en la fe. El mandamiento dado al primero ("en adelante, cree") fue respetado hasta el ridículo por el segundo. Su brillantez suplía las desilusiones. Uno, que no es brillante, resguarda sus ingenuidades en el secreto, a salvo de la vergüenza, pero no del dolor del desengaño

domingo, 13 de diciembre de 2015

Visitante

Suena el timbre. Pero apenas me asomo por la ventana
- Hola. Sí. ¿Qué desea?
- Hola. ¿Octavio Echeverría?
- ¿Para qué lo busca?
- Es un asunto personal. ¿Está?
Dudo un instante
- ¿Es usted no es así?
Me cagó.
- Este, sí soy yo.
- ¿Puede acercarse?
- ¿Qué quiere?
- Tenemos que hablar. Permítame unos minutos.
- ¿Es Testigo de Jehová?
- ¿Le parezco un Testigo de Jehová?
- Por la pollera, pareciera.
- No es una pollera. Es una túnica. Además, los testigos vienen de a dos y yo estoy solo. Venga, por favor.
Salgo.
- ¿Quién es usted?
- Soy su muerte.
- ¿La Muerte?
- No. No “La Muerte”. Su muerte simplemente.
- ¿Tengo una muerte personal?
- Usted lo hace sonar como muy importante. Vea. La muerte se ocupa de personas destacadas. Después delega, delega, delega…
- Usted sería como una muerte menor.
- Muy menor. Soy la muerte de Octavio Echeverría.
- No viene en buen momento, sabe. Acaba de empezar mi fin de semana. Trabajé 12 horas todos los días y hoy hasta las 3 de la tarde. Me hubiera encantado que hubiese venido el domingo, a la hora del ocaso. Me habría ahorrado una semana muy cansadora. Pero ahora me siento, es decir, recién me senté a escribir un poco.
- Nadie sabe la hora ni el lugar de su muerte, mi amigo.
- Escuchemé. ¿Por qué no se da una vuelta, se queda cerca, y me viene a buscar el martes a la tardecita?
- ¿Por qué el martes? ¿No sería mejor el domingo?
- Éste es fin de semana largo. Recién trabajo el miércoles.
- Ehhh. Cuántos días de vagancia.
- No blasfeme, no le permito. Es un feriado católico. Está bien que usted es Testigo de Jehová y no le importa…
- Que no soy testigo de Jehová
- Bueno, da igual. Vengasé el martes a última hora que lo recibo con gusto.
- Esto es muy irregular. Además, no tengo otra cosa para hacer. Me conseguí este trabajo de ser su muerte. No puedo volver con las manos vacías. Me van a preguntar por qué no me llevé a Octavio Echeverría.
- Ah, eso quería decirle. Soy Octavio Echevarría. Es un error muy común. Echevaaaa.
- Echeveeee, tengo anotado.
- ¿No será otro el que busca?
- Ahora no lo sé, la verdad.
- ¿Por qué no lo confirma y vuelve el martes?
- Este laburo es muy engorroso. Ahora no tengo a quien preguntarle. Y menos en finde largo.
- Tendría que averiguar bien, por las dudas.
- Disculpe la molestia, señor. Me parece que estoy confundido. ¿Usted es mecánico dental?
- No. Nada que ver. 
- Hombre, tez blanca, 178 cms.
- De todo eso, sólo soy hombre por ahora.
- Lo siento mucho, señor Echevarría.
- Yo lo siento mucho también. Ya me estaba haciendo a la idea de no trabajar el miércoles.
- Le ruego me disculpe. Le deseo un buen fin de semana. Que descanse en paz.
- Gracias, vuelva cuando quiera. Tomamos unos mates y charlamos de la vida.
- O de la muerte.
- Es lo mismo. Es como la inspiración y la exhalación. Son dos caras de la misma moneda
- No me diga. Por ahí lo sumo a mi speech.
- Debería conseguir más clientes. Un buen speech puede ayudarlo con eso.
- Debería. Pero la competencia es muy dura. Por ahora sólo tengo a este Octavio Echeverría..
- No tengo nada contra él, pero nunca me cayó bien ese tipo.
- Es casi como usted.
- Lo siento como un imitador. O, mejor dicho, un plagiador. Un ladrón de identidades que pretende ser yo sin sufrir como yo.
- Es casi como usted tanto para lo bueno como para lo malo. Para la vida y para la muerte.
- Tiene razón. 
- Casi siempre la tengo. Excepto ahora… mecánico dental. Y usted dice que no es.
- Ni por asomo. Debería haber empezado preguntando por ahí. 
- No lo entretengo más. Que tenga una vida larga y feliz.
- ¿Sabe qué? Pase igual el martes y me lee el Atalaya o algo de eso.
- No soy… Deje, está bien. El martes paso y le traigo las revistas.
- Saludos al plagiador, si lo ve.
- Serán dados.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Terror en el Parque Japoné


