jueves, 22 de agosto de 2024

Érase una vez en Sicilia

 


Escritores sicilianos


En los últimos meses descubrí a dos escritores sicilianos. Bueno, no es que los haya revelado al mundo. En rigor, lo único que descubrí fue que ignoraba sus obras. Ellos son Andrea Camilleri y Santo Piazzese. El primero es un creador de personajes entrañables, de sicilianos de carácter volátil y gritos a flor de labios, moviéndose en sus pequeñas localías, atravesados por la Iglesia, la mafia, la cucina regional y las vendettas. Él es el autor de la saga del comisario Montalbano del cual se hicieron varios telefilms. El segundo, Piazzese, es menos costumbrista y también más profundo y complejo. Por eso mismo, tal vez, menos prolífico. Pero la lectura de su “Asesinato en el jardín botánico” es uno de los senderos más placenteros que he transitado últimamente, aún cuando de tanto en tanto los modismos ibéricos del traduttore traditore me hayan hecho maldecir más de la cuenta.

Estoy encantado de haber conectado literariamente con la tierra de la mitad de mis antepasados. Pero la verdad es que la primera persona que me refirió las historias maravillosas surgidas en esa isla del sur de Italia no fue ni Camilleri ni Piazzese. Fue mi abuela Rosa.


Mi abuela Rosa


Poco después de la muerte de mi abuelo en 1981, mi abuela Rosa vendió su departamento de Bernardo de Irigoyen y Entre Ríos, en Quilmes. Allí íbamos todas las semanas sus doce nietos y sus cuatro hijas y nos reuníamos en torno a sus pizzas, ravioles y demás exquisiteces.

Al vender su casa, se repartió entre Quilmes centro, Quilmes Oeste, Berazategui y Varela, aunque en Quilmes tenía su principal espacio. Cuando venía a casa, luego de la cena, charlábamos con ella, junto a mi mamá y mi papá y siempre aparecían historias que yo adoraba escuchar. Recuerdo de esas sobremesas, por ejemplo, la de un viejo vecino italiano cuya última voluntad fue ser enterrado con su radio. Una vez fallecido sus hijos intentaron cumplirle el deseo pero la estrechez del cajón y el tamaño del aparato resultaron un obstáculo. Entonces tuvieron la idea de desarmar la radio y así enterrarla por partes junto al cuerpo. Al abrirla descubrieron pequeños fajos de dinero enrollados entre los transistores. El tano planeaba cruzar el río de la muerte con sus mezquinas posesiones como si fuera un faraón. La historia tenía un final edificante: el dinero era entregado a la viuda, a quien uno imagina, con los datos que deja entrever la anécdota, como una sufrida esposa.

Pero ésa no sería la mejor historia que escuché en esas noches.


Gnuri tenían que ser”


Al transcribir una historia recibida oralmente casi cuarenta años atrás, voy a cometer errores y omisiones. Algunos de esos errores, la minoría, serán adrede. De lo contrario, mis inexactitudes e inseguridades acerca de los recuerdos harían tropezar al texto una y otra vez. Debo confesar que no tengo los nombres de pila de los protagonistas, no me los dijeron o los olvidé. Dejemos entonces que esta historia sea contada así, casi como si aquel niño se las contara hoy, maravillado por la trama más que por las precisiones.

El abuelo de mi abuela frecuentaba la plaza principal de Villarosa, hacia el centro geográfico de la isla de Sicilia, ya pasada la primera mitad del siglo XIX. No solo como lugar de encuentros sino de búsqueda de trabajo. Él y sus hermanos eran muratori, es decir albañiles y allí se reunían para que cualquier empleador supiera dónde encontrarlos. Como en todo lugar céntrico, salían y llegaban los taxistas de entonces, conductores de carruajes tirados por caballos. Mi tatarabuelo y sus dos hermanos varones tenían una cuenta pendiente con una familia de cocheros. Creo recordar que hubo una deuda impaga por parte de éstos y alguna noche, acaso motivados por el alcohol, los Amoribello, que era el apellido de mi tatara, se encendieron en una discusión con sus rivales. 

El entredicho casi se había calmado. Los tipos se retiraban a continuar con su tarea. Pero hay veces en las que uno no puede refrenar la propia lengua, hay una necesidad estéril, poco fructífera, de no dejar pasar las cosas, no dejar asentarse a las aguas en el lecho del lago. Ya de espaldas y en retirada, escucharon la frase hiriente: “Cocheros tenían que ser. Cocheros…”, dijo uno con desprecio. Pero no dijo cocheros. Esa palabra en italiano se dice cocchiere, cocchieri en el caso del plural. Tiene una sonoridad que yo calificaría como alegre, casi como el lenguaje de las gallinas. Para mí es muy difícil estar muy enojado y decir coco o cacofonía. Pero el siciliano tiene otra palabra para cochero que es muy bella sobre todo si uno está recaliente y a punto de pegarle a alguien: gnuri. Gnuri es como un gruñido. Puede decirse entre dientes, con desprecio, sin necesidad siquiera de mover los labios. Puede decirse como un perro que exhibe sus letales colmillos. Puede exhalarse el aire con violencia, desde los pulmones y arrastrarse en la garganta como un manojo de navajas filosas en busca de un blanco. Eso fue lo que dijo uno de los hermanos. Mientras los cocheros se alejaban, mientras les daban la espalda a los Amoribello, sintieron el tajo fugaz del gruñido burlón. Gnuri.


