Tiene que existir un lugar en el Paraíso para revivir nuestra infancia. Para los que vivimos infancias felices, por supuesto. Uno se moriría y al principio, antes de las escenas eternas que describió el Dante, iríamos a un rincón en el que estaría reconstruido nuestro barrio, nuestra primera casa, nuestra escuela. Así como eran. O como nos parecía que eran. Sitios enormes que nuestros juegos podían convertir en el oeste norteamericano, el espacio exterior o canchas de fútbol de la época en la que no tenían nombres de empresas.
Por supuesto que ahí estarían las casas de los vecinos. Estaría la vieja de ruleros que amenazaba con tajearnos la pelota, el tipo que fumaba en la vereda con los antebrazos apoyados en el respaldo, los pibes malos con los que no nos dejaban juntarnos y una lista larga pero no tanto, de personajes curiosísimos que adquirían aspecto terrible ante nuestros ojos inexpertos. Es obvio que estadísticamente y debido al carácter limitado de estos personajes, es posible que la señora que tajeaba las pelotas fuera nuestra propia madre o bien el viejo acodado en la vereda fuera nuestro padre o bien las dos cosas, dejando para nosotros el rol de los pibes malos.
Si la vida después de la muerte tuviera estas características, se podría asegurar filosóficamente que morir sería como volver a vivir. Quizás no sea otra cosa, solo que de maneras hasta ahora desconocidas. Lo que da temor no es la muerte en sí, sino el sumergirse en ese mundo inexplorado.
Uno de los personajes de mi barrio era el viejo Fuster. Vivía solo. Su vivienda era un cuarto que alquilaba, contiguo a un local enfrente de mi casa. Solía pasar las tardes apacibles fumando en la vereda por lo que, por cuestiones estadísticas, mi viejo zafaba de tener que asumir ese triste papel. Fuster no parecía muy amigable. Tenía un rostro duro, curtido, esculpido para siempre por los años en una seriedad constante. Pero cuando uno superaba el escollo que suponía su gesto, resultaba ser un tipo amigable que se esforzaba por mantener una buena conversación. Digo que se esforzaba porque no le resultaba para nada posible. Su mente funcionaba de manera caótica y le impedía discernir entre la información pertinente y relevante en cada ocasión y la información superflua e incluso completamente desacertada. Es decir, cada dato que conocía era pasible de ser utilizado en una charla cualquiera.
Como si no tuviera filtro o fuera incapaz de reconocer los elementos propios de una conversación, es decir, el código común, el enunciado de nuestro interlocutor, su gesto de desconcierto; Fuster seguía una línea de conversación completamente diferente a la exigida para el entendimiento mutuo. Parecía que lanzaba sus expresiones sin ton ni son y no fuera capaz de corregir, ni siquiera de indentificar que estaba meando a kilómetros del tarro.
El doctor Bayerri, el vecino médico del cual no se tenían noticias de que haya curado nunca a nadie, decía que Fuster “detentaba un lenguaje despersonalizado originado en una desorientación basal en el tronco encefálico con consecuencias letales para el área de broca juniors”. Algo así recuerdo que le dijo a mi madre antes de que ella entrara y sentenciara que el doctor Bayerri y Fuster estaban uno más loco que el otro.
Otra cosa que sostenía mi madre era que Fuster había perdido a su mujer y un hijo chiquito en un accidente. Que antes era un tipo común que decía las mismas tonterías que todos. Respondía buen día a los buenos días, tiempo loco, cómo llueve y es un día peronista a los vecinos que pasaran. Todo muy normal. Pero dicen, yo era muy chico cuando todo empezó, que un día que doña Nelly lo saludó a la pasada, le respondió recitando el número Pi con diez dígitos después de la coma. Eso dedujo el doctor Bayerri, el resto del barrio entendió que estaba tirando datos para nacional y provincia de la noche. O quizás para la tómbola.
Muy pronto, estos diálogos inconexos se hicieron frecuentes y cercenaron cualquier tipo de comunicación.
- ¿Cómo amaneció hoy, don Fuster?
- Naide salió a despedirme cuando me juí de la estancia...
- Buenos días, don Fuster
- Mi nombre es Bon. Yeim Bon.
Fue inexacto decir que no reconocía la perplejidad de sus interlocutores. Más justo es decir que no podía preverla. Conforme fue dándose cuenta del evidente desconcierto de los vecinos, comenzó a utilizar diferentes giros que le permitían disimular su falta de ubicación.
- ¿Qué tal, don Fuster? ¿Cómo amaneció hoy?
-
¿Sabe en lo que estaba pensando? - contestaba - en la pobre mula,
condenada a morir sin descendencia.
"Sabe
lo que estaba pensando", "Me pregunto si tal cosa" o
"algo me hizo acordar..." eran comodines que le permitían
enunciar cualquier pensamiento descolocado. Le anticipaba un poco al
vecino que iba a decir algo que no tenía mucho que ver con el curso
del diálogo.
De todas maneras, la gente comenzó a esquivarlo.
Los almaceneros lo veían llegar y cerraban la persiana, por miedo a
escuchar la formación del Quilmes campeón del 78 ante cada "¿qué
va a llevar?". Por eso, solía proveerse en el hogar obrero en
donde las cajeras mantenían al mínimo las relaciones
interpersonales. Ojalá hubiera conocido los mercados chinos. Allí
son recibidos con similar estoicismo el reclamo por un yogur vencido
y la recitación de la tabla periódica.
Con el tiempo, el hombre aprendió a evitar el diálogo y todo tipo de intercambio social. Respondía con una sonrisa o un movimiento afirmativo de cabeza a cualquier proposición. La gente decía que lo veía mejor. En realidad decían que lo veían menos loco aunque más triste y taciturno. El doctor Bayerri sostenía que eso era peor, que “el uso de la palabra le permitía una catarsis de rémoras psíquicas y que su silencio autoimpuesto podía devenir en una explosión de verdades intrapsíquicas que iban a enchastrar toda la cuadra”. Algo así le dijo a mi madre que entró diciendo que Fuster se iba a mudar al barrio de La Colorada y ojalá se llevara al doctor Bayerri con él. Me puso triste que se mudara pero mi viejo que ya empezaba a ensayar su postura de viejo con silla en la vereda, me aclaró que en La Colorada está el cementerio de Varela.
En sus últimos meses, Fuster permanecía callado mientras le aseguraban que veranos eran los de antes, también que frío frío ya no hacía, que la de la esquina era una mosquita muerta y nadie advertía, detrás de su sonrisa condescendiente, que los seres humanos quizás llegaron a América por el Puente de Bering o que el destino es demasiado complicado como para dividirse apenas en doce caminos astrológicos.
Genialidad!!!!
ResponderEliminarMuchas gracias 😊
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