- ¿Cuál es la capital de Grecia?
Marcos levanta la mano por sobre las demás cabezas por octava o novena vez. Tantas, como preguntas se hicieron en aquella mañana en el único salón de chapa de la escuela 19. La escuela fue construyéndose como a retazos. En el centro, este salón, una especie de contenedor ultramarino pintado de verde manzana, caluroso y helado según corresponda, siempre exageradamente, siempre de manera inapropiada. Hacia el sur, están los viejos salones de adobe. Una antigüedad, incluso a mitad de siglo XX. Frente a ellos, los salones de madera, un verdadero observatorio astronómico. Y astrológico, si contamos las predicciones oscuras sobre el futuro del alumnado que comunica la señorita Elenita de manera indiscriminada. Hacia el frente de la escuela están los modernos salones de material. Los chicos se sienten seguros allá adentro, incluso durante la caída de piedras y las lluvias como baldazos interminables.- ¿Capital de Portugal?
A muchas las resuelve la propia maestra, harta de la ausencia de respuestas. Marcos las sabe todas. No es por estudiar. Él no se acredita mérito alguno si leer una enciclopedia le resulta divertido y exótico en el patio de baldosas desparejas, con el coro de los jugadores de bolita, cantando a viva voz las normas transitorias de la partida. La bibliotecaria le prepara semanalmente los pedidos que le va haciendo. Marcos tiene la sensación de que ella no ha leído tanto como él. Pero no está convencido de que ésto sea un mérito.
- ¿Gran Bretaña?
Que levante la mano no quiere decir que necesite la aprobación. Ni la verificación. Pero sí completar el círculo, el acuerdo primigenio de cerrar la musicalidad propuesta por la pregunta. Ese tono ascendente del interrogante, por virtud de la gravedad, tiene que descansar en el llano de la respuesta, aunque fuera equivocada. La pregunta genera una tensión. Una distancia irreductible mágicamente recorrida por el acto de conocer. La tensión es sonora y es también un agujero en el espíritu. La liberación de la respuesta al espacio común, libera a todos los compañeros. Es un piedra libre anhelado.
Gran Bretaña no ha sido distendida. Gran Bretaña sigue danzando fantasmalmente entre todos. Marcos alcanza a levantar la mano un segundo antes de que la señorita pronunciara el nombre de Raquel, el nombre soñado entre vuelta y vuelta de página. El de su coprotagonista imaginaria en cada novela, su dama en apuros de cada aventura. Raquel, fatalmente, desconoce la respuesta. Raquel comparte el desinterés de casi todos y no le molestan las tensiones ingrávidas sobrevolando sus cabezas. Marcos, por una vez, no quiere salvar, no quiere ser más que ella, no quiere enrostrarle sus enciclopedias. Preferiría viajar en un crucero por el Nilo, de su mano, mientras resuelven misterios indecibles, aprovechando los breves descansos entre besos infantiles. Pero la maestra, harta ya de estar harta, lo saca de su ensoñación:
Gran Bretaña no ha sido distendida. Gran Bretaña sigue danzando fantasmalmente entre todos. Marcos alcanza a levantar la mano un segundo antes de que la señorita pronunciara el nombre de Raquel, el nombre soñado entre vuelta y vuelta de página. El de su coprotagonista imaginaria en cada novela, su dama en apuros de cada aventura. Raquel, fatalmente, desconoce la respuesta. Raquel comparte el desinterés de casi todos y no le molestan las tensiones ingrávidas sobrevolando sus cabezas. Marcos, por una vez, no quiere salvar, no quiere ser más que ella, no quiere enrostrarle sus enciclopedias. Preferiría viajar en un crucero por el Nilo, de su mano, mientras resuelven misterios indecibles, aprovechando los breves descansos entre besos infantiles. Pero la maestra, harta ya de estar harta, lo saca de su ensoñación:
- Marcos: ¿capital de Gran Bretaña?
La tensión lo agarra del cuello, le atraganta las palabras que su boca niega. No quiere saberlo, a pesar de su obviedad. Imagina que renunciar a dar la respuesta tendría el honor de los caballeros, los héroes sobre corceles, armados de lanzas. Sería una declaración de amor eterno, una ignorancia noble y secreta que llegaría alada y silenciosamente a conmover su alma. Apenas tiene un segundo para imaginar su desprecio, su decepción o su indiferencia; antes de responder, casi sin querer, casi inaudible:
- Londres, señorita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario