Suena el timbre. Pero apenas me asomo por la ventana
- Hola. Sí. ¿Qué desea?
- Hola. ¿Octavio Echeverría?
- ¿Para qué lo busca?
- Es un asunto personal. ¿Está?
Dudo un instante
- ¿Es usted no es así?
Me cagó.
- Este, sí soy yo.
- ¿Puede acercarse?
- ¿Qué quiere?
- Tenemos que hablar. Permítame unos minutos.
- ¿Es Testigo de Jehová?
- ¿Le parezco un Testigo de Jehová?
- Por la pollera, pareciera.
- No es una pollera. Es una túnica. Además, los testigos vienen de a dos y yo estoy solo. Venga, por favor.
Salgo.
- ¿Quién es usted?
- Soy su muerte.
- ¿La Muerte?
- No. No “La Muerte”. Su muerte simplemente.
- ¿Tengo una muerte personal?
- Usted lo hace sonar como muy importante. Vea. La muerte se ocupa de personas destacadas. Después delega, delega, delega…
- Usted sería como una muerte menor.
- Muy menor. Soy la muerte de Octavio Echeverría.
- No viene en buen momento, sabe. Acaba de empezar mi fin de semana. Trabajé 12 horas todos los días y hoy hasta las 3 de la tarde. Me hubiera encantado que hubiese venido el domingo, a la hora del ocaso. Me habría ahorrado una semana muy cansadora. Pero ahora me siento, es decir, recién me senté a escribir un poco.
- Nadie sabe la hora ni el lugar de su muerte, mi amigo.
- Escuchemé. ¿Por qué no se da una vuelta, se queda cerca, y me viene a buscar el martes a la tardecita?
- ¿Por qué el martes? ¿No sería mejor el domingo?
- Éste es fin de semana largo. Recién trabajo el miércoles.
- Ehhh. Cuántos días de vagancia.
- No blasfeme, no le permito. Es un feriado católico. Está bien que usted es Testigo de Jehová y no le importa…
- Que no soy testigo de Jehová
- Bueno, da igual. Vengasé el martes a última hora que lo recibo con gusto.
- Esto es muy irregular. Además, no tengo otra cosa para hacer. Me conseguí este trabajo de ser su muerte. No puedo volver con las manos vacías. Me van a preguntar por qué no me llevé a Octavio Echeverría.
- Ah, eso quería decirle. Soy Octavio Echevarría. Es un error muy común. Echevaaaa.
- Echeveeee, tengo anotado.
- ¿No será otro el que busca?
- Ahora no lo sé, la verdad.
- ¿Por qué no lo confirma y vuelve el martes?
- Este laburo es muy engorroso. Ahora no tengo a quien preguntarle. Y menos en finde largo.
- Tendría que averiguar bien, por las dudas.
- Disculpe la molestia, señor. Me parece que estoy confundido. ¿Usted es mecánico dental?
- No. Nada que ver.
- Hombre, tez blanca, 178 cms.
- De todo eso, sólo soy hombre por ahora.
- Lo siento mucho, señor Echevarría.
- Yo lo siento mucho también. Ya me estaba haciendo a la idea de no trabajar el miércoles.
- Le ruego me disculpe. Le deseo un buen fin de semana. Que descanse en paz.
- Gracias, vuelva cuando quiera. Tomamos unos mates y charlamos de la vida.
- O de la muerte.
- Es lo mismo. Es como la inspiración y la exhalación. Son dos caras de la misma moneda
- No me diga. Por ahí lo sumo a mi speech.
- Debería conseguir más clientes. Un buen speech puede ayudarlo con eso.
- Debería. Pero la competencia es muy dura. Por ahora sólo tengo a este Octavio Echeverría..
- No tengo nada contra él, pero nunca me cayó bien ese tipo.
- Es casi como usted.
- Lo siento como un imitador. O, mejor dicho, un plagiador. Un ladrón de identidades que pretende ser yo sin sufrir como yo.
- Es casi como usted tanto para lo bueno como para lo malo. Para la vida y para la muerte.
- Tiene razón.
- Casi siempre la tengo. Excepto ahora… mecánico dental. Y usted dice que no es.
- Ni por asomo. Debería haber empezado preguntando por ahí.
- No lo entretengo más. Que tenga una vida larga y feliz.
- ¿Sabe qué? Pase igual el martes y me lee el Atalaya o algo de eso.
- No soy… Deje, está bien. El martes paso y le traigo las revistas.
- Saludos al plagiador, si lo ve.
- Serán dados.
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