viernes, 26 de julio de 2024

El club de lectura

              I

Sintió el café caliente bajar desde su boca, abrigándolo por dentro. Recorriéndole el pecho y la panza como una caricia materna. Segundos atrás, ante la taza humeante, había tenido una sensación de urgencia por beberlo. El contexto de ese sentimiento gélido era el de los primeros días de julio, quizás porque los tempranos pincelazos del invierno les llegan de improviso a quienes prescinden del calendario y, para evitar robos, choques y asesinatos, no toman la precaución de escuchar las noticias y así enterarse de que un frente polar se aproxima desde el sur con mayor puntualidad que el tren Roca.

Entonces llegó a Constitución muerto de frío y con el deseo de un café que siempre trataba de evitar por razones económicas. Decidió tomar primero el subte y posponer la promesa de placer hasta llegar al centro. Mientras, chupaba frío por los poros, como si existiera una invisible aguja hipodérmica que se lo inyectara directamente a los huesos. Llegó al Saint Moritz amasando en su mente el deseo de una bebida caliente sencilla. Nada de café gourmet. Con leche y dos medialunas. Mejor si son tres. Dejó bamboleando la puerta a la manera de los vaqueros que entraban al saloon y disculpándose por su impaciencia, se apuró a ordenar incluso antes de sentarse en uno de esas mesas en las que dicen que Borges también apoyó sus codos. Tomar ese café era cuestión de vida o congelamiento. Por eso, cuando llegó su pedido, humeante y cremoso, perfumado por el grano recién molido, tuvo la necesidad de hacer un alto antes de beberlo. Quiso disfrutar de ese instante anterior al placer, de esa distancia mínima entre expectativa y satisfacción. De esa inexplicable pausa que los supermalvados se toman antes de eliminar al héroe. Pudo percibir que todo su ser se dirigía hacia el mismo deseo, sus endorfinas viajaban en V, eran bandadas en busca del calor tropical. Entonces fue cuando sintió esa necesidad urgente de cerrar los ojos y llevarse la taza a los labios, experimentando en cada una de sus células el intenso deleite de un encuentro intenso y fugaz.

Salió del Saint Moritz satisfecho. Estuvo sentado dos horas y pudo escribir un par de páginas de un cuento con el que generalmente no avanzaba, que también corría peligro de morir por congelamiento hasta esa mañana.

En la vereda persistía el frío. El sol del invierno es una estufa de tiro lento y balanceado que tarda en calentar el ambiente. Cuando lo hace, ya es la hora de retirarse a dormir. Pasó por un poste y vio un aviso firmemente sostenido con dos vueltas de cinta de embalar. Uno de esos avisos que tiene al pie una serie de flecos, cada cual conteniendo la información básica para comunicarse, muy común a principios de los dos mil. Era sobre un club de lectura. Le causó gracia porque pensó que ahora todo se publicitaba por redes sociales y estaban olvidados los métodos que requerían una mínima inversión en papel y el acto de salir a pegar personalmente los afichitos. No había muchos datos, tampoco instagram o algún tipo de comunicación altenativa. Sólo un correo. Electrónico, por suerte. Ya se estaba imaginando una casilla en el correo central, código postal mil. La imagen era como una mariposa en blanco y negro flotando sobre el texto. Medio básico, pensó él que tampoco tenía ideas estéticovisuales demasiado exigentes. Club de Lectura. Todos los meses leemos un libro y lo comentamos. Presencial. Caba. tallermoebius@gmail.com. Y en el fleco que cortó y se llevó, el mismo correo y un sucinto Club de Lectura. Faltaban la mitad de los flecos y tuvo la impresión de que el que él retiró inclinaba la balanza apenas hacia el éxito de la operación de publicidad.

Estuvo todo el día deambulando, buscando una idea, una historia. Desde que trabajaba manejando un auto para una aplicación, se permitía un par de días para escribir, cosa que no hacía demasiado, y deambular, cosa que sí. No se le ocurrieron más que observaciones vanas sobre la vida en la gran ciudad, observaciones que otros ya habían notado y reseñado hasta el hartazgo y con mejor criterio. Por la tarde decidió volver a su casa, un ratito antes de la hora pico, para ir, no digamos sentado sino apretujado lo menos posible.

Pero fue sentado y hasta pudo cabecear una pequeña siesta. Tenía hambre cuando entró a su departamento de soltero. De separado. Es un poco más desordenado que uno de soltero y muchísimo más patético, le decía su madre cuando pasaba a saludarlo. En la heladera había dos sanguchitos de miga de la última visita materna y un sobre de mayonesa abierto y en posición horizontal sobre el estante alambrado. Se dijo que debería desenchufar la heladera durante el invierno. Mientras masticaba el primer sanguchito y ponía la pava para el mate, se acordó del club de lectura y buscó el fleco en su billetera. Decidió que iba a escribir desde el teléfono. Total, era un texto corto y tan económico como el anuncio. Hola, me llamo Marcelo y estoy interesado en el club de lectura. Solicito info, lugar y precio, por favor. Enviar. ¿Quiere anular el envío? La verdad que podría. No. Mejor no. Que vaya.

Se despertó a la mañana siguiente y vio que le habían respondido a las tres de la madrugada. Marcelo, gracias por anotarte. Este mes vamos a leer “Un crimen circular” de Amalia Uribe. La actividad es gratuita. El encuentro será en el café “Del Tiempo”, un lugar chiquito y tranquilo frente a plaza Armenia. Será el 20 el junio a las 17. Nos vemos. Melisa. PD: Te envío el libro en formato epub por si tenés ebook. Lo podés leer en el celu o en la compu con una app. Yo recomiendo Read Era. Sonrió ante la súbita aparición de la tecnología, notoriamente ausente en el cartel con tiritas del poste.

Había leído a Amalia Uribe. Una novelita medio gótica bastante buena. Y unos cuentos sueltos. Le gustaba su estilo pero no mucho los temas algo sórdidos y lejos de sus lecturas habituales. Abrió el archivo y vio la portada. Letras rojas sobre fondo negro para el título y la autora. Una copia truchísima. No había ningún tipo de dato. Solo el texto casi sin formato. Le molestaba la idea de que cualquiera pudo haber editado el ebook y, Dios no lo permita, meter mano en la historia misma. Así que esa mañana se acercó a una librería y preguntó por el libro. Fue a las tres que tenía en su ciudad y nada, no lo tenían. Ni siquiera para traérselo en los próximos días porque no figuraba en las distribuidoras. Hizo una búsqueda en línea y tampoco arrojaba resultados. Es decir, sí, había resultados, pero nada tenían que ver con la Uribe ni con el libro. Alguna nota en un diario hablaba sobre un crimen y un círculo pero resultó ser el círculo social de la propia víctima. Otra sobre la colección de novelas policiales del Séptimo Círculo. La única explicación que encontró para esta ausencia le encantó: tenía en sus manos un manuscrito aún no publicado. Cuando estuviera más tranquilo le iba a escribir a Melisa para preguntarle, mientras se propuso leer un poco y salir a trabajar con el auto. Pero el libro lo atrapó y no lo soltó en todo el día.


             

 II

Marcelo estuvo saboreando una doble satisfacción respecto del libro. Por un lado la historia misma que le había gustado mucho por la pericia de la autora en mayor medida que por su trama. Los climas conseguidos en diferentes momentos, la angustia, el dolor que emanaba de su relato así como la conexión magistral de los elementos del misterio no podían sintetizarse sólo contando el argumento. Otra satisfacción era respecto al texto inédito. Quería confirmarlo y para eso iba a volver a escribirle a Melisa. Releyó el mail que ella le había enviado antes de hacerlo y observó algo que insólitamente había pasado de largo en su primera lectura. El club tenía lugar el 20 de junio. Pero ya era julio. Miró el calendario para estar seguro. 7 de julio. Un error muy común y de apenas una letra pero que se volvía grosero circunstancialmente como el chiste que le contaba su papá de chico: A mi primo lo metieron preso por equivocarse en una letra. No seas tonto, a nadie meten en cana por tan poco. A mi tío, sí. ¿Pero cómo es que lo metieron preso por equivocarse en una letra? Quiso hacer una estufa y terminó haciendo una estafa.

Obviamente ahora tenía dos motivos para escribir ese mail. No sabía bien cuál poner como tema principal. Tenía que decidir entre señalar el error en la fecha y de yapa expresar su inquietud sobre el estado de edición del texto o hacer de esto último su pregunta central y advertir lateralmente la confusión entre los meses. Eligió, aunque azarosamente, esta modalidad.