“A mi abuelo le faltaba un diente”


Mi abuela solía hacer una pequeña digresión: “A mi abuelo le faltaba un diente, acá adelante” y casi instintivamente se tocaba uno de sus propios incisivos. No recuerdo en qué momento ella detenía su relato para contarnos este detalle. No recuerdo tampoco si esta circunstancia era revelada de manera súbita o si se encontraba adornada de alguna manera. Si yo fuera un escritor respetable, haría de esa pérdida del diente otra pequeña historia. Pero respetable es un adjetivo que quizás merecí en un tiempo ya lejano y olvidado.

Luego del temerario efecto de utilizar como insulto la profesión de los rivales, mi tatarabuelo y sus hermanos se vieron obligados a entregarse a una verdadera batalla. En determinado momento uno de los cocheros tumbó a mi tatarabuelo e intentaba ahorcarlo. El ahorcamiento es una forma de morir y matar muy lenta. Es medio jodido para asesinos impacientes que siempre preferirán la utilización de un objeto punzante o un arma de fuego. Salvo en las películas, en donde el tiempo apremia, asfixiar a alguien requiere de al menos dos o tres minutos de presión constante. Mientras el rostro de Amoribello iba azulándose de a poco, y la lucha por liberarse y respirar daba paso a una serena aceptación del destino, de pronto la presión cesó, el cochero se incorporó brevemente, mi tatara vio cómo sus ojos se llenaron de niebla y cayó de costado, dejando ver al causante de esa caída. Uno de sus hermanos lo había salvado. Ambos huyeron rápidamente, mientras el agujero de un puñal desangraba rápidamente la espalda del fallido estrangulador.

El cochero no tardó mucho en morir. Apenas estuvo unos segundos con vida mientras llegaba la policía. Los suficientes para que le preguntaran quién lo había apuñalado. Los suficientes para que contestara con la única imagen que la oscuridad de la muerte cercana no había aún cubierto de sombras: “Fue ése al que le falta el diente”.


“Me acusan de la muerte del picciotto”


Mi tatarabuelo terminó en la cárcel. Se despidió de su familia, de sus hermanos y hermanas. El de la puñalada huyó hacia América, hacia Argentina más exactamente. El menor, el más querido, quedaba bajo la protección de su madre y sus hermanas.

Una noche de carnaval, el padrino del hermano menor lo pasó a buscar para salir a recorrer la fiesta del pueblo. Las hermanas dudaban, no querían. “Yo lo cuido”, dijo el padrino con su mejor sonrisa como argumento. A regañadientes lo dejaron salir. No hicieron muchos pasos cuando el chico fue secuestrado por desconocidos. Se lo llevaron y pronto apareció su cuerpo desmembrado y diseminado como un macabro juego de búsqueda del tesoro.

“Mi abuelo no pudo soportarlo. Lloró y lloró desconsolado. Sabía que era la vendetta de los cocheros”, nos contaba Rosa, mientras pelaba y deshuesaba meticulosamente unas uvas.

Días después, la policía llegó a una conclusión: el padrino tuvo un papel importante en esa muerte, fue el entregador. Pronto fue llevado a la misma cárcel, en otra celda, por supuesto. Cuando mi tatara lo vio, preguntó incrédulo: “Padrino… ¿qué hacés acá?”. “Me acusan de la muerte del picciotto. Yo no tengo nada que ver”. El picciotto puede tener resonancias eróticas o burlonas a nuestro oído rioplatense, pero no es otra cosa que un chico, un muchacho. No tengo seguridad sobre el término utilizado. Pudo haber dicho ragazzo o bambino. Elijo el más simple y cotidiano, el más cercano. El más íntimo que pudiera utilizar el padrino para dejar en claro la familiaridad, el cariño compasivo que lo unía a la familia.

Así y todo no llegó a conocer las formas caprichosas en las que la luz del amanecer se colaba en los rincones de la cárcel. No desayunó el pan duro difícil de tragar si no se lo remojaba un poco para ablandarlo. La historia de mi familia y los cocheros se llevó al segundo muerto esa noche, en una húmeda celda siciliana.


La sangre caliente


Luego de las historias y de la charla (y también algunos chistes) mi abuela se iba a dormir. Casi seguramente se iría al día siguiente a visitar a otros nietos, a malcriar a alguno con comida, a otro con cariños. A mí, ya me había tocado mi parte, oír una buena historia.

Mis hijos saben que odio a los cocheros con toda la fuerza de mi segundo apellido y espero lo mismo de parte de ellos. Es una cuestión de linaje, de preservar la sangre siciliana caliente. Por eso entienden que algunas noches vuelva tarde y no tenga tiempo de preparar la cena por detenerme frente a los taxistas de la estación y escucharlos reírse de boludeces indescifrables o que los observe orinar detrás de un árbol o mirar culos impunemente mientras yo aprieto los dientes y dejo salir el aire con furia, en un ronquido áspero, como si fuera el grito inútil de un pájaro que repite: gnuri, gnuri.


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