- Che, llamó Juan. Que comamos porque perdió el tren, se le hizo tarde.
- Lo esperamos un rato más.
- ¿A qué hora es el partido?
- Tres y media.
- Que comamos a la una o a las dos está bien.
- ¿Tiene otro tren ahora?
- Tiene uno más, creo. Y también está el de los cartoneros.
- Tu hermano es medio cartonero, lo puede tomar.
- ¿De dónde viene?
- De la facultad. Sale como a las once.
- ¿Y no se podía pegar un faltazo hoy? Ahora hay que esperarlo hasta que se decida a venir.
- ¿Para qué querés comer temprano? ¿Después qué hacemos?
- ¿Sigue estudiando el guacho ése?
- Lo que pasa es que tengo que laburar mañana. Porque yo laburo. La-bu-ro.
- Tomátela.
Juan avanza esquivando a la gente, a los carritos de supermercado, a la gente con carritos de supermercado. Cada tanto golpea o es golpeado. Todos suben apurados, como si creyeran que el tren los quiere dejar sin cobijo a la orilla de la vía, en una Constitución helada, a pasar la noche sobre sus casitas rodantes. Juan pide disculpas a cada rato, porque es grandote, porque tiene, desde que recuerda, una torpeza gulliveriana.Y pide disculpas porque ve los rostros bajos, la mirada perdida o la risa cómplice de los menos agradables, que aunque le duela, los siente así; y sabe que está en el lugar equivocado. Que entró con zapatos a un templo oriental, y no quiere verse en la mirada de los otros, extraña, inquisidora, reprobatoria.
Juan no termina de acomodarse en el vagón, pero tampoco quiere llamar más la atención. Entonces queda a medio paso entre la ridiculez y la incomodidad.Con los pies desalineados del tronco, en medio de una familia completa,agarrado al pasamanos en una pirueta cómica. “Pensar que siento pena por esta gente. Y ahora mismo, debo verme de lo más pelotudo”.
En el vagón no hay asientos. Algunos improvisan localidades móviles con un bulto de cartón o de tela, lo ubican junto a una pared y se echan a dormitar al vaivén de los rieles. Los más chiquitos pueden viajar en los carritos, los instrumentos de trabajo que cargaron y descargaron una, dos, diez veces a cambio de unos pocos pesos durante la tarde y la noche. Como tampoco hay vidrios, conviene ir bien abrigado, más de lo usual. Algún adulto putea por la desatención de un pibe, que al calor del trabajo se sacó la campera y tarda demasiado en ponérsela. Salvo el pibe y Juan todo está en su orden. Como si hubiera un designio que ellos dos no conocen. Y que los demás cumplen callada y resignadamente.
- Si quedamos afuera es un quilombo.
- El técnico se tiene que ir a la mierda.
- Va a estar bravo. Suecia es un equipo duro, laburante.
- Que querés… los argentinos somos vagos. Nos gusta la joda, el chupi, el faso. Capaz que salen de cabarute los jugadores.
- El equipo de Bielsa es disciplinado, es una máquina, un reloj. Un reloj que hay que mandar a arreglar, pero es un tipo laburador.
- Le falta magia. Los argentinos no tenemos que entrar en la de los equipos europeos. Tenemos potrero, talento. Esto es la tierra del Diego, viejo.Hay que respetar la historia.
- Pero vos sos pelotudo, loco. Acabás de decir que eran todos vagos y ahora que tenemos que ser vagos y dejar la disciplina a los otros.
- No, señor. Digo que tenemos que jugar a la nuestra porque si jugamos al estilo europeo contra los europeos, nos cagan. Es como pelear contra un zurdo usando la izquierda. Tenemos que ser más vivos. ¿Tanto cuesta?
- Ponéte de acuerdo con vos mismo, viejo. Che, Tomás ¿a qué hora llegaba tu hermano?
- Debe estar en viaje. En un rato ponemos los patis.
- Se hacen rápido. Cuando llegue él, ponelos.
A su izquierda había un nene acurrucado dentro del carrito. Por ahí tenía seis o siete años. Era tan flaquito, que Juan estaba seguro de que le parecía más chico de lo que era. En un momento empezó a toser y se despertó. Tosía con esa raspadura que viene desde adentro y al abrir la boca, muchos hilos de saliva densa se entramaban a partir de sus labios. La mamá lo limpió con un trapito que guardaba en la manga y otro chiquito muy parecido le acariciaba la cabeza y le preguntaba cómo estaba. “Bien”,le contestaba el pibe con los ojos enrojecidos del moco o de la fiebre. Juan pensó que “bien” era una palabra demasiado equívoca. Él mismo no se hubiera atrevido a utilizarla en ese momento. Se sentía mal, incómodo, culpable. ¿De qué? No tenía idea. Pero el chico estaba “bien”, todo lo bien que podía estar alguien acostumbrado a estar horriblemente mal. A pasar frío en un vagón-cárcel después de una jornada revolviendo la inmundicia ajena.
El pibito ahora se quejaba. Lloriqueaba pidiendo algo que Juan no entendía. No sabía si porque le costaba decodificar las palabras afiebradas o porque no entendería nunca, por ignorar la existencia de la causa que alimentaba el dolor. Se removía inquieto en el carrito y la mamá lo levantó con palabras agridulces, entre reproches y pacificaciones que se alternaban cada vez con una intermitencia más veloz. Un tipo que a Juan le parecía el padre,dormitaba sobre un bulto informe, abrazado a un tapado gordo y oscuro. El chico parecido no alcanzaba la cabeza ahora, y le acariciaba la pantorrilla, sin palabras, con la mirada en un punto lejano del vagón. Tal vez en el mismo desde el que llegaban algunas risas, frases dichas a los gritos y el dulzor persistente de un porro compartido en la penumbra.
