jueves, 5 de noviembre de 2015
La cláusula de la sal
- Hice un pacto con el diablo - me dijo Tomás.
Mi gesto de extrañeza debe haber sido memorable. Casi inmediatamente agregó:
- No te preocupés. El tipo ya no es el de antes, como cuando cagó al doctor Fausto. Dice que aprendió de sus errores - mientras, giraba la cucharita en la taza, haciendo un sonoro tintineo.
- Hay solo una cosa de la que cuidarse. Él la llama "la cláusula de la estatua de sal" - me dijo con una sonrisa. No recuerdo en que consistía eso porque lo que contaba, los beneficios, eran tan impactantes que me abrumaban.
- Todas las mujeres, boludo, todas. Muertas a mis pies. Bueno, todas las que yo quiero, eh. Lo mandé con la garantía extendida "Midas", a la reputísima madre que lo parió. Nada de que se me pegotee cualquiera. Las elijo yo - y se señalaba el centro del pecho -. "No te me olvidés de la cláusula", me decía. Qué boludo. Si me lo repite a cada rato no me lo voy a olvidar nunca.
En ese momento Tomás me dijo en qué consistía y resultó ser una boludez de diablo envejecido. Y más, comparado con los otros beneficios: guita y salud para disfrutarla.
- El tipo me dijo que tenía 3 beneficios. Y yo fui por los 3 más lindos. También me comentó que si entraba en vigor la clausula de la sal ésa, se iba todo a la mierda en el acto. Las minas se daban media vuelta y chau. Me afanaban todo y me agarraba una peste. Y andá a cantarle a Azrael. Para siempre en la vía y en soledad. "Tranqui, maestro. Guárdese los males para oriente medio, que no soy ningún paspado".
La verdad es que envidio a Tomás. Es un tipo inteligente. Otro en su lugar, por ahí pide "la paz mundial", algo muy en el aire. Y Satanás lo caga porque le abre una panadería con ese nombre o cosas así.
- Dejá que pago yo el café. La próxima te invito algo más interesante - y me guiñaba un ojo.
- ¿Un asado?
- No, salame. Una fiestita.
Genio y generoso Tomás. Y sólo tuvo que firmar una cláusula absurda para ser el dueño del mundo. Una boludez. Ah, ya me acordé. El diablo le dijo: "Que nadie lea tu historia". "Qué diablo más boludo. Si yo no soy escritor". Por eso me invitó a un café y me la contó personalmente. No quiso por mail ni mensaje. No se le escapa nada al guacho.
Uh, me está llamando. Debe ser por lo de la fiestita.
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