Querida Melisa: te agradezco que me enviaras el libro. A pesar de mi gusto por el papel y por acariciar las hojas con las manos además de los ojos, no hubiera podido hacerlo jamás en este caso. En ningún lado pude conseguir el libro. Ni siquiera lo tenían en la lista de distribución. ¿Es que se trata de algún inédito? Me gustaría saberlo y vuelvo a agradecerte por la elección del libro y el envío. Ah, una cosa más: en la fecha pusiste junio en vez de julio. Sé que es algo menor pero te lo digo para evitar confusiones, quizás alguien creerá que ya pasó y nos perderíamos de su presencia. La mía, por otro lado, la confirmo. Saludos, Marcelo. Listo. No, todavía no. Lo releyó y no le gustó eso de acariciar las hojas. Sonaba demasiado íntimo. Escribió recorrer en vez de acariciar y ahora sí, un leve brote de ansiedad fue apaciguado. Antes de enviarlo, cada segundo iba creciendo como una plantita en su pecho que le quitaba espacio al aire, a la expansión de los pulmones y a la apertura de la laringe. Ahora respiraba profunda y largamente y estaba listo para algo que no hacía hace unos días: trabajar. Manejar un poco.

Entre pasajero y pasajero pensaba en la trama, como ensayando sus apreciaciones para el club. Había algo muy raro en el uso del tiempo. Raro y confuso. El sentido narrativo no parecía ir siempre en el mismo que el de nuestra habitual percepción, que es la línea recta y fatal. Hubo un crimen y un misterio. Así empezaba en la primera página. Matan a una mujer noble en los rincones de un palacete europeo, en medio de una fiesta. La primera escena es la narración del brazo fuerte de un hombre, armado con una daga tunecina, cayendo violentamente sobre el pecho de Madame Pourpodour. Un asesinato terrible en circunstancias atroces y un detective que surgió súbitamente entre los personajes. Como en las viejas novelas europeas, era un tipo muy inteligente, de clase media pero que se permitía estar rodeado de millonarios debido a su encanto y sagacidad. En ese ámbito surgía el crimen. Rica era la víctima y todo parecía indicar, excepto que la autora se sacara un cartonero de la galera, cosa inadmisible, que rico también era el asesino. El detective era medio franchute, el señor Dubois y aunque todo parecía ser demasiado predecible y transitar los territorios conocidos de la novela de misterio, el tal Dubois, repetía filosóficamente que resolver el misterio, la identidad del asesino, podía brindar consuelo a las víctimas. Pero que eso también podría lograrlo la religión, la confección de las memorias y hasta las regalías de un juicio civil. La justicia era otra cosa, la reparación era la total anulación de la experiencia de la muerte. El señor Dubois desaparece y aparece en circunstancias insólitas y hasta ridículas, como cuando salió del placard de los Berkley, un matrimonio inglés también invitado al palacio, ante la total sorpresa de mister y las infinitas y desesperadas excusas que mistress le daba a mister.

La narradora supuestamente omnisciente se hace la boluda ante estas desapariciones, finge el mismo desconcierto que nosotros. Nos deja, eso sí, el perfume de su presencia en cada ausencia. Dubois está resolviendo un misterio que no es el de la identidad del criminal. Al menos, no es el único misterio que resuelve. Lo sabemos en el capítulo final, cuando su brazo algo esmirriado se hace fuerte para detener a la mano del marido, quien no logra cometer el asesinato que inició todo, y le permite a la señora huir a toda prisa del cuarto y de ese funesto matrimonio. Amalia Uribe resolvía brillantemente este entuerto temporal, nos deja en la boca el sabor de la verdadera justicia y asimismo la descorazonadora sensación de que es imposible hallarla en el mundo real. Que estamos condenados a soportar una existencia de crueles e inevitables anomalías hasta que no podamos liberarnos, como su detective, de las cadenas del tiempo.