-¿Adònde van?¿Al Parque Japonés? - preguntaba mi viejo. Y yo decía para mis adentros “parque japoné parque japoné parque japoné”, esperando que la repetición funcionara como una suerte de transmutador semántico, otorgándole un sentido nuevo a la palabra, como en el caso del lápiz, originario también de Japón, cuya repetición abolía los sonidos cercanos a la S, produciendo humor de la más exquisita factura. Al menos a mis tiernos 12 o 13 años
Pero no se trataba de nada de eso. Él hablaba de un antiguo parque de atracciones ubicado en Retiro muchas décadas atrás. Nosotros íbamos al moderno Italpark, cuyo nombre hacía referencia a Italia, mucho más cercano a nuestra herencia.
Lamentablemente, el tiempo transcurrido (y la tragedia ocasionada por un juego mecánico con poco mantenimiento) hacen que observe, al hablar de este parque, idéntica perplejidad en mis interlocutores que la que mi viejo observaba en mí.
De todos modos no voy a explayarme sobre él. Quería contarles que en el año 1988, el parque instaló un juego novedoso para la época: Los laberintos del Terror. Una carpa que funcionaba como una especie de casa embrujada. Ávidos de experiencias nuevas, mis amigos y yo nos aventurábamos hasta la lejana Buenos Aires. Hago una breve pausa para declarar que tiempos y distancias parecen entrar en comparación con nuestra edad. El tiempo, medido en porcentaje de nuestra existencia es amplio en nuestra juventud y escaso en nuestra vejez. Recorrer la distancia hasta Buenos Aires se llevaba buena parte de nuestra vida, situación que repiten diariamente miles de trabajadores, convirtiéndola en una ciudad lejana aunque el cuenta kilómetros diga lo contrario.
Pero en nuestra memoria, tales excursiones siguen guardando un lugar especial. Entrábamos al laberinto del terror una y otra vez, lo conocíamos de memoria. Ya saludábamos afectuosamente a los terribles monstruos y cadáveres, dráculas y parcas. Estoy tentado a esbozar dos teorías sobre nuestra conducta repetitiva.
La primera es que, en aquellos años, aún acostumbrados a las rutinas de los niños, queriendo crecer pero demorándolo, amábamos la posibilidad de predecir lo que viene, sabiendo de esta manera que el mundo no era tan caótico como se nos presentaba tempranamente. Diría que es por la misma razón por la que los niños repiten su juego o película favorita incansablemente.
Otra teoría es refrescar en cada nueva pasada, nuestra capacidad para dominar nuestros propios miedos, para sofrenar el pavor ocasionado por las demoníacas creaciones inconscientes, objetivadas sabiamente por la dirección creativa del fabricante del juego.
Hay una tercera, que sé más real. Las chicas, poseídas por el terror, nos abrazaban como garrapatas. Se prendían a nuestro cuerpo con un ansia que nunca más registraríamos en otro ser. Quizás por aquello de haberse convertido en una primera e insustituible huella mnémica. 
Tal vez el lector desconfiado me juzgue exagerado. Pero no puedo olvidar cómo aquella rubia de pelo largo (¿estará reencontrándose conmigo a través de estas palabras?) hizo a un lado a su temeroso novio y recorrió el laberinto colgada de esos 190 centímetros de hombre que insisto, aún hoy, en reconocer como “yo”.
Cuando cerró el Italpark se llevó ese recuerdo. Sus juegos pudriéndose bajo la indómita lluvia de Buenos Aires, se oxidaron como se oxidan en la memoria, por más que uno haga fuerza en contrario, el recuerdo de los brazos adolescentes que parecieran no querer soltarte nunca.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Bueno para la matemática


- Qué calor que hace. Me quiero morir.
- ¿Por qué no se compra una pileta?
- No me gustan las piletas de lona. Hay que armarla, desarmarla, emparcharla, limpiarla, clorarla, guardarla con fécula de maíz. Puff. Mucho trabajo.
- ¿Y una de fibra de vidrio? Están unos 25 mil pesos. Su vecino se compró una.
- Yo, de chico, le di mucha bola a la matemática. Usted dice muy suelto de cuerpo que sale 25 mil, pero yo le digo que hacer el pozo y acondicionarlo, con contrapiso y los bordes, no baja de 20 mil. Así que ahí ya tiene 45 mil.
- Bueno, pero con eso va a evitar el calor.
- Ojalá. Se nota que usted es un adicto a las compras pero no piensa en los números, como yo. Necesitaría una bomba de unos 3 mil pesos. También un equipo de jardín, ¿adónde vamos a ir cuando salgamos? ¿A la pieza? Uno baratito, de plástico, 2 mil más. Y tendríamos que hacer un baño acá afuera, si no vamos a entrar y dejar la casa un desastre. ¿Y a mi señora quién la aguanta después? Eso no bajaría de 50 mil pesos, con accesorios. Soy bueno para la matemática, así que puedo decirle rápidamente que la jodita me saldría 100 mil pesos. Ni loco me gasto esa plata por una pileta de mierda.
- Pero, escuche… Ahí se oye cómo se zambulle su vecino. ¿No le da un poquito de envidia?
- Qué me va a dar envidia si mi vecino es un bruto. No entiende un carajo de matemática.

domingo, 15 de noviembre de 2015

El otro


Mucho trabajo nocturno me tiene, en este momento, a contramano del mundo. Mi familia son risas y platos y conversaciones oídas entre sueños. Algo así, supongo, soy yo para ellos: un monólogo moviéndose entre las sombras de la casa.
Pero hay otro Octavio que, ése sí, sueña por las noches. Algún día, que no recuerdo, nos encontramos frente a frente en el espejo y, a fuerza de movimientos contrarios, de izquierdas que son derechas y lógica de letras de ambulancias, nos fuimos alejando indefinidamente. A cada movimiento que yo hacía, correspondía un movimiento de él en la dirección contraria.
Hoy encontré su perfil de facebook, al que entré entusiasmado y fui desilusionándome de a poco. Le encantan cosas como el reggaetón, el libremercado y los programas de chimentos. Ha mejorado su aspecto, al punto de que parece un tipo canchero y viste con buen criterio, lejos de "mi torpe aliño indumentario". Conserva su pelo intacto y negro y no me extrañaría que tuviera la vista de un felino.
Escribe muy bien el desgraciado, es creativo y muy gracioso, lo que me produce una profunda envidia.
Le envié una solicitud de amistad y se hizo el boludo. Íntimamente, deseo que también lo sea.