- ¿Y por qué no pueden jugar juntos Crespo y Batistuta?
- Porque juegan de lo mismo. Es como si tu jefe trajera un moncho que hace tu trabajo. O lo pone a él o te pone a vos. No va a poner a los dos.
- Pero son dos goleadores. A los goleadores no hay que dejarlos afuera, en la primera de cambio te la mandan a guardar.
- Vamos a empezar a picar algo, si no me voy a quedar dormido. No llego a las tres ni en pedo.
- Mirá si quedamos afuera.
- No vamos a quedar afuera. A la FIFA no le conviene. ¿Sabés lo que es Argentina afuera en la primera ronda? Se cae un candidatazo. El país de Maradona. Los japoneses van a querer ver a Argentina en las finales.
- Sí, pero Maradona no juega. Ahora juega el Burrito, que por ahí ni lo conocen.
- Que no lo van a conocer si les encanta todo lo argentino. Escuchan tango y todo. Fue el gordo Casero y lo adoran.
- ¿Te parece? Mirá que son muchos los japoneses. Capaz que hay mil tipos que les gusta el tango, pero entre tanta gente son pocos.
- Qué van a ser mil tipos si hasta hay una orquesta en Tokio.
- Poné los patis.
- Sí, ya los pongo. Después, cualquier cosa, se los calentamos a Juan. Aunque ya es la una y media. Debe estar por llegar.
- ¿Qué están dando ahora? Poné alguna serie de Sony.
- No va a poder ser. Al cable lo tuve que dar de baja.
- ¿Y? Colgate, macho.
- Me colgué pero esta semana nos desconectaron a todos.
- Poné cualquier cosa entonces.
- Poné los patis, boludo.
A medida que llegan a las últimas estaciones, el tren se va quedando vacío. Casi mudo, con las últimas risas apagándose en Calzada, en Claypole o en el Kilómetro. El pibe se durmió en los brazos de la madre, allá cuando no paraban y aceleraban infinitamente y todos se hamacaban al mismo tiempo. “El movimiento pendular de la noche”,había pensado Juan. Luego pensó “de la tristeza” y “de la pena”, término que le resultaba apropiadamente melancólico, quizás por ese sentido de vergüenza, que lo hacía más íntimo. “Estoy al borde de la hijoputez, buscando la palabra justa para describir el dolor”. Paradójicamente, esta última idea lo satisfizo. Perderse en la búsqueda de las palabras precisas, solía resultarle un buen paliativo ante lo inexplicable.
Cuando el tren llega a Zeballos, la madre lo pone al nene en el carrito. Juan pudo observar la delgadez extrema de sus brazos y la desproporción de su cabeza. Se despierta sin quejarse. El hermano le juega rascándole la cabeza y él sonríe con dientes enormes. La sonrisa casi lo hace lagrimear a Juan, al que le pesan más las alegrías demasiado modestas que los dolores. Toda la familia se prepara para bajar, al igual que Juan. El pibe lo hace en el carrito. El hermano lo recibe abajo como si lo estuviera ayudando a parir. Lo acomoda en el andén, le pide el tapado oscuro al padre y lo cubre colocándoselo como una manta. Empuja el carro a paso rápido. El resto de la familia y Juan no pueden seguirle el tranco. Empieza un trotecito por la calle que sale de la estación.Juan ve que el chiquito abre los brazos, aletea un poco y se escucha su risa y se adivina el frío jugueteándole en la cara. El hermano corre, empujando todavía con más fuerzas y los brazos extendidos de su pasajero atraviesan la noche de junio. Pareciera que en cualquier momento cobrarán altura, dejando detrás la estación, elevándose a buena distancia de los papás, la tierra, los desconocidos ridículos, el país que fue comiéndoles los pies, desgastándoles el deseo.“Vuelen, pendejos, vuelen. Olvídense de que somos animales malditos, que se arrastran sobre el vientre y mastican polvo”.
Juan también quisiera elevarse, pero en ese cielo negro, de pocas nubes y chicos con carros voladores, se vería todavía más desubicado.
- Por fin llegaste, la concha de tu madre.
- Te caliento un par de patis.
- Les pido disculpas pero no voy a comer.
- Comiste por ahí.
- No es eso, me voy a acostar.
- ¿No vas a ver a la selección?
- No, no vale la pena.
Juan entra al baño entre un coro de quejas, de puteadas risueñas. Se enjuaga la cara, ahoga un llanto espasmódico que se le anuda en la garganta. “A vos te parece. El señor se va a descansar”. Se mira al espejo. Los ojos surcados de telarañas rojas y el agua fría recorriendo sus mejillas, cayendo en catarata sobre el lavatorio. Le llega desde el living la voz de Tomás: “Hoy ganamos tres a cero”. Responde en voz baja, sosteniéndole la mirada a su propio reflejo, húmedo y sombrío.
-No. Seguro que perdemos.

Es una reflexión maravillosa. Cuánto ayuda el futbol para no pensar en las realidades que deberían golpearnos en la jeta, no? Por suerte, hay juanes -que aunque puedan gritar un gol- no se olvidan de mirar para la calle.
ResponderEliminarMuchas gracias. Eran épocas de muchas derrotas. Le deportiva, la menos dolorosa.
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