Sonreía todavía con Dubois cuando le llegó la notificación del correo de Melisa: Querido Marcelo: la fecha está bien, es el 20 de junio. Entiendo la razón por la que no podrías concurrir. Ah, el libro existe y yo lo tengo. Espero verte, Melisa. Laputaquelaparió. Eso es lo que pensó. No enojado sino profundamente desconcertado. Para empezar, Melisa le había dado vuelta el orden de prioridades. La cuestión de la fecha era central y, para colmo, estaba bien. ¿Armó programas de una fecha imposible? ¿O el evento ya se había realizado y en vez de aclararlo cuando él le escribió, continuó chistosamente con la confusión? Cierto aire de soberbia que lo visitaba a veces, le impedía digerir esa falta de cuidado con alguien que estaba interesado en su propuesta. Y encima el libro existía, decía que existía, después de decir ah, como dijo él, como fingiendo un recuerdo menor, algo que podría no haber dicho de haber apretado enviar con demasiada prisa. A la mierda con el club de lectura del 20 de junio próximo pasado y con el texto inédito de la Uribe que, ahora lo veía claro, seguro lo escribió la propia Melisa. Aunque había estado bueno, eso sí.



III

Unas tardes después, el viaje de un pasajero lo llevó al barrio de su infancia. El que había dejado hacía casi 30 años. Nunca quiso volver desde que sus padres se mudaron de ahí. No tenía recuerdos dolorosos pero una extraña sensación lo invadía cada vez que se aproximaba a sus calles. Como si su cabeza se viera envuelta en una neblina, una ligera confusión cognitiva. Había cruzado a algunos vecinos, antes niños, ahora tipos de su edad pero veía en sus cabezas una desproporción exagerada, como si aquellas caras infantiles hubieran sido agrandadas por una tribu ritualista y colocadas sobre maniquíes torpes y ridículos. Él mismo se vería así, eso pensaba siempre. Por eso no frecuentaba viejas relaciones, de las anteriores a los veinte años. Los cuerpos cambiaron como reflejo de sus almas y ninguno quería fingir una complicidad que habían perdido hacía mucho.

Pero no tuvo rapidez para rechazar el viaje cuando le tocó y ahí estaba. Ya había descendido el pasajero y él pensó en escapar, pero luego la visión de una vieja casona lo hipnotizó y hasta bajó del auto para recorrer su vereda, tantas veces transitada en las siestas de verano al amparo de la añeja sombra de sus grandes árboles. Ahora estaban pelados, efectos de julio. No se preocupen arbolitos que yo también los recorrí frondoso y ahora estoy casi pelado. Lo de ustedes se cura con la inevitable circularidad de los meses y las estaciones. La estación que rige mis cabellos es un otoño interminable que llega a su fin en un último invierno. Se río de lo torpemente trágico que sonó su autodiscurso. Respiró profundamente y percibió con claridad que cada inhalación lo energizaba y cada exhalación lo liberaba de pesadez y oscuridad. Había notado esta sensación otras veces, como si las geografías de su pasado pudieran nutrirle del vigor juvenil por un breve instante. Siguió inhalando y exhalando y pensó en Dubois y la necesidad de su justicia verdaderamente restauradora y después en Melisa y su 20 de junio y cuánto le hubiera gustado participar de ese club de lectura. Y se sonrió por dentro. Continuó respirando hasta que se sintió mareado y se apoyó en un tronco. Hiperventilé como un boludo, se dijo. De a poco buscó recuperar su ritmo respiratorio normal, se sentó, la espalda contra el árbol y recobró la compostura. Le pareció que hacía un poco más de calor. Me debe haber bajado la presión. También le pareció que la tarde era algo más clara y que los árboles todavía tenían algunas hojas, pocas y amarillas pendiendo de las ramas. Sacó el teléfono para ver la hora pero estaba como tildado. Lo apagó y lo encendió. Encendió bien, por suerte, era una herramienta de laburo. La pantallita se iluminó feliz, predecible. El mundo se ordenaba de nuevo. No tanto: Jue 20 de jun 2024. 15:10 decía arriba de todo, a la derecha.



