domingo, 8 de noviembre de 2015

El hombre que esperaba demasiado



En tiempos tan vertiginosos, la puntualidad es una cualidad que escasea. Los pocos que lo son, sorprenden.
Antonio (a) el Tano Schyewicz llevó su obsesión por la puntualidad al extremo. Su historia nos llega a través de los libros del Licenciado Juan Laperra, quien creyó conveniente, en virtud de la salud de la población en general, violar todo tipo de secreto profesional.
Antonio llegaba una hora antes a cualquier encuentro con un amigo y con dos horas de anticipación al consultorio médico, lo que significaba entre tres y cuatro horas antes que el propio doctor. Cuando su ansiedad iba en aumento, por ejemplo al acudir a una cita con una señorita, realizaba auténticos acampes en confiterías, cines y hoteles alojamiento.
Rechazaba cualquier tipo de plan instantáneo, del tipo "¿Tomamos un café ahora?" o "Puse carne a asar, Antonio. ¿Te das una vuelta?", generalmente por estar ya enfrascado en cumplir con compromisos posteriores.
Según Laperra, estas obsesiones se habrían generado en su propio parto. Su madre siempre le recriminó su embarazo de 42 semanas y su padre le facturó, ya mayor, los antojos caros de su madre, ocurridos después de la semana 38, entre los que Antonio advirtió varios objetos adquiridos por su propio padre, tales como habanos, relojes importados y un tratamiento contra la calvicie que abandonó por la mitad.
Antonio, en su juventud, usaba 3 despertadores por temor a quedarse dormido. A medida que maduraba, estimó que el mejor método para no quedarse dormido era no dormir en absoluto.
Una vez se enamoró perdidamente de la secretaria del gastroentérologo que lo atendía. Cuando finalmente consiguió una cita con esa mujer, se presentó dos días antes. Debido a que el encuentro sería en una plaza, fue percibido por los vecinos, primero como un joven observador de la naturaleza, a las 12 horas como un loco, a las 24 como un vagabundo y como un drogadicto a las 48 horas, cuando fue retirado por la policía. Nunca se supo si la mujer acudió a la cita o no. Debido a esta larga ausencia, perdió su trabajo en la aseguradora en donde estaba empleado desde hacía varios años. Laperra cuenta que, entre llantos, su paciente protestaba contra la decisión de sus jefes. "Si a Seguro se lo llevaron preso y no pasó nada. ¿POr qué me echan a mí que soy un simple empleado?".
Luego de la fallida cita amorosa, Schyewicz se instaló en la sala de espera de su terapeuta, a los efectos de no llegar tarde a su sesión semanal. El licenciado, una vez terminada su jornada, le hacía un lugarcito en el diván, en donde el paciente despuntaba el sueño que ya creía desterrado.
Una mañana en la que salía, en sus pocas excursiones fuera del consultorio, a comprar caramelos media hora, conoció a su alma gemela en la fila de la iglesia de San Cayetano. La mujer esperaba hacía 2 semanas, el momento de agradecer un trabajo que perdía ahora a causa de dos semanas de ausencia.
Laperra aprovechó para darle de alta y así desinfectar el diván y recuperar su baño, que el paciente ocupaba desde mucho tiempo antes de que le entraran ganas. 
La última noticia que recibió es que El Tano y su pareja sobreviven comercializando su capacidad de espera en las ventas de entradas de músicos extranjeros, la salida de libros muy populares y en los cajeros automáticos del Gran Buenos Aires, en fechas de cobro de salarios.

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