viernes, 20 de mayo de 2016

Historia de dos tomases



Tomás, el mellizo, no le creía a los amigos. Ellos le contaban que el Maestro, muerto y sepultado un par de días atrás, había ido a visitarlos en su ausencia.
- Difícil que el chancho vuele - les contestaba Tomás y continuaba hilvanando redes.
Pero un día pintó el Maestro en persona y se le llenaron las redes de preguntas. Le mostró sus llagas y su costado y lo mandó a creer de ahí en más.
Más de mil años más tarde, el tocayo del mellizo (no Guillermo, hablo de Tomás, no se me dispersen), era un tipo muy ingenuo. Se decía que creía en cualquier verdura que se le contase. Estando de visita en un monasterio, un fraile se asomó a una ventana y gritó:
- Venid, hermanos, hacia la ventana. Hay un chancho volando alrededor del monasterio.
Los hermanos, advertidos, se quedaron en sus puestos. Sólo Tomás de Aquino corrió velozmente a ver el cochino espectáculo. Los monjes se partían de la risa y se preguntaban en voz alta cómo alguien podía ser tan boludo. Tomás, con esa genialidad espontánea que quienes pensamos la contestación perfecta unos cuantos días después, envidiamos furiosamente, respondió:
- Creí más probable ver a un chancho volar que a un monje mentir.
Uno tiende a hacer el recorrido histórico inverso a los tomases. Uno comienza siendo crédulo y las desilusiones lo van endureciendo en la fe. El mandamiento dado al primero ("en adelante, cree") fue respetado hasta el ridículo por el segundo. Su brillantez suplía las desilusiones. Uno, que no es brillante, resguarda sus ingenuidades en el secreto, a salvo de la vergüenza, pero no del dolor del desengaño

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