IV

Qué coincidencia. Qué enorme coincidencia, pensó. Quiso buscar el auto, comprobar la fecha y hora en el tablero. Lo había dejado en la vereda de enfrente de la vieja casona pero no estaba. Me lo robaron, qué barrio de mierda. Hijos de puta no tendría que haber vuelto nunca. En el medio de la desesperación, en el fondo, mejor dicho, había una intuición. Miró alrededor, dio la vuelta a la manzana de la casona y el auto no estaba. Una intuición que era una certeza pero pequeña. Una esperanza con temor al desengaño. Sacó la sube de la billetera y volvió a su casa. Iba a buscar los papeles para hacer la denuncia. ¿Iba a buscar los papeles para hacer la denuncia? Barrio de mierda, hijos de puta. Van a morirse donde nacieron, patéticos. A él le hubiera gustado morir en donde nació. Moverse poco con el cuerpo, mucho con los libros, la escritura y la mente. Bajó en la esquina de la casa y encaró los últimos cincuenta metros. ¿En dónde tenía los papeles del auto? Ah, sí. En el cajón. Hijos de puta. Entró por el garage, ahí estaba el auto, hasta más limpio, hasta con más nafta, con menor kilometraje. Miró la información en el tablero. Jue 20 de jun 2024. 15:40. Melisa, la putaqueteparió.

Minutos después estaba buscando la subida de la autopista. Su cabeza era un caos. En el breve tiempo que estuvo en su casa entró a los portales de los diarios, encendió la radio, la televisión. En todos lados era 20 de junio. El precio del dólar lo hizo pensar en ir a comprar, aunque sea diez. La temperatura era muy agradable. El otoño, decían, se está despidiendo casi primaveralmente. Veranito de San Juan, le decía otro. Dubois decía que la justicia debía reparar y se interpuso en el camino de la mano asesina, el café de la Plaza Armenia era “Del Tiempo”, irónica la Melisa, ¿cuánto más durará este gobierno? ¿Tiene nafta para continuar? El tanque del auto, casi vacío en julio, volvió a llenarse. Aquí está la bandera idolatrada, ¿vos también decías que Belgrano nos negó, Damián? No, Ester, yo decía y no la trago. Julio va a ser frío muy frío asi que aprovechemos estos días lindos. Casi ni se dio cuenta cuando bajó de la autopista y en medio de un tránsito bastante fluido llegó a la plaza, buscó estacionamiento, se bajó, atravesó rápido, y las dejó bamboleando, las puertas del café “Del Tiempo”.



V

- Hola, soy Melisa. ¿Vos venís al club de lectura?

- …

- ¿Y cómo es tu nombre?

- Me llamo Marcelo. Y no entiendo nada de lo que está pasando.

- No te enojes, Marcelo. Pero te puedo asegurar que yo tampoco entiendo demasiado.

- ¿Entonces no tenés idea de lo que me pasó hoy?

- No, no tengo idea. Te lo juro. Pero si sos el Marcelo que me escribió un mail en julio y está acá, en la reunión del 20 de junio, supongo que estarás asustado.

- Claro que estoy asustado. Y vos sos la culpable de todo ésto.

- Pará, pará. No te confundas. Yo no tengo nada que ver con lo que te pasó hoy. Yo solo hago un club de lectura, lo hago todos los meses y nunca se presenta nadie. Así que yo no tengo el poder de hacer nada. Viniste vos solito, por tu cuenta. Y sos el primer asistente de la historia. No sé si felicitarte.

- Yo estaba paseando por mi barrio de la infancia. De pronto me sentí mareado y cuando estuve mejor, miré y resulta que retrocedí al 20 de junio.

- Sí, entiendo que te resulte muy raro . Mirá, te voy a contar una cosa. Quizás nos ayude a comprender. Cuando iba a primer grado y la maestra nos hacía escribir “hoy es martes 15 de marzo”, yo tenía una idea extraña. Se me había ocurrido que al día había que reafirmarlo. Que todos los chicos, los oficinistas, los presentadores de televisión decían “hoy es 15 de marzo” entonces se hacía el 15 de marzo. Básicamente, creía que lo creábamos. Que si algún día se nos ocurría que era, no sé, 23 de abril, se hacía el 23 de abril. Pero que eso requería una acuerdo grandioso entre la gente, los gobiernos y los diarios de todo el mundo y que no iba a pasar nunca.

- Al menos me hacés reír, Melisa.

- Bueno a mí no me causaba nada de gracia. Porque llegaron las vacaciones y me preocupé. Y le dije a mi papá que cómo iban a hacer si tantos chicos no podían crear el día. Mi viejo no entendía un carajo y cuando se lo expliqué se cagó de risa mal.

- No es para menos. Hace un rato te quería matar y ahora me río. Qué ocurrencia.

