domingo, 22 de noviembre de 2015

Terror en el Parque Japoné


-¿Adònde van?¿Al Parque Japonés? - preguntaba mi viejo. Y yo decía para mis adentros “parque japoné parque japoné parque japoné”, esperando que la repetición funcionara como una suerte de transmutador semántico, otorgándole un sentido nuevo a la palabra, como en el caso del lápiz, originario también de Japón, cuya repetición abolía los sonidos cercanos a la S, produciendo humor de la más exquisita factura. Al menos a mis tiernos 12 o 13 años
Pero no se trataba de nada de eso. Él hablaba de un antiguo parque de atracciones ubicado en Retiro muchas décadas atrás. Nosotros íbamos al moderno Italpark, cuyo nombre hacía referencia a Italia, mucho más cercano a nuestra herencia.
Lamentablemente, el tiempo transcurrido (y la tragedia ocasionada por un juego mecánico con poco mantenimiento) hacen que observe, al hablar de este parque, idéntica perplejidad en mis interlocutores que la que mi viejo observaba en mí.
De todos modos no voy a explayarme sobre él. Quería contarles que en el año 1988, el parque instaló un juego novedoso para la época: Los laberintos del Terror. Una carpa que funcionaba como una especie de casa embrujada. Ávidos de experiencias nuevas, mis amigos y yo nos aventurábamos hasta la lejana Buenos Aires. Hago una breve pausa para declarar que tiempos y distancias parecen entrar en comparación con nuestra edad. El tiempo, medido en porcentaje de nuestra existencia es amplio en nuestra juventud y escaso en nuestra vejez. Recorrer la distancia hasta Buenos Aires se llevaba buena parte de nuestra vida, situación que repiten diariamente miles de trabajadores, convirtiéndola en una ciudad lejana aunque el cuenta kilómetros diga lo contrario.
Pero en nuestra memoria, tales excursiones siguen guardando un lugar especial. Entrábamos al laberinto del terror una y otra vez, lo conocíamos de memoria. Ya saludábamos afectuosamente a los terribles monstruos y cadáveres, dráculas y parcas. Estoy tentado a esbozar dos teorías sobre nuestra conducta repetitiva.
La primera es que, en aquellos años, aún acostumbrados a las rutinas de los niños, queriendo crecer pero demorándolo, amábamos la posibilidad de predecir lo que viene, sabiendo de esta manera que el mundo no era tan caótico como se nos presentaba tempranamente. Diría que es por la misma razón por la que los niños repiten su juego o película favorita incansablemente.
Otra teoría es refrescar en cada nueva pasada, nuestra capacidad para dominar nuestros propios miedos, para sofrenar el pavor ocasionado por las demoníacas creaciones inconscientes, objetivadas sabiamente por la dirección creativa del fabricante del juego.
Hay una tercera, que sé más real. Las chicas, poseídas por el terror, nos abrazaban como garrapatas. Se prendían a nuestro cuerpo con un ansia que nunca más registraríamos en otro ser. Quizás por aquello de haberse convertido en una primera e insustituible huella mnémica. 
Tal vez el lector desconfiado me juzgue exagerado. Pero no puedo olvidar cómo aquella rubia de pelo largo (¿estará reencontrándose conmigo a través de estas palabras?) hizo a un lado a su temeroso novio y recorrió el laberinto colgada de esos 190 centímetros de hombre que insisto, aún hoy, en reconocer como “yo”.
Cuando cerró el Italpark se llevó ese recuerdo. Sus juegos pudriéndose bajo la indómita lluvia de Buenos Aires, se oxidaron como se oxidan en la memoria, por más que uno haga fuerza en contrario, el recuerdo de los brazos adolescentes que parecieran no querer soltarte nunca.

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