- No sé si es una gran ocurrencia. Los chicos suelen elaborar hipótesis súper complejas. Pero la realidad y la gente responsable se las hacen olvidar rápidamente. Cada vez esas hipótesis van siendo más realistas. Ven a una persona de traje y anteojos y piensan “Este señor debe ser Superman”. Les dicen que Superman no existe. “Entonces debe ser Clark Kent, periodista del Daily Planet”, entonces les dicen que es una historieta, una especie de mentira para entretener. Así que finalmente asumen que es simplemente otro señor con anteojos. Casi seguro, un vendedor.

- Jaja. ¿Y vos? Algo me dice que nunca dejaste de creer que creabas el día.

- Sí, un poco. Para disimular ante la gente grande. Pero cuando quería, cuando estaba triste o enojada con los grandes, me metía en mi cuarto y escribía en mi cuaderno “hoy es...”. Y me iba al tiempo que quisiera.

- Es muy loco lo que me estás diciendo. Siento que te creo porque me parecés divertida, encantadora. Linda. Pero por todas estas mismas cosas creo que justamente no tendría que creerte una palabra.

- No me importa tanto que me creas. Me maravilla que estés acá. Quizás esa sensación de estar en el barrio de tu infancia es como tu puerta de acceso al tiempo infinito. Sé que la mía es escribirlo, con intención, en mi cuaderno de tapas rojas.

- ¿Y el libro de Amalia Uribe? ¿Existe?

- Acá lo tenés. Mirá la fecha. Septiembre de 2026. Su obra póstuma.

- La puta madre, Melisa. ¿Se muere Amalia?

- Sí, Marcelo. No dramaticemos. Todos nos morimos.

- ¿Pero cómo voy a hacer para volver al 11 de julio?

- Ahí me mataste. Solo sé cómo moverme yo misma en el tiempo. No tengo idea de cómo lo pueden hacer otros.

- Quizás si te abrazo mientras escribís en el cuaderno...

- Jaja. No sé. No voy a evitar que lo probemos pero no hay garantías de que funcione así. Por suerte no quedaste tan lejos. De última vivís otra vez los últimos días. Solo tenés que fingir un poco de sorpresa ante los parientes y vecinos.

- Un poco de sorpresa. Ajá. No sabés cómo te puteé. Ahora me arrepiento pero me recontracalenté con vos

- No te preocupes que te entiendo. Y te disculpo por los insultos pasados. Eso sí, ahora tenés que hacerte cargo de los nuevos. No los perdono con tanta facilidad.

- Enterado.

- Bueno, no creo que vaya a venir nadie más ¿no?. Podemos empezar. Haceme un favor, si viene alguien, explicale vos todo ésto. Yo ya estoy cansada y hasta un poco mareada.

- Está bien. No te preocupes. Yo me encargo de la explicación y de recibir los golpes. Empecemos.

- ¿Qué te pareció el libro? ¿Pudiste leerlo?

- Sí, me encantó. Y ahora hasta lo entiendo más. Amalia, que en paz descanse, siempre me pareció un poco más truculenta, la sentía lejana porque esas lecturas no son las que más me gustan. En este libro, y ahora más, la siento terriblemente realista.

- Jaja, sí. Qué loco es leerla desde esta perspectiva. ¿Qué fue lo que más te gustó?

- Me gustó que, en esta idea de la circularidad, el cuento no garantiza ese inevitable eterno retorno volviendo al punto de partida, sino a un instante previo a ese punto de partida. De esta manera, el círculo no es esa serie inevitable que nos encarcela, sino que es una contingencia más.

- A mí también me gustó mucho eso...


La mirada de Melisa era profunda y misteriosa, eran el alma infinita de unos ojos que ahora se abrían despreocupadamente asombrados. Él vio en ellos la vastedad del cielo y en su boca, el alba inminente, una centelleante luz que repiqueteaba en sus labios entreabiertos así como los rayos precoces se asoman sobre la superficie de un río que se despereza. Ante ese amanecer tuvo otra vez la sensación de una repentina urgencia. La de cerrar los ojos y llevárselo a los labios, sin después, sin ayeres, sin algoritmos. Experimentando en cada una de sus células el intenso deleite de ese encuentro fugaz, un fragmento temporal arrancado a la sucesión infinita del círculo. Un beso desprendido con simpleza, como si fuera un fruto maduro o el delgado fleco de papel que cuelga frágilmente de un